Mis viajes al fin de la noche(XII): Yonqui

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2018-06-02

Mis viajes al fin de la noche(XII): Yonqui

Y cuando por fin entendí que, a partir de ahora, debería considerarte una desconocida apareció ella. En una fiesta casual, en algún lugar de la Sierra Madrileña, le escuché decir que estaba deseando dejar su trabajo para volver a estudiar; estaba harta de los horarios imposibles y del turno de noche.

Era hermosa a su manera y desde el punto de vista de todos los que le miraban. No tenía el pelo muy largo, sí ojos de pupilas enormes y labios carnosos, de esos que podía besar sin pintalabios. En ella había sólo un defecto: aquellas mallas con dibujos de yonqui que, cuando empezamos a hablar le critiqué sin descanso.

Establecí una teoría según la cual las mujeres no deberían llevar pantalones porque no lo habían sabido hacer con la suficiente responsabilidad. Su vestimenta había alcanzado dibujos y roturas imposibles, nunca la habían cagado tanto con una falda y casi nunca en su selección de medias. Me gustaban las medias, sobre todo el tacto contra mi sexo. Me pregunté si las mujeres no estarían constantemente excitadas cuando las llevaban y, por suerte, no llegué a decirlo en alto.

Establecí una teoría según la cual ellas llevaban aquel tipo de pantalones sólo por una razón: querían imitar la extrema delgadez de los yonquis, aunque en la mayoría de los casos no lo consiguieran. Y, cuando me encontraba dispuesto a recibir todo el contenido de su vaso en mi rostro, ella sonrío y me llamó gilipollas. Después me dijo que sabía leer la mano y yo le dije que no creía en esas cosas. Me la cogió sin permiso y me dijo que mi línea de la vida no era demasiado larga, que eso está bien porque, de lo contrario, acabas aburriéndote.

Después me dijo que veía un viaje en mi futuro. Me acompañaría ella, en el metro, en dirección hacia su casa, si es que no encontraba nada mejor, claro. Se dio la vuelta y se fue. Y, por mucho que la buscara entre tanta gente, no conseguía encontrarla.

Entonces empezó el espectáculo, porque la fiesta era por lo visto en una casa que compartían un grupo de artistas locos que habían preparado una performance de fuego y marionetas.

Y me aburrí tanto como me he aburrido tantas veces en mi vida. Mostrando indiferencia y habitando, de nuevo, una realidad alterna. Donde alguien me explicaba no una estúpida teoría que había estudiado en la universidad, sino una inventada que me convencía que el arte de la quiromancia tenía absoluto sentido y era infalible.

Que por mucho que quisieras nadar a la contra,
tus designios se iban a cumplir.
Que quedaban sólo unas pocas horas
hasta iniciar nuestro primer viaje juntos.

Y apareciste a las seis,
envuelta en luces de colores.
Yo pensaba en hacerme un llavero con tus ojos,
tú en nuestros cuerpos desnudos,
despegados e insaciables.

Una noche que termina tarde
o un día que empieza pronto.
No me pides que me quede,
pero yo lo hago
y tú no te quejas.

Y la mañana fue como todas las mañanas de domingo.
Estabas boca abajo,
con la espalda desnuda
y desee disponer de tantos días como fueran necesarios
para explorar todos sus rincones.
Respirabas, dormías, eras un milagro.

Y consecuentemente maravillado pensé que, si no se detenía el tiempo, deberíamos levantarnos para comer en algún momento. Y hubiese sido ridículo decirle que después de cuatro palabras y un par de polvos me había enamorado de ella. Entonces quise prometerle sólo una cosa: Ella y yo nunca jamás seríamos dos desconocidos.

yonki

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Mis viajes al fin de la noche(XI): Amanecer

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2018-05-31

Mis viajes al fin de la noche(XI): Amanecer

Hoy soy el Ave Fénix
viendo salir el sol
en la hora más fría.

Hoy soy cien mil ejércitos
que colgarán en farolas
a los enemigos del pueblo.

Hoy el universo es mi cortijo,
vuestra indiferencia mi alimento.
Soy el big bang
que anuncia una nueva era.

Hoy te encontraré
y seré tu caballero andante.
Desfaré todos tus entuertos.

Hoy venceré la desidia y el desánimo,
me alternaré en un millón de locos proyectos.
Voy a pensar mucho más allá de estas cuatro paredes.

Hoy cada una de mis ideas será maná.
Hoy moldearé la realidad a mi antojo.
Escucharé la música que me hará soñar
y cuando tú me escuches soñarás conmigo.
Contagiarás mi alegría por todos los rincones.
Seremos un batallón,
desfilaremos al ritmo del Major Tom.
Hoy madrugaré más que nadie,
me prepararé un desayuno sin bollería industrial,
viajaré al otro lado del país para ver a mi familia,
me los comeré a besos,
escribiré los versos más bonitos de la historia,
arrancaré sonrisas,
perderé la vergüenza,
me empaparé bajo la lluvia
y leeré las páginas mojadas de esos libros que llevan esperándome meses.

Hoy convenceré al presidente del Gobierno de que dimita,
si no le gusta la idea que me coma el coño.
Repartiré la totalidad del gasto militar y los bienes de la iglesia
entre los que más lo necesiten.
Calgary 88 sonará en todos los altavoces
y nadie se sentirá ridículo bailándola.

Hoy dejaremos de juzgar a las personas por su orientación sexual,
sólo tendremos en cuenta el olor de sus sexos
y lo bien que besan.
Las drogas sólo servirán para divertirnos
y no para provocar el cáncer o amargarnos la vida.

Hoy todos mis seres queridos perderán sus enfermedades
y nunca más volverán a recuperarlas.
La policía repartirá flores a los manifestantes en vez de porrazos,
la buena gente derogará la ley mordaza
y declarará el derecho inalienable de todos los niños a la felicidad.

amanecer

Y hoy te vi por primera vez,
y se detuvo el tiempo
y como Billy Bragg
no sé si debería cambiar el mundo
o simplemente buscarte.

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Mis viajes al fin de la noche(X): La herida

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2018-05-29

Mis viajes al fin de la noche(X): La herida

Y ahora me detengo
para abrir esas cajas
que duermen en el fondo del armario.

Ya no le hablo a ella,
ahora te hablo a ti.
Dicen que las personas
que conocemos en la niñez
son importantes,
pero tú no lo eres.
Sólo eres un virus
que ha ido creciendo en mi interior,
el mayor proveedor de basura de mi vertedero.

Me dijiste una vez:
me alimento de las palomas que tú alimentas.
De ti aprendí que el mal existe.

Supe que no eras humano
que estabas hecho de la materia
de la que se nutren las pesadillas.
Lo intuí en aquel momento
y después pude comprobarlo
en mis propias carnes.

Eras nuestro profesor,
tenías que habernos protegido y enseñado,
pero tú disfrutabas más torturándonos.

Lo pasaste de miedo,
cuando apretaste mi cabeza contra la pared
para asegurarte de que te obedecía.
Y ese miedo fue creciendo en mi interior,
y nunca más pude ser sincero con nadie.
Sólo pude sentirme culpable y solo,
aborrecer la vida
y cargar con la culpa de tus pecados.

Durante años me mantuve en silencio,
todas aquellas ideas incoherentes.
No intenté desenmascararte,
para qué:
los adultos te creían un santo.

Pasó el tiempo.
El instituto fue una época trágica pero feliz
porque ya no tenía que verte cada día,
sólo de noche.

Y un día volví a tener noticias tuyas.
Ser inhumano,
pereciste siéndolo demasiado;
un cáncer de piel acabó contigo.

Te visité tus últimos días en el hospital,
hablamos como si entre tú y yo no hubiera nada que perdonar,
me pregunto si te vinieron a la mente tus malas artes,
a mí sí,
por eso disfruté
con aquellos millones de tonos de piel enferma en tu frente,
pude visualizar aquella misma piel expandiéndose por todo tu cuerpo,
del mismo modo que podía oler
tu aroma a putrefacción.
Ya casi eras un cadáver,
y yo rezaba a todos los dioses para que te concedieran un minuto más.
No había por qué escatimar sufrimiento.

Tuviste suerte,
nadie quiso ya identificar al verdugo,
sólo a la víctima
y hasta te hicieron un funeral,
con todos nosotros presentes,
niños convertidos en otra cosa,
extraños a sí mismos,
queríamos asegurarnos de que estabas muerto.

A veces fantaseo,
y me veo a mí como el destructor de tus entrañas,
ojala hubiera sido yo quien hubiera infringido todo el dolor,
que no te hubiera devorado la tierra
sino el fuego de mi estómago.
El que se encendía cada mañana,
el que hacía que me temblara todo el cuerpo,
sólo con la idea de que tenía que ir a clase al día siguiente.

Y ahora soy mayor,
demasiado con solo veinticinco años.
Ya no te tengo miedo
pero me sirve de bien poco.
Porque la herida sigue ahí
y sangra un poco cada día.

Y cualquier detalle nimio,
sólo un desamor,
una decepción,
sentirme humillado
aunque sea sin motivo,
puede abrirme en canal y desangrarme.

Así que tendré que tener cuidado.
Pensar en tu imagen por última vez,
devolverte a la caja
y encerrarte en el fondo del armario.
Rociarlo todo con gasolina.

Aunque las brasas nunca vayan a apagarse,
aunque sea ácido tu ceniza
y nada vaya a librarme de mi herida.

la herida

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Mis viajes al fin de la noche(IX): Las luces de la ciudad

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2018-05-28

Mis viajes al fin de la noche(IX): Las luces de la ciudad

Te lo dije en serio,
ya no te odio,
pero estoy cansado de pelearme contigo

y de que no me contestes.

Intenté dejarlo todo de golpe
y ahora paso las noches en vela.
Son extrañas las luces de casa.

Ya no puedo comunicarme.
No puedo ver a mis padres,
a mis hermanos,
mis amigos íntimos.
Si supieran en qué me he convertido
se avergonzarían de mí

como yo lo hago.

Tú no convertiste mi vida en un despropósito.
Le diste el sentido que yo no supe darle.
La coherencia había sido desterrada hace tiempo,

en mi interior,

Y son muchas las veces que quise expulsar tu compañía,
quedarme solo con mis ideas suicidas.
Estoy seguro de que más de una vez pudiste olerlo
y es por eso que ahora no estás.

Ésta es una carta de despedida.
Me despediré de las noches en vela,
de llamar a mis padres sin saber qué decir,
de las drogas en cantidades industriales

y de la consistente idea del suicidio.

Esta noche me asomaré al balcón,
mi imaginación no saltará,
sin restos de locura,
sólo belleza:

las luces de esta cuidad

rebotando en los edificios,
aviones en el cielo,
personas regresando tarde a casa
encontrarán la calidez del hogar.

Esta vez si salto será porque puedo volar,
tan lejos que tu recuerdo no me encuentre,
tan cerca que no vuelva a decepcionarme de nuevo.

Hoy te escribo para decirte
que ya no tengo reproches que hacerte.

Ya no me importa

y deseo que a ti tampoco.

Fuimos lo más cerca que se puede estar de nadie
y ahora somos desconocidos que no saben como reaccionar.

Puedes volver a sonreír cuando me veas.

Podré,
por fin,

dejar de avergonzarme,

cada vez que te vea.

Tú podrás hablar con mi indiferencia,
lo siento,
no lo haré a posta,
sólo que ahora eres una más,
otra persona.

Has perdido tu misterio.
Y yo a la persona que era contigo.

 

Y recuerdo haberte prometido nueve canciones,
pero te mentí,
las que restan ya no son para ti
sólo para mí,
o para la siguiente canción.

las luces de la ciudad

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Mis viajes al fin de la noche(VIII): Sustancias imperecederas

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2018-05-27

Mis viajes al fin de la noche(VIII): Sustancias imperecederas

Se ha fundido la luz de mi habitación,
se me cayó un cigarrillo y agujereó la colcha,
hay silencio en la sordidez
e indeterminación en mis lágrimas.

Me agarro a tu recuerdo,
me pierdo en tu calidez
e invento cien mil formas de locura
mientras me dirijo al fin de la noche.

Sudo cubitos de hielo y me tiemblan las manos.
Ya nunca contesto al teléfono y jamás estuve tan delgado.
Te utilicé tanto tiempo, eres la excusa de mi destrucción.
Después que llegue el amanecer, jamás volveremos a vernos.

Y cuando cierro los ojos,
las risas que escucho
son espectros
de lo que pudo ser y no fue.
O son las burlas
de todos los que me advirtieron
que mi historia iba a acabar así.
Y entre niebla de nicotina
encuentro al perro que caminó
desde Bilbao hasta Madrid
sólo para que me lo regalases.
Y con manos enormes
aprieto su garganta
hasta desmembrarlo.

Después vuelvo a mi rincón
para lamentar la ausencia de placebos,
seguir sintiendo el dolor
multiplicado por más ausencias.
Y con la luz apagada
me pregunto por el sentido de
aquellas cosas que te hacen tan dichoso
para después entregarte una herida inmortal.

Y en mi estilo de vida,
tan inmoral,
no hay escándalo
sólo hastío.

Y en mi vida alterna
soy un personaje de película,
de esos que me engañaron
diciéndome que podía
tomar toda clase de sustancias
sin consecuencia alguna.

Y en mis viajes al fin de la noche,
vuelvo a ser el espía
que dejó aquella oscura organización
sólo para salvarte.

Y donde había fuego hay brasas
y tú hueles a sudor y yo a semen.
Y nunca volveremos a tener intenciones
de deshacernos de ninguno de esos olores
que impregnan la habitación.
Y mi sudor ya nunca más volverá
a ser sudor de enfermo,
porque las drogas siempre serán divertidas
y sólo follamos mirándonos fijamente a los ojos.
Porque toda esa gente convencional
morirá de manera ridícula
y no volverán a molestarnos jamás.

Y miro a mi alrededor
y es el escenario de una ciudad devastada
tras un holocausto nuclear.
Y pienso que podría intentar dormirme,
que si mañana lavo estas sábanas
empapadas en alcohol
veré todo más claro.
Si recojo a este animal muerto,
friego su sangre
y lo meto en una bolsa,
ya no podrá morderme.

Mañana volveré a comprar comida de verdad,
y me sentiré bien por primera vez hace meses.
Mañana fregaré los platos que atascan el fregadero
y pintaré las paredes de este cuarto.
Mañana te llamaré por teléfono
y te diré
que me da igual si te importa o no
pero que ya no te odio.

Pero esta noche,
déjame avanzar un poco más,
porque en el fondo
a todos nos gusta la oscuridad.
Porque tal vez si salto
mis últimas imágenes
sean un sueño hecho realidad,
o tal vez me ponga algo de ropa
y salga a la calle
sentiré el frío invierno en mi rostro,
Buscaré a alguien que pueda venderme
veinte euros de dicha.

Y cuando llegue el final de la noche
veremos si necesito algo distinto,
porque si algo es cierto
es que no todos llegaremos al final.

sustancias imperecederas

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