Las sirenas

2019-10-25

Las sirenas


Joel no deja de repetirme que tengo que acostarme con otras. Dice que debo olvidarte de una vez. No sé por qué él sigue insistiéndome con ese tema, hace tiempo que no le hablo de ti. Pero él dale que te pego.
Desde que te fuiste he perdido algo. Quizá tenga razón, no sé. Si me fuera el tema de la introspección supongo que no sería adicto a los antidepresivos y las benzodiacepinas. Y, si no lo fuera, quizá sintiera una mínima necesidad de mantener relaciones sexuales. No obstante, lo cierto, es que estas benditas píldoras me han acompañado en el proceso de convertirme en la persona que siempre quise ser: una persona altiva y prepotente pero totalmente desconectada de lo que pasa a mi alrededor.

No me cuesta mucho vivir. Me refiero a hacer las cosas normales: un poco de ejercicio, todas la mañanas me paso una hora en la cinta, entre siete mil y ocho mil pasos a bastante buen ritmo; trabajar, de nueve a nueve o diez cada día, ahora ya no soy analista sino jefe de proyecto, lo que es una puta mierda, pero cobro más dinero del que puedo gastar, lo que a alguien tan poco ahorrador como yo, no nos engañemos, le viene muy bien; y como cinco veces al día como recomiendan. La verdad es que no sé quién lo recomienda, pero lo repiten tantas veces que he terminado asumiéndolo como una verdad universal.

Cubro, como puedes comprobar toda la pirámide de necesidades de Maslow, porque flotar como lo hago en esta vida te libera de cosas como la necesidad de ser amado o la de autorealización. ¿El sexo está en la pirámide? La verdad es que ni puta idea, pero da igual: mi medicación también se ocupa de taponar esa necesidad, es más, lo vuelve exasperante. A veces lo intento no te voy a mentir, casi siempre yo solo, pero por más que me la machaco nunca llego a correrme. Es horrible esa sensación. Tratar de sacar de ti toda esa mierda que vas acumulando sin ni siquiera pretenderlo a través de la lefa que sale disparada tras un orgasmo reparador y no conseguirlo nunca. Saber que todo eso, por más que lo hayas sedado, sigue están ahí.

Pero, bueno, ya sabes, cuando estoy bien jodido tengo mis recursos más allá de las drogas. Aunque sepas de lo que te estoy hablando no quiero adelantarme. Creo que este es el momento de empezar a contártelo. Todo aquello que me ha pasado últimamente y que, probablemente, nunca creerás.



Estaba en la cama, apurando los últimos instantes de un sueño. Intentando, sin éxito, volver a entrar en él después haber sido expulsado violentamente por el sonido de las sirenas.

He leído por ahí que las benzodiacepinas te hacen dormir, pero que no tienes sueños ni pesadillas porque inhiben la fase REM del sueño. Ya te puedo decir que eso es mentira. Sueño todas las noches, siempre tengo alguna pesadilla, imágenes vívidas que a veces me acompañan el resto del día. Pero aquella mañana no conseguía recordar. Sólo el sonido de las sirenas y un pitido constante en mis oídos.

Las mismas sirenas que aparecen en las películas de la Segunda Guerra Mundial, en un Londres desolado, instando a los ciudadanos a volver a entrar en los refugios. Creo que esta vez anunciaban una guerra nuclear de alcance global. Últimamente estoy obsesionado con la idea del fin del mundo. Sé lo que me dirás, que yo siempre necesito estar obsesionado con algo. Es cierto, pero, no sé, con eso del cambio climático y auge del populismo creo que esta vez no estoy demasiado desencaminado.

Piénsalo, en serio, ¿no crees que nacimos para eso? ¿Sólo para ser testigos del final? Le he dado muchas vueltas y, si no es así, no entiendo muy bien el sentido de nuestras vidas. Nacimos en el nihilismo, el vacío y la anomía, porque pronto comprendimos que aquello que nos dijeron nuestros padres y aquello que aprendimos en la escuela era mentira. El futuro no será una Arcadia de coches voladores, casas redondas, ecología y trabajos adaptados a nuestras más profundas alteraciones, sino un lugar al que nos dirigimos siendo testigos de la destrucción sin ser capaces de organizarnos mínimamente para detenerla.

En fin, sé que ahora, si estuvieras leyendo esto, se te ocurrirían montones de réplicas. Siempre nos gustó discutir. Siempre te quise, pero parece que nunca fui lo suficientemente bueno para ti. Supongo que por eso te fuiste sin dejar rastro. ¿Verdad? Dicen que ante todo este horror el amor es lo único que puede salvarnos, pero yo creo más bien que se trata del estoque que nos hunde definitivamente.

Perdona, te voy a dejar un momento, creo que debo ordenar un poco mis ideas antes de seguir.


Sirenas

Mis esfuerzos por no salir de la cama fueron vencidos por una voluntad que no sé bien de dónde consigo sacar. Supongo que, por más que me queje, debo reconocer que tengo una vida cómoda. Muchas horas de trabajo y eso pero, a cambio, todos mis caprichos son recompensados y puedo dedicar mis horas libres a mis únicas verdaderas lealtades, es decir, el cine y la literatura. Debo añadir, claro está, las series de televisión, el último refugio de los cinéfilos ante un Hollywood empeñado en las historias de superhéroes y los remakes de películas que ya en su día no tenían la más mínima gracia.

Desayuné una mezcla de cinco cereales valorada en Yuka con un cien de cien, mezclada con atún en aceite de oliva (72) y queso fresco Burgo de Arias (48). Intento seguir una dieta sana, al menos en la primera comida del día, ya que en la comida y en la cena puedo cagarla con un bocadillo de bacon y queso (que no lleva código de barras) o, entre horas, con uno o varios paquetes de donettes (mejor no mirarlo) de marca blanca de los que venden en el supermercado de enfrente del trabajo a tan solo un euro.

Después me tomé un café con leche (90 el café de cápsulas Nespresso y 75 la leche semidesnatada pascual) en la azotea del edificio acompañado de un cigarrillo mientras observaba como, poco a poco, iban encendiéndose las luces de la ciudad. Puedo admirar el amanecer desde un lugar privilegiado y lo hago la mayor parte de los días buenos.

Los días malos me subo al muro y camino, disfrutando de la sensación de poder caer en cualquier momento.

Volví a bajar a casa y me metí en la ducha. Ahí empezó, con el agua de lluvia chocando contra mi cara. Un pequeño temblor, una sombra de inquietud, mi mente entrando en punto muerto y en mi boca el inequívoco regusto del metal. Empezó a faltarme la respiración, perdí el control de mis músculos. Intenté agarrar la botella de gel, pensando que si lograba sujetarla el mundo alrededor dejaría de dar vueltas, pero se me escurrió entre las manos y pronto no tuve siquiera las fuerzas suficientes de mantenerme en pie. Intenté respirar con fuerza, evitando las arcadas, pero acabé vomitando sobre el suelo de la ducha. El vómito mezclándose con el agua y el chorro de sangre que me salía de la nariz yéndose por el desagüe.

“Tranquilo, no pasa nada, no te vas a morir”. Era el mantra que me repetía una y otra vez mientras mi cuerpo temblaba sin llegar a convulsionar. “Sabes lo que tienes que hacer: primero, empezar a controlar tu respiración, poco a poco, respirar con el diafragma, inspira, expira, inspira, expira. Bien. Después coge la tableta de diazepam que siempre dejas en el poyete, detrás de esa crema hidratante corporal Dove (sé que no consigues recordar la puntuación, pero no te preocupes, ése es un motivo nimio para provocar el fin del mundo) que nunca usas y coge cinco comprimidos de cinco miligramos y métetelos bajo la lengua; siéntate y quédate mirando la pared hasta que todo pare”.

Así me quedé, no sé cuánto tiempo. Como es habitual llegaría tarde al trabajo, daba igual: nadie iba a decirme nada puesto que siempre me iba dos, tres o cuatro horas tarde. Y volví a pensar en ti, deseaba que estuvieras ahí para apoyar mi cabeza en tu regazo y dejar que me susurraras una de esas estúpidas canciones con las que sabías hacerme sentir mejor. Pero no estabas, yo estaba sólo y asustado, y tú hace tiempo que consideras inútil cualquier esfuerzo por salvarme.

Así que volví a abrir el agua y con el micrófono de la ducha limpie todo aquello. Las pastillas empezaban a hacerme efecto y mi mente empezaba a reducirse a una velocidad fácil de controlar. Terminé de ducharme y, cuando estuve seco, me dirigí al armario a coger la ropa que tocaba para aquel día. Conoces mi método aleatorio para seleccionar la ropa que me pongo cada día. Bueno, no sé si alguna vez llegaste a entenderlo, pero yo me he esforzado en explicártelo hasta la extenuación.

“Señoras y señores, estamos flotando en el espacio”. Supe que necesitaba algo más, que no era suficiente, así que entré en el whatsapp y busqué la conversación con Evelynn. “Esta tarde quedamos para comer, te haré un hueco entre las dos y las tres. En tu habitación, como siempre. Dime qué quieres comer y de dónde. Haré el pedido en Just Eat para las dos. Estate atenta al timbre. Hasta luego”.



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Para leer en el transcurso de un suicidio

2019-10-23

Para leer en el transcurso de un suicidio.


Cuando te fuiste sin contarme nada de lo que había pasado, pensé que lo mejor sería dejar de pensar. Aceptarlo, sin más y seguir adelante con la ayuda de mi medicación. La que me recetan y la que consigo yo por mis propios medios. Aunque es imposible olvidar, no lo es evitar que el recuerdo te duela. En el fondo, somos pura química.

Desapareciste, negándome cualquier posibilidad de salvación, dejándome plantado en el invierno de la noche eterna, aquél del que una vez me rescataste. Desapareciste antes de leer mi carta, aquella en la que te abría mi corazón, explicándote que antes de ti no encontraba sentido a mi vida y tampoco se la encontraba a la de los demás.

Sin embargo, conseguiste pintar puntos rojos en el gris de mi nihilismo. Porque a través de tus ojos todo se veía diferente. Podría decirse que era gracias a ti que crecían flores en este planeta. Llegamos a pensar que nuestras insignificantes vidas dentro de este enorme universo significaban algo por fin. Pero no era así.

Primero vinieron las bromas por tu retraso y después los nervios por la constatación de un accidente. No lo deseamos, lo sé, pero yo lo quise con todas mis fuerzas. Aún existiendo la incógnita acerca de mis posibilidades, lo hubiera apostado todo por aquella personita. ¿Sabes cuántas veces imaginé sus abrazos? ¿Sus manitas diminutas tocando mi cara?

Tu aborto confirmó mis peores temores. No sólo yo pensaba que era perjudicial para todo lo que atraviesa mi campo visual sino que tú también lo hacías. A diferencia de mí, tú siempre supiste que toda esta felicidad fingida tenía fecha de caducidad.

Ahora me empeño en desaparecer pero no consigo hacerlo. Sé que sólo tengo que dar un paso adelante. Todo se ha acabado varias veces ya en mi interior. Pero sigo inmóvil.

Paradójicamente, parezco haber sufrido un ahíto de ganas de vivir después de haber perdido toda esperanza.

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2019-10-19

Holocausto nuclear



Éste es el fin del mundo. Suenan las sirenas anunciando un inminente ataque nuclear. Paseáis por los supermercados y los centros comerciales preguntándoos si merece la pena pasar por caja. Intentáis llamar a vuestros familiares para darles el último adiós, pero no podéis: todas las líneas están colapsadas. Y es ahora, cuando va a suceder lo inevitable, el momento en que os arrepentís de haber votado a aquel loco que tomó la decisión de entrar en guerra con una superpotencia extranjera sólo porque eso le garantizaba un alto índice de popularidad en las redes sociales.

Vosotros, como siempre, aplaudiendo a cualquiera que diga que va a tener mano dura, contra esos estados que llamáis terroristas; o contra los inmigrantes, la gente blanca sin trabajo que cobra alguna ayuda social o, simplemente, contra aquellos que no piensan como vosotros. Necesitabais un enemigo, hasta el final. Ahora mismo.

Y yo desapareceré sin guardaros apenas rencor. Porque vosotros sólo erais una panda de gilipollas. Las clases desfavorecidas que vivíais de la ilusión de ser de clase media. Aunque no tuvierais inteligencia ni un mínimo de cultura. No como nosotros, la verdadera clase media, liberal y comprometida. Aquellos que en nuestra adolescencia escribíamos loas a la muerte, al final de todas las cosas. Los que pasábamos el tiempo convencidos de que daba igual votar o no votar; asistir a manifestaciones o integrarnos en un movimiento social no merecía la pena. Porque el mundo se ha convertido en un lugar hostil e ignorante; un recorrido que hace tiempo ya dejó de merecer la pena. Sólo por vuestra culpa, atajo de imbéciles dispuestos a rendir culto al profeta que anunciaba las verdades que queríais oír. Porque al final sólo se trataba de eso, de vivir de la ilusión de que teníais razón. En todas aquellas diatribas que soltabais en la barra del bar, convencidos de que teníais soluciones fáciles para los problemas complejos.

Convertisteis el orden en desorden. Vuestra imagen de Dios sólo estaba en vuestra cabeza y nunca os parasteis a penar que quizá si esa aberración existirá, tal vez nos hubiera creado con el único fin de divertirse contemplando nuestra autodestrucción. Ya que aquello tuvo que acelerar con un meteorito, aburrido ya de dinosaurios que no hacían más que comerse sus excrementos o los unos a los otros. Fue sólo un experimento inútil. No necesitaba criaturas majestuosas que dominaran la tierra, sino una especie de diminutos seres frágiles que, creyéndose inteligentes, iniciaran la aniquilación de todas las especies que existen en nuestro planeta hasta acabar consigo mismos.

No sé qué criaturas vendrán a sustituirnos. Quizá una especie de cucarachas superdotadas, capaces también de ponerse un cinturón de explosivos en la cintura para suicidarse llevándose consigo las más posibles de su propia especie. Serán un poco más resistentes, pero en todo lo demás como nosotros. Esconderán sus excrementos, detestarán el olor de sus semejantes y sentirán una terrible indefensión cuando se encuentren desnudos frente a otros.

Interpretarán esa fragilidad como el inicio de algo llamado amor. Algo destinado a salvarles a todos. Y sufrirán cuando el amor termine, y volverán a ilusionarse otra vez. Habrá momentos incluso en los que se crean los amos del firmamento, investidos del derecho a cumplir sus sueños. A sentirse únicos en un océano en el que algunas gotas estarán más sucias que otras, pero gotas al fin y al cabo. Solamente capaces de ponerse de acuerdo para producir una ola gigante que arrase con todo. Unas pocas harán fuerza y las demás se dejarán llevar por la corriente.

¿Y después? ¿Seguirá habiendo vida en este planeta? ¿Volverán algún día a crecer las flores? ¿A quién demonios le importa eso ya?


Holocausto nuclear


Menos a mí que a nadie. Que me encuentro ya casi al final de mi historia. De nuevo atrapado en aquella habitación naranja. Sin posibilidad de, al menos contemplar el apocalipsis, porque aquí no hay puertas ni ventanas. Siempre aparezco aquí y en algún momento una puerta aparece en algún lugar de la habitación. Siempre cuando mi grado de desesperación alcanza el límite. Pero esta vez no va a ser así, no sólo porque esta vez no soy yo quien va a salir sino ellos los que entrarán en algún momento, sino porque la sirena no deja de sonar en mi cabeza. Recordándome que el fin ya ha llegado y la única opción que me queda en este momento es la de luchar.

No hay muebles en esta habitación. Nada que pueda usar para defenderme, así que cuando uno de ellos, aquellos hombres enfundados en trajes negros estilo película del Quentin Tarantino que todavía conservaba algún talento, los mismos que llevaban días siguiéndome y acabaron encerrándome aquí, cuando el primero de ellos entre por el lugar que sea que aparezca una salida esta vez, saltaré sobre su cara, apretaré sus ojos hacia el interior con todas las fuerzas de que sea capaz, hasta que sus gritos se superpongan a esta sirena que ya me está provocando un agudo dolor de cabeza y mis manos se llenen de sangre.

Pero tardan mucho. Quizá esté ahora en un búnker bajo tierra y la historia que intento contaros no tenga ninguna relevancia. Porque estáis todos muertos, incluso ellos. Y a mí sólo me quedan días de angustia y dolor, hasta morir de hambre mientras mi mente se sigue paseando por los lugares más insospechados.

Intento recordar mis vídeos de música favoritos de los años ochenta. Recuerdo sobre todo a Status Quo, in the army now. Es curioso recuerdo la sensación derrotista pero el vídeo en sí. El caso es que no lo he vuelto a ver desde que era niño. Recuerdo también take on me. Me mimetizo con ese vídeo y empiezo a recordarlo todo dibujado en blanco y negro. Entro en aquel espacio irreal en el que sólo consigo sumergirme bajo el efecto del flunitrazepam. Y soy un niño, dibujando todo lo que recuerdo de aquella época. Porque nosotros nacimos en una generación que, quizá por primera vez, no estaba destinada a alcanzar grandes metas, sino solamente para observar desde la ingravidez un mundo que se destruye a sí mismo.

Lo primero que dibujé fueron los bombarderos, planeando entre las nubes. El sol sonreía hasta que se percató de su presencia. Tenía cuatro años y por eso no pude pintar nada mejor que una cara triste. ¿Recordáis aquellas imágenes? Seguro que las habéis visto mil veces en infinidad de películas. El avión avanza, rompiendo el viento y, al principio, la ciudad se ve muy pequeña, apareciendo poco a poco mientras las nubes se van disipando. Se va haciendo cada vez más grande. Llega un momento en que los monstruos mecánicos se sitúan en el centro de la ciudad y empiezan a soltar su carga letal. Entonces se dibuja una seta gigante y la onda expansiva va destruyendo todo a su alrededor.

Ése fue el fantasma nos aterraba en nuestra niñez y que escondía otro mucho mayor: la crisis. Porque su onda expansiva destruyó las fábricas, condenó a la juventud de nuestros barrios a la precariedad y a la drogadicción. La misma onda expansiva que fue acabando con los dibujos de nuestra niñez. Acabó con las fábricas, algunas de las cuales ya estaban en ruinas; con aquel dibujo de un grupo de obreros unidos contra el patrón. Se borraron las palabras comunidad y solidaridad y fueron sustituidas por el miedo y la rabia contra todo el que es diferente. Y en aquel dibujo todas esas siglas de sindicatos y partidos políticos que la clase obrera pensaba que le defendían fueron perdiendo sentido.

Y entonces yo caminaba en círculos, como muchos otros, pero no eran círculos concéntricos sino una espiral; de estudios que no nos habían servido para nada; de imágenes en los medios de comunicación conservadores, donde los inmigrantes de aspecto islámico caminan con machetes por la calle; de alcohol y heroína; de oficinas llenas de cubículos individuales donde estaba prohibido que los trabajadores hablaran unos con otros; de talleres textiles en el fin del mundo donde aquellas chicas, apenas adolescentes, trabajaban en condiciones de esclavitud; de políticos hablando de flexibilizar el mercado laboral; de esa nueva juventud amenazante que se organiza en bandas en el parque, que cualquier noche uno de ellos puede acercarse a ti y violarte o clavarte varias veces el cuchillo que esconde bajo la chaqueta; de los atentados, los coches llenos de polvo, la personas que buscan sus miembros amputados entre una niebla de polvo; de fascistas levantando el brazo mientras una panda de viejos cada vez más ricos se regocijan; de un mundo en que las reglas ya no tienen sentido porque las cambian a su antojo y únicamente puedes limitarte a la no tan difícil tarea de seguir la corriente y tratar de sobrevivir.

Y ahora dejad que deje de dirigirme a vosotros y me dirija sólo a ella. Porque sobrevivir es eso trataba de hacer yo cuando te encontré. Encontrar un sentido más allá de la supervivencia, algo más allá del dolor que me acompañaba siempre. El mismo que me acompañó desde niño. A pesar de haber nacido en una familia de clase media y haberlo tenido más fácil. De haber encontrado un trabajo muy bien remunerado y vivir en una de esas zonas ricas de la ciudad donde puedes pasear tranquilamente entre gente de tu propia raza.

No podía creer en nada y decidí creer en ti. Había pasado muchos años sometiéndome a rituales de autodestrucción y anomía que me llevaron a encontrarte. A ti, la asombrosa Nina Gold, aunque sepa que ese no es tu verdadero nombre. Decidí ser tu esclavo, entregarte todo lo que tenía y vivir según tus reglas. A cambio prometiste dotar de un sentido a mi existencia. Uno basado simplemente en la satisfacción de tus caprichos y deseos.

Por ti estoy atrapado en esta habitación. Por la necesidad de encontrarte, sentirte, tocarte y salvarte, aunque tú no creas merecer aquella salvación. Yo te la conseguiré, sean cuales sean las consecuencias.

Y ahora caigo en la cuenta de que las sirenas hace un rato que ya han cesado, que puede que no estemos en los albores del fin del mundo sino en el inicio de un nuevo comienzo. Migas de cal empiezan a caer sobre mi rostro. Ahora sé que entrarán por el techo y también sé que no estoy muerto.

Sé que a pesar de ser apenas capaces de mantenernos en pie, todavía nos quedan fuerzas para luchar por aquello en lo que creemos.


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Quizá la espera no haya merecido la pena
pero, créeme: no me importa decepcionarte.
Tuve que partir, viajar alrededor
y darme cuenta de que nada importaba,
sólo tu presencia y mi esclavitud.
Aquella que daba un sentido a mi existencia.

Y tantas veces he vomitado bilis contra ti,
tantas noches desnudo en mi habitación.
Sin dejar de sudar, meditando
acerca del oscuro sentido del deseo
que raramente se confunde con felicidad.

Tu existencia era la promesa de tantas cosas
que, al final, se tuvo que imponer el dolor.
Las cuerdas que ataban mis manos
dejaron de sentir el deseo de tocarte.
La nada, habilidosa, imperó en mi mente
y, ahora mismo, suenan en mi cabeza
sirenas anunciando el ataque nuclear
de una superpotencia extranjera.

Me han prometido que destruirán
todos los lugares en los que solía esperarte.
Horas y horas, tiempo perdido
entre breves mensajes que me proporcionaban
una medida de alegría siempre transitoria.
Porque nunca conseguí sentirme
saciado con tus mentiras y tus promesas
indefectiblemente siempre incumplidas.

Y ahora escribo las palabras
que vienen a darme muerte,
y me pregunto si esta vez también
tu objetivo será otra vez el mismo,
el que me ha torturado en los últimos tres años.
Tener tan cerca tu presencia y nunca tenerte.
Mentirme, descifrando tus jeroglíficos
con el único objetivo de obtener
la respuesta equivocada,
aquella en la que al final te encontrabas tú.
Y dejabas de ser un fantasma
para convertirte en la diosa
de todos mis silencios.


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2019-07-11

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Contigo empezó la vida y conmigo desaparecerá.
Entre medias, sólo siento el hambre y el despertar
de literaturas muertas que nunca deberían haber resucitado.

Quemaré todos los libros que no me dé tiempo a leer,
así no tendré la necesidad de inventármelos
y arderán en un fuego tan intenso
que podrá ser contemplado desde el espacio.

Si lo sigues podrás encontrarme sentado, esperándote.
Así será en todas y cada una de mis reencarnaciones.
Lo sentiré cada vez que te acerques
y ya no necesitaré mis gafas para ver tu sonrisa.

Y el cielo desaparecerá entre las nubes.
No me importará, no te preocupes:
No necesitaré primaveras si estás a mi lado.

Y, si no apareces,
me extinguiré entre las llamas.
Convirtiéndolas en un huracán
que volará hasta la luna
convirtiéndola en una estrella,
otra más,
que se consumirá eternamente
entre las llamas de tu ausencia.

El fuego recorrerá la tierra hasta encontrarte
Y, entonces, sólo entonces, desharé lo hecho
y me daré siete días para construir un mundo perfecto
donde me cantes cada día las canciones
que hicieron que me enamorase de ti.

Las mismas que soñaron aquella Nochevieja,
la primera que pasamos junta,
y permitieron que nos comunicáramos
desde lugares tan distantes.

Sí, soy fuego, esa es mi naturaleza
y, si tu eres agua, seremos cenizas y barro,
polvo de estrellas, arenas movedizas
que engullirán esta realidad tan horriblemente decorada
y, con ella, la envidia y la tristeza,
el dinero y el odio.

Me hundiré en tu océano.
En un mundo que siempre estará húmedo.
Donde nuestros gemidos serán
La banda sonora de un nuevo universo
donde el sonido viajará a la velocidad de la luz.

Y, las noches, no serán más que castillos
que defenderán tus sonrisas perdidas,
iluminadas por el arder eterno
que sólo nosotros seremos capaces de contemplar.


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