Perdido en el corazón del miedo

2019-06-09

Perdido en el corazón del miedo

He pintado las farolas con el color del fin del verano
Y, por un momento, vislumbré un futuro precioso.
Un lugar en el que abandonaba todas las preguntas sin respuesta,
las noches sin dormir, la esperada desesperación
y el silencio tras el muro que me separa de la realidad.

Soñé que saltaba al infinito y una nube paraba mi caída,
y, desde ahí, tampoco era capaz de resolver
todas las respuestas inconclusas que me atormentan,
pero sí podía, sin embargo, dejarme embargar
por toda aquella belleza y llorar hasta quedar exhausto
expulsar de mí todos los sucios caminos de mi historia.

Pensé entonces que llegaría el día en que podríamos comunicarnos
tú podrías preguntar sobre la complejidad de mi interior
y yo contestarte de una manera inteligible.
Pero estoy perdido en el corazón del miedo
y, cuando intentas ayudarme a buscar una salida
siento la gratitud de un animal herido y acorralado,
paralizado, que no sabe cómo luchar,
ni siquiera si le queda una última esperanza.

Pero, de repente, me acerco a ti, me tumbo
dejo que me toques, que acaricies mi cabello
y entiendo entonces que las bestias que me acorralaban
sólo están en mi interior y se alimentan de mis recuerdos.

Y, te digo, que si no me veo capaz de afrontarlas
no es por el miedo que ellas me producen
sino porque siempre han estado ahí acompañándome
haciéndome saber que nada ni nadie nunca podría hacerme más daño
y así siempre tendría un lugar en mi interior en el que refugiarme
donde, por muy mal que me fueran las cosas,
no podrían provocarme más dolor del que ya sentía.

Y, ahora que apuntan a mí todos los focos,
que siento que el miedo en los demás
no es el miedo a que les haga daño
sino a que me lo haga a mí,


Quizá ha llegado el momento de dar un paso adelante
y se impone a todo un miedo mayor y una pregunta sin respuesta,
pues, si me animo a avanzar ¿qué quedará de mí?


 

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3
2019-06-09

Una perfecta banda sonora para campos de concentración

Despertamos de madrugada llenos de arena.
Y, después, desperté en un charco de sudor.
Hacía un día perfecto para algunos
e insoportable para otros como yo.

Tumbado en la cama sudaba queroseno
y las manchas de nicotina del techo me recordaban tu ausencia.
Que se habían acabado las vanas discusiones
en las que nos empeñábamos en no entendernos,
nuestra colección de sueños rotos
y tu mal humor al despertar.
Aquel que fue tristeza esta noche en la playa
cuando me dijiste que te marchabas a Inglaterra.

Simplemente me entregué al alcohol
y, después de recordarte toda la mañana,
salí a la calle.
Y todas las señales de tráfico estaban torcidas,
cerca de Olmos era imposible caminar sin chocar con algún turista
Estaban más atentos a sus planos y a sus móviles que a mi tristeza.
Y, en las terrazas, había negros que trataban de venderles unas rosas
que se marchitarían más rápido incluso que los sueños de prosperidad
que un mal día les animaron a venirse a España.

No había desayunado, ni probado bocado en todo el día.
Así que decidí sentarme en el Moderno.
Toda mi comida fue un bocadillo de serrano,
unos cien litros de agua para la resaca
y un millón de cigarrillos.
Todo ello amenizado por el tío del acordeón,
maestro de ruidos estridentes
que hubieran sido una perfecta banda sonora para campos de concentración.

Al mirar tu silla me di cuenta de que había un bolso sentado en ella
y pedí un café con leche para no dormirme en tus recuerdos.
Saqué mi libreta del bolsillo para vomitarte versos en ella
y acabé también haciéndolo en el baño del lavabo,
con la mala suerte de que me quedaron restos de ti en los zapatos
en cada una de mis pisadas de vuelta a mi mesa
cuando la tarde empezó a oscurecer.

Permanecí sentado hasta que el camarero decidió no esperar más.
Me trajo la cuenta motu proprio, pero ni de esas era yo capaz de moverme.
Así que tarde un rato en darme por aludido porque, en aquella tesitura
en que me encontraba, caí en la cuenta de que sólo tenía un sitio donde ir.

Se encendieron las luces de las farolas y permanecían abiertas las iglesias,
Esperando que sus fieles acudieran a confesar sus pecados y pedir penitencia
en vez de presumir de ellos colgándolos en Youtube.

Me crucé con un gato negro, pasé debajo de una escalera y rompí un espejo.
Pasee sin rumbo hasta que dieron las siete, justo las siete y cinco cuando
pasé por debajo de tu casa y pensé que era la hora perfecta de perder la compostura.
Tiraría piedras contra tu balcón para destrozar aquellos geranios
a los que siempre había envidiado porque los tratabas con más mimo que a mí.

Pero, para hacerlo, tenía que armarme de valor,
y, para ello, entré en un locutorio,
compré dos botellas de whisky,
y fui a bebérmelas al parque,
como han hecho siempre todos los que
alguna vez han perdido su hogar.
Recuerdo mis órganos deteriorándose
y después de haber perdido la memoria
me encontré vomitando Nueva Delhi en la fuente
que está frente a la estatua de un conquistador.
Hasta que dos policías, amables pero armados,
Se ofrecieron a llevarme a casa.

Pero yo no quería ir a una casa sin ti.
Y les pedí que me llevaran de vuelta al parque,
que me dejaran allí, en cualquier lugar,
enterrado en la hierba,
porque era la hora en la que el cielo terminaba de oscurecer
y las hojas bailaban al son de las ráfagas de viento
que también se llevaría consigo aquella arena,
la que aquella madrugada se me había quedado enmarañada en el pelo.
El material con el que aquella noche se habían construido mis sueños rotos.


 

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2019-06-05

Universos de incomprensión

Te voy a escribir una carta para que no la entiendas.
Te voy a confiar mi salvación para condenarme.
Te voy a tratar mal cuando quieras ayudarme.
Te voy a hablar de las cosas de las que no se puede hablar.

Y es que parece que hubiesen pasado cientos de años o un solo segundo,
desde que la suciedad se apoderó de mí y se quedó conmigo para siempre.

Y, lo he pensado, que es mejor no escribir enfadado,
estándolo solo porque querías ayudarme.
Estoy enfadado porque tengo que decirte que no puedes hacerlo,
con tus palabras no
y,
sin embargo,
estoy convencido de que una muestra tuya de cariño bastaría para salvarme.

La culpa es parte de mí, la parte que no entiendes
La que hace que nos separen universos de incomprensión
a la vez que nos dejamos contaminar por ese sentimiento llamado amor
que todavía hemos sido incapaces de abandonar o comprender.

Dicen que la poesía nació para explicar lo inexplicable
y aún así no conseguiría explicártelo
aunque desgastara en ello las llamas de mis dedos,
tiñera las letras de rojo
y llegara hasta el esqueleto.

Y querría decirte que sólo me separo de ti para mantener un cordón sanitario.
A veces por miedo al rechazo, casi siempre porque no sé
si todo lo que me rodea es tóxico por naturaleza
o sólo por haber entrado en contacto conmigo.

Y subo el volumen del televisor para no escuchar tus palabras
para no sentirme culpable de sentirme culpable, de no sentirme bien
y me enfado,
y te embisto como un toro que se resiste a una muerte anunciada.

Y aunque me sienta solo y tenga miedo
aunque sea incapaz de ver la luz al final del túnel
sé que estás ahí para salvarme,
que siempre vas a venir
y que me vas a querer incondicionalmente.

Y eso me confunde,
porque tal falta de fe resulta irritante.
Cómo te irritan mis discursos,
que unas veces son silencio
y otras jeroglíficos.

Esta noche tuve pesadillas terribles
y tenía que asegurarme de que estabais bien,
y ver como dormíais fue como un milagro.

Yo que siempre me creí indiferente a la palidez de la luna
creo que la echaré de menos el día en que mi cerebro se apague.
Cuando todo deje de estar dentro de mí y por fin consiga escapar.

Mientras tanto anhelo sólo aquel día en el campo.
La niña jugando, cubierta de tierra de principio a fin,
tú la vigilabas y me contabas historias con entusiasmo
de cuando eras joven,
aquellos diecinueve a los que volverías sin dudar.
Y yo, tumbado en aquel banco
te escuchaba con atención,
desearía haberte conocido entonces.
El Sol permanecía agazapado entre las ramas de los árboles.

Sólo sé que en aquel momento mi mente no tenía la necesidad de escapar.
Si pudiera elegir, me quedaría ahí para siempre.
Pero no puedo y, cuando todo está dentro de mí,
no puedo escapar,
sólo fugarme contigo.


 

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2019-06-03

Anhelo de imperfección

Beso tu boca quieta
sin atreverme a preguntar
qué es lo que escondes tras tu mirada
o cuan grande es el abandono
que sientes bajo tu sonrisa fingida.

Sé que te gustaría recorrer mis pensamientos,
convertirte en exploradora de ese terreno desconocido
y, sin embargo, tan vasto que te haría perder la cabeza.

A veces tengo la sensación de que mi dolor te duele a ti más que a mí.
Yo lo escondo, en un mundo inventado que ya no existe.
Y sólo siento tu dolor constante.
Y no sé si quiero que escapes o escapar.

Pero no puedo; nos une una leyenda:
aquella del hilo rojo
que nos ha unido incluso desde antes de nacer.
Y, aún así, sé que si aquello que nos ata llegara a quebrarse,
yo seguiría fingiendo que sigo atado a ti.

Porque con mis secretos cercanos al suicidio
y mi melodía incompleta,
sólo a ti me entrego.

Es como una pieza de Jazz,
donde todos los elementos parecen moverse sin control
y, sin embargo, hay un ritmo latente,
que se rige por los latidos de nuestros corazones.

No lo dudes: Soy tormenta, caos,
contradicción, adicciones y oscuridad.
Vivo en un mundo paralelo
regido por las reglas nacidas de la destrucción.

Y tú, el Big Bang, que lo remueve todo y le otorga un sentido,
el animal que lame mis heridas cuando no puedo caminar,
los abrazos que calman mi dolor constante
y los besos que saben a chocolate.

Un camino a la perfección,
un anhelo de imperfección constante pero dulce
como un narcótico que, de repente, falla en sus efectos
y me saca del sueño para recordar
que lo que tenemos aquí es lo único realmente importante.

Y es entonces cuando pienso en mandar a la mierda
a toda esta literatura enganchada a la soledad,
la desesperación y el narcótico sabor de la eutanasia.

Y te leo como el libro lleno de páginas subrayadas,
De frases magníficas que nunca me canso de leer.

Y se detiene la tormenta, llega el verano,
y tus sombras iluminan las mías.

Te necesito tanto como necesito tu boca moviéndose
con la mía en pasos de baile perfectamente coordinados.

Te necesito tanto, tanto, como para pasarme la eternidad
obsesionado con los secretos que esconde tu mirada.


 

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2019-06-02

Baila la tristeza

Baila la tristeza

Baila la tristeza y, con ella, mis pensamientos,
sobre todo en las noches de luna llena,
cuando no hay lágrimas sino sangre en tus ojos.
Y tú bailas con ella, con tus recuerdos,
con todas esas veces que te has avergonzado
de tus pensamientos y con la mentira,
porque sin la mentira tu vida no existiría.

Quisieras escucharla pero sólo puedes sentirla
y, aunque a veces quisieras bailar con otra,
ella nunca dejará de seducirte colándose en tu eterna somnolencia.
Tu mundo de sueños rotos no tendría sentido sin ella.

Y todo el mundo te mira,
todos te hablan suavemente y te tratan con cuidado
como si fueras a romperte.
Te miran sólo porque tienen miedo,
No de ti, sino de las sombras
a las que te aferras con toda la alegría
que la tristeza es capaz de proporcionarte.

Y todos los veranos te sientes así,
porque todos tus pensamientos están compuestos de deshechos
y por tus venas sólo corre un veneno que,
sin ninguna clase de límite, año tras año,
te has ido inoculando suavemente.

Y si te quedas en casa otra noche más
te dejarás atrapar por ella.
Y ningún dolor será lo suficientemente fuerte
para hacer que dejes de bailar.
Porque la vida es mentira sin ella.

Y no podrás cometer ningún acto lo suficientemente atroz,
da igual lo que hagas, viejo amigo,
estás atrapado sin remedio en su macabra pista de baile.

Tiene un plan para ti, sólo que no dejes nunca de bailar,
pidiendo sin saber cómo una ayuda que los demás ignorarán,
no por falta de afecto sino porque tu mente es cada día más críptica,
tu carácter más oscuro.

Y el dolor te mueve a bailar
mientras tu carne se pudre
y tus ojos brillan a la luz de la luna,
persigues un sueño,
lo pierdes y continúas,
rodeado por seres demacrados como tú,
en una fiesta eterna, a la que todos hemos sido invitados
pero a la que sólo unos pocos decidimos entregarnos incondicionalmente.

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