Cirujano patafísico (I)

6
2018-05-03

Cirujano patafísico, primera parte.

Durante unos minutos Laura pensó que aquello que sentía era la muerte. Con los ojos abiertos era incapaz de ver, como lo era de mover sus miembros, incluso de sentirlos, y una sensación narcótica recorría todo su cuerpo.

La segunda señal de que aquellos serían sus últimos momentos fue ver pasar su vida ante sus ojos. Como los que reciben la visita del fantasma de las navidades pasadas, ella podía verlo todo como si estuviera presente en la habitación, como si pudiera tocar a sus padres acercarse al armario y contemplar su colección de libros de TEO. Sacar uno y volverlo a meter en el armario, y pararse en el que le regaló Marcos.

En segundo de parvulitos la maestra trajo unos cuantos a la escuela, no los suficientes para todos por lo que decidió sortearlos. Vestida con una bata de cuadros rosas y blancos, sentada en una silla diminuta, sólo esperaba que la profesora sacara su nombre de aquella caja para levantarse y recoger su libro.

Pero su nombre nunca salió. Lloraba, no había consuelo posible, o eso creían los demás cuando él se acercó y le regaló el que le había tocado. Quizá Marcos no era el niño más guapo del mundo, pero ella estuvo enamorada de él toda la primaria.

Y ella sí que era una preciosidad, se lo repetía su madre a menudo mientras peinaba sus largos cabellos rubios, lo veía en los ojos de la gente que se quedaba mirándola cuando paseaban por la calle, en las miradas indiscretas de los ancianos cuando su padre la llevaba a la piscina ya con doce o trece años, en las votaciones oficiales y oficiosas que se hacían en la clase en los ojos de Nilo en el primer curso de Bachillerato.

Nilo…

Y volvió hacia atrás. La profesora le dijo delante de toda la clase que ella, a partir de ese momento, tenía nivel suficiente para coger los libros que tenían un punto verde en la biblioteca, no sólo los de punto blanco. Se lo contó a Marta, su hermana mayor unas cien veces durante el camino de vuelta a casa. Marta se burló y la llamó chulita.

La profesora le castigó por primera vez el día que rompió las hojas con los ejercicios de divisiones que les había puesto ese día. Si había algo que Laura no podía soportar era sentirse tonta, y aquel día tenía aquella constante sensación, al ver que sus compañeros resolvían los ejercicios sin mayor dificultad mientras ella era incapaz de entenderlos. Sólo ella y Francisco Cortés se quedaron castigados en clase hasta la una. Se quedó castigada con él, que tenía todas las papeletas para convertirse en el primer repetidor del grupo.

La profesora hablaba con una compañera en la puerta. Estaba distraída. Era su momento. Se abrochó la mochila y salió corriendo. A ninguna de las dos maestras le dio tiempo a reaccionar, sólo cuando ya había bajado un piso corriendo. Quedaban dos más hasta la calle. Bajaba las escaleras de dos en dos y de tres en tres, sin agarrarse a la barandilla de rejillas negras de metal y pasamanos marrón claro, el barniz de aquella madera siempre le había parecido precioso, volvió la cabeza. Maite, la maestra gritaba algo desde arriba que, con el eco no llegó a entender.

Pero se despistó y cayó hacía delante. Se le habría deformado todo el rostro de no haber tenido los reflejos suficientes para parar el golpe con sus manos. Se rompió la muñeca izquierda.

En el hospital su madre le reñía. No debería haber hecho eso. Siempre hay que obedecer a la profesora. Le pediría disculpas en cuanto volviera a clase. Pero ahora tenía que descansar, dijo su padre, le guiñó un ojo y, cuando la madre se dio la vuelta, le dio una bolsa de gominolas. Coloco su dedo sobre los labios y ante su rostro bonachón. Y Laura ahora tenía catorce años.

Había sacado todo sobresaliente en la escuela y estaba en el instituto. Se besó con lengua por primera vez con Francisco Cortés, el asqueroso no hacía otra cosa que mover la lengua como un loco. Solía quedar con Nilo para estudiar en la biblioteca después de clase, y siempre volvían juntos a casa. Llevaba faldas que a su madre le parecían muy cortas, y nunca confesó a nadie que le excitaba la manera en que algunos chicos le miraban las piernas. Podía sentir perfectamente el aroma de su sexo.

Conoció a Martín con 19 años, cuando se fue a Madrid a estudiar Derecho, fue ella la que le habló por primera vez. Él nunca hablaba con nadie.

Pronto se hicieron inseparables, iban juntos a todas las clases. Se besaron por primera vez un mes y siete días después de conocerse. Martín saltaba la verja de su residencia cada noche y volvía a salir por las mañanas, oculto entre los setos. Hacían el amor hasta quedarse dormidos cada noche, escuchando la misma canción: 1979 de los Smashing Pumpkins.

Se levantaba en mañanas soleadas de invierno y se quedaba mirándole. Ahora se sentía tan especial, y un momento después rompía a llorar, porque la moto en la que solían recorrer la ciudad chocó contra un coche cuando ella no estaba presente, y Martín murió en el acto.

Marcos estuvo en el funeral, también estaba en Madrid, estudiando periodismo pensó que era la mejor persona que conocía, pero apenas tenía veinte años y se estaba quedando calvo.

El curso se le hizo demasiado cuesta arriba. Dejó la carrera y volvió con sus padres. En principio sólo durante un año. Necesitaba tiempo para pensar. Tiempo para no llegar a conclusiones. Sus padres agradecían mucho a Nilo que fuera tan atento con ella. Nilo Fuster, de vez en cuando la convencía para ir al cine o tomar una copa. Era un buen amigo.

Un día en el cine él apareció en la pantalla. Mirando fijamente al patio de butacas.

O sólo le miraba a ella.

Era ella la que tenía los ojos abiertos.

Las manos y los pies atados a una silla.

No estaba cerca de la muerte sino en una casa desconocida.

Y Nilo enfrente de ella. Todavía estaba mareada y no llegaba a comprender la expresión de su rostro.

-Perdona –dijo-, es la primera vez que pruebo la máquina y creo que todo ha ido demasiado rápido. Tendremos que empezar de nuevo, necesito que te centres en los detalles.

Continuará…

Cirujano patafísico (II): Los deseos alternos

Cirujano Patafísico

Dinámicas autodestructivas

2018-05-02

Caminabas por la calle,
en una estampa primaveral,
acompañada de un desconocido.
Llevaba una camiseta blanca,
marcaba músculo el chulito,
no puedo decirte nada.

No hubiera podido decirte nada de él que me gustara
pensé en saludarte primero,
pero mejor hacerme invisible.
Torcí en una calle estrecha
y desaparecí para siempre.

Quise volver,
preguntarte donde están todos esos libros que no te regalé y te quedaste.
¿Por qué no sonríes así cuando quedas conmigo?
Recuerdo un tiempo en que lo hacías.

¿Recuerdas tú aquella foto que nos hicimos en el espacio?
Teníamos la tierra y las nubes detrás,
la luz del sol sobre nuestras cabezas
y sonrisas de cristal en nuestros rostros.

Yo te dije que era el destructor de mundos,
y tú inventaste una nueva personalidad para mí.
Adiós al monstruo deforme,
mi espejo sólo devolvía las palabras que me dijiste.
Me rescataste desde el reflejo.

¿Recuerdas a Clark Kent?
A tu lado me convertiría en Superman.
Me lo dijiste tantas veces
y tantas me lo creí.
Se te daba tan bien brillar.

Eras Virginia Madsen en la intro de Dune,
contándome mil historias apasionantes.
Yo un ridículo Krilin antes de conocerte,
después un héroe,
el liberador de Namek.
Me bastaron cinco capítulos para matar a Freezer.

A ti cinco o seis meses para volver a meterme en el baúl del que me sacaste.
Me utilizaste para sentirte superior,
podías construirme y reconstruirme,
siempre a tu antojo.

Te odié,
renegué de ti tantas veces.
Vivía encerrado en mi torre,
siempre puesta mi cámara de hierro,
perezoso del mundo exterior.

La primera vez que salgo en meses
y tuve que cruzarme con el idiota de la camiseta blanca,
con tu rostro luminoso
y tus palabras cegadoras.

Héroe

Plagas

2018-05-01

Plagas

Creo que el Faraón pensaba que, cuando una relación estaba tan deteriorada como la suya con los judíos no había nada que hacer, porque cuando algo está roto no hay manera de recomponerlo. Pasaba así desde pequeño, cuando jugando rayaba una pared o rompía alguno de los jarrones que adornaban las pirámides; los criados se esmeraban en dejarlo todo impoluto, pero él seguía viendo las marcas. Sabía que el jarrón ya no era el mismo, aunque fuera idéntico.

Pensaba que los hebreos hubieran sido fáciles de reemplazar. No eran ni buenos ni malos esclavos sino de gama media. Existía una gran variedad de pueblos que podrían haber hecho las mismas labores. Pueblos que no habían sido elegidos por un Dios extranjero ansioso por demostrar su poder.

Cuando Dios convirtió el agua en sangre ya los habría dejado marchar. Les habría solicitado algún gesto, como que Moisés le diera un par de primogénitos o se quedara como su consejero. Algo para no parecer débil y evitar problemas en política interior. Porque siempre había alguien dispuesto a aprovechar cualquier síntoma de debilidad para intentar tomar el poder. Y no era eso lo que el emperador quería. Cuando una facción del ejército se rebelaba siempre se rayaban muchas paredes y rompían infinidad de jarrones.

Sin embargo, Moisés no estaba por la labor de negociar. Sus formas arrogantes, las marcas de autosuficiencia en su rostro, aquella sonrisa confiada cuando hablaba de su Dios. La ropa del Faraón estaba cubierta de oro y la suya de barro y polvo, pero no parecía importarle. Aquellas reuniones consistían en escucharle decir lo mismo todo el rato, que si eran el pueblo elegido, que si tenía que dejarlos marchar sin pedir ninguna contraprestación, que si Dios se iba a enfadar o que a él le importaban un comino los temas de política interna de Egipto.

Si Moisés hubiera mostrado un poco de respeto y hubiera ofrecido algo a cambio, por mínimo que fuera, ninguna de las plagas hubiera sido necesaria. Pero su jefe quería protagonismo, no se podía contener y, un buen día, convirtió el agua en sangre.

Aquello suponía muchos quebraderos de cabeza, las mujeres de los hombres más influyentes hacían cola frente a la residencia del Faraón para quejarse. Decían que los niños hacía días que habían dejado de atender en la escuela, que se pasaban todo el día mirando por la ventana, que habían decidido hacer caso omiso a sus advertencias (quién sabe de quién era aquella sangre y qué enfermedades podría haber en ella) y se tiraban al agua para bañarse. Ponían todo perdido cuando llegaban a casa. Su ropa, el suelo, las paredes y los sarcófagos. Algo a lo que el emperador tenía que quitar hierro en público.

Pero en privado sólo pensar en ello le provocaba ataques de ansiedad. Todos los sirvientes se desvivirían por eliminar toda aquella suciedad, pero él seguiría viéndola siempre. Estaría ahí para recordarle que Yahveh no le consideraba un igual. Una humillación que él no debía soportar.

Y vino la siguiente plaga, y parecía estúpido que los hebreos llenaran todo de ranas para después matarlas a cambio de su libertad, pero así fue. Y el emperador les hubiera dejado irse de buena gana, incluso agradecido, a la mañana siguiente. Si no fuera porque aquella noche recibió una visita, la de Dios vestido de Jesucristo, alguien que ni siquiera había nacido.

No sabía cómo había conseguido entrar ahí pero lo había hecho. En aquella época todavía era rubio y barbilampiño. Se despertó al notar su peso contra sus muslos y lo primero que pudo ver era una expresión diabólica en su cara. Intentó pedir auxilio pero nadie escuchaba. Su mujer, a su lado, dormía ajena a todo lo que estaba pasando y no escuchó el grito ensordecedor de su marido cuando el Mesías le metió la mano en el pecho y cubrió su corazón con resina para endurecerlo.

Así, al día siguiente, el Faraón dijo que había cambiado de opinión y que ya no se iría. Y volvieron las plagas: el polvo se convirtió en piojos, las moscas se comieron todo el chocolate, las bestias enfermaron y también los humanos. Las casas de los curanderos se inundaron de ciudadanos Egipcios aquejados de úlceras sangrantes. Todos menos el emperador.

Corrió el rumor de que todo estaba pactado. Aquella paloma blanca y él habían llegado a un acuerdo: ella les haría sufrir varias plagas para debilitar a sus enemigos, y cuando estos estuvieran lo suficientemente débiles, él dejaría marchar a los hebreos. Se produjeron varias manifestaciones pidiendo la dimisión del faraón y la marcha inmediata de “Dios vuestro Señor” a Israel, hubo ataques a los barrios de los esclavos que se saldaron con varios muertos. Pero Jesucristo también había introducido su resina en las cavidades auditivas del emperador.

Ya no podía ni hablar, ni escuchar, ni llorar. En sus venas ya no había sangre, sólo resina. De buena gana el Faraón hubiera solicitado deshacer todo lo hecho. Les habría dejado irse a todos a cambio de nada. Pero no podía dejar de escuchar la voz de Jesucristo: “Tú no eres mortal, no puedes dejar que nadie te dé órdenes. No les dejes marchar. Ejecuta a varios de ellos, que les sirva como ejemplo”.

Aquella era una voz que el Faraón no podía desobedecer. Mientras su rostro interior permanecía impertérrito, el interior era el espejo del pánico. Tenía que observar a su pueblo condenado por culpa del orgullo que le habían inculcado los dioses. Llegó el hambre y la alegría abandonó a todos sus súbditos. Ya no tenían fuerza ni siquiera para manifestarse, convencidos de que habían nacido para sufrir.

El Faraón vio morir a su hijo primogénito. A todos sus amigos. Cadáveres infantiles apilados adornaban las calles. Le hubiera gustado llorar, no le hubiera importado parecer débil. Que las lágrimas hicieran evaporarse toda aquella resina que había invadido su organismo. Pero no podía.

Y en la última noche, Jesucristo se había sentado sobre él. El pecho del emperador estaba abierto y la mano de cristo sujetaba fuertemente su hígado. El dolor era casi insoportable. “No deberías tolerarlo”, le dijo. Ni esto ni lo que pasará mañana.

“Porque mañana será el día en que los judíos intentarán escaparse. Y tú tendrás dos opciones: perseguirlos o dejarlos marchar”. La expresión diabólica en su rostro se exacerbó para añadir: “No obstante debes saber una cosa: si decides perseguirlos, las aguas caerán sobre ti y morirás”.

El Faraón sonrió por última vez. A primera hora prepararían sus caballos e iniciaría la persecución.

Agradeció un enemigo con la bondad de aquel.

El que había decidido regalarle un final tan deseado.

Alabado sea.

Las diez plagas de Egipto

Carta abierta a Rebeca Linares

1
2018-04-30

La estrella fanática,
carta abierta a Rebeca Linares

Las vidas alternas.
Los años imaginados.
Las personas que nunca llegué a ser.
El mañana cambiaré,
los gestos vacuos,
finales infelices y palabras que ahogan.

Las voces que me rodean,
hágase su voluntad,
coge esa cuchilla:
ya sabes lo que tienes que hacer.

Cicatrices en mis brazos.
Sangre derramada.
Sabor metálico.
Imágenes.
Violencia inventada,
también imaginada y alterna.

La madre muerta,
me canta nanas todas las noches:
“Sal,
cumple tus deseos, hijo mío.
Los dioses crearon el mundo
Y después a ti,
sólo para que lo conquistaras”.

Me pregunto si tu sangre también llora en contacto con la cuchilla,
si de verdad me entiendes o sólo lo dices,
si te caigo bien,
si quieres que forme parte de tu mundo.

Llegará un día en que desaparezca
y querré que tú estés conmigo donde yo no esté.
Ellas dicen que tu amor es sincero.
Te veo de espaldas, salir por la puerta.
Me pregunto si volverás.

Y nuestra relación se convierte en una tortura.
Insatisfecha pasas cada vez más tiempo fuera.
Las voces dicen que no me detenga,
que te haga un abrigo con mi piel para nunca separarnos.

Me pregunto cómo será aquella sensación.
La del sexo que practicáis y disfrutáis.
Mi anodino enemigo.

Y quisiera abrir en canal a la protagonista de una serie juvenil,
esparcir sus órganos en nuestro colchón
y echar el polvo de nuestras vidas.
Entre los sabores metálicos
y el intenso aroma de la juventud.

Las voces y su cháchara.
Los vecinos que me observan a través de las ventanas.
Los cuchillos ordenados,
y me pregunto qué sentiría si me clavaras uno hasta el fondo.
¿Nos sentiríamos más cerca así?
Y, si me ducho después,
¿quedaría como nuevo?

Dime,
quién tengo que ser para que me quieras más.
Te prometo que lo haré,
Que saldré a la calle y la secuestraré.
Clavaré sus piernas al suelo con agujas de coser.
Y le cortaré el cuello.
Te prometo que seré obediente,
no volveré a dejarme llevar,
maldita excitación del momento,
lo haré,
paso por paso,
tal como a ti te gusta.

Rebeca Linares

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial