Bilbao, años 80

2019-01-27

Mi mente camina en solitario
por caminos nunca antes recorridos.
Como si me estuviera acercándome al final
y fuera ya incapaz de valorar
la belleza de todo lo que hay a mi alrededor.

Recuerdo a todos aquellos amigos:
los que dejé y los que me dejaron desaparecer,
los que simplemente desaparecieron,
aquellos a los que ahora aplasta la mano de Dios
o se consumen en el fuego del infierno.

Recorro los barrios de las calles tantas veces transitadas.
No me di cuenta, sucedió poco a poco,
pero ahora todo está más limpio, todo es diferente.
Donde buscábamos acción,
allí donde solíamos divertidos.

Todas esas calles han perdido su personalidad.
Y yo he perdido, tanto tiempo, tanta gente,
tantos objetos, tanto valor.
Tanto, todo, mi capacidad de sorpresa
y mi necesidad de luchar contra el mundo.

Aunque sólo lo hiciera desde mi mente,
y todavía así perdiera la mayor parte de las batallas.

Si me permiten la digresión,
Antes había un muro delante de mi casa.
Solíamos saltarlo, para tirar piedras a los trenes.
Un día alguien nos dijo que no lo hiciéramos,
que una vez otros chicos hicieron lo mismo,
se rompió el cristal y una señora mayor perdió un ojo.
Siempre pensé que se trató de alguna anciana que ya no lo necesitaría demasiado.
Y seguimos tirando piedras.

Aquél mismo hombre, o quizá otro,
porque la mayoría de los amantes de las advertencias
suelen estar cortados por el mismo patrón,
nos habló de los peligros de la heroína.

Pero nos sentaba tan bien…
Nos pinchábamos en parques solitarios,
en farolas que emitían luz cálida.
Hoy todas las luces son frías,
y coincido con el político de turno que tomó la decisión:
porque son más elegantes, también aburridas.
Como lo es la vegetación y la moderna jardinería
que ha acabado con las plantas allí donde solíamos escondernos.

Hoy no hay parques donde esconderse,
tampoco, para muchos, oportunidades de cambio,
porque acabó el juego, disuelto en el polvo de sus venas
y en tanta, tanta, lefa desaprovechada.

 

 

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La insignificancia de la gran depresión

2019-01-26

La insignificancia de la gran depresión

Alguna vez me lo he preguntado:
si algún día, por el motivo que sea,
consigo recuperarme
y dejar de lado el deseo de odio y de venganza.
Si caigo en la tentación de disfrutar de la vida,
ver el vaso medio lleno, hacer deporte,
beber menos alcohol, confiar en la gente,
ser responsable con la medicación,
con sustancias sin receta, etcétera.
¿Qué quedará de mí?

No sé si es genética o circunstancias,
pero hay un vacío en mí y no sé si necesito otro.
El vacío que consumía a Tom Reagan en Miller’s Crossing;
se llenaba a base de sesiones de alcohol nocturnas
y un desastroso olfato para las apuestas.

Supongo que al final eligió no llenar ese vacío,
decidirse por hacer todas esas cosas terribles
en las que pensamos tantas veces.
Decidió avanzar hacia ninguna parte,
volver al whisky y las apuestas,
renunciar a la amistad y al amor.
Es probable que no sea una decisión tan difícil
cuando, después de todo,
en realidad no eres más que un gangster.

A mí me hubiera gustado serlo,
aunque creo que nunca estuve
ni lo más mínimamente cerca
de poder escoger esa opción.

Y llegué a la conclusión,
de que son ciertos acontecimientos
los que nos han impedido vivir
aquella vida feliz que nos hubiera tocado.

Pero es más que eso.
Es una pulsión
que nos conduce
a los mismos hábitos autodestructivos de siempre.

Y supongo que algunos tenemos suerte
y el amor nos redime.
Y es por ese y no por otro motivo
por el que seguimos levantándonos cada día.

No seguir el camino el Tom.
No entregarnos.
Aunque sea difícil.
Aunque cada mañana tengamos que ponernos un disfraz.
Aunque nos acostemos con ganas de no despertar.
Aunque nos pongamos un disfraz cada mañana.

El que nos permite parecer capaces de afrontar el día
y recorrer los cien metros lisos en silla de ruedas.
Supongo que sólo lo consigo porque
conozco la baraja mejor que nadie
y porque tengo la suerte de mi lado.

 


la insignificancia de la gran depresión

 

Y entonces te miro a los ojos y me preguntas
“¿Por qué pareces tan ausente?”
Yo me digo que pertenezco a un mundo extraño
y tú me redimes haciéndome sentir especial.
Devolviéndome las ganas de hacer lo correcto.
Emprender camino a la estación y empezar de nuevo.

Pero el Dios del antiguo testamento endurece mi corazón
y vuelvo a querer ser Tom Reagan,
a un nihilismo pegajoso que sólo quiere terminar,
de una u otra manera pero consciente de que el vacío es real
y en ningún caso merece la pena ignorarlo.

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Campos de concentración

1
2019-01-23

Campos de concentración

Hace ya algún tiempo,
que decidí perderme
en un laberinto.
Consagrar
mi fe en la humanidad
sólo a sus creaciones artísticas.
Ni a la vida ni al perdón.

Dicen que
la caída de una hoja y el asesinato
son hechos que, racionalmente,
tienen el mismo valor.
Quizá, entonces,
nuestras mentes
se hayan vuelto excesivamente racionales.

No es posible sentir lástima por los asesinos de los asesinos
porque, como dice la canción,
cuando se aprende a llorar por algo,
también se aprende a defenderlo.
La cuestión es quien fue el primero en defenderse
y por qué tantos de vosotros os ofrecéis al fanatismo
de las cárceles, de las ejecuciones,
de los campos de concentración.

Quisiera que mi voz fuera tan fuerte,
pero no lo es, sólo es una más,
no atravesará montañas ni removerá conciencias.
Tampoco volverá a confiar en vosotros,
de la misma forma que nadie confía en la energía nuclear
después de lo de Chernobyl.

Si tú me llamas a mí fascista,
yo te lo llamaré a ti.
Si dices que soy un asesino,
te recuerdo las torturas
y la absoluta necesidad del tiro en la nuca
De tu nombre, dentro de mi punto de mira.
De la cal viva, del asesinato de chavales inocentes
.
Construid un campo de concentración en cada pueblo
consagradlo vuestra ideología de mierda.
Ésa misma que no se sostiene
porque hace agua por todas partes.

Creo que llegué a esconderme
en aquel laberinto,
por la misma razón que lo hacéis vosotros.
Para no sentir nuestra pérdida colectiva de humanidad.
Por no reconocer que sólo somos cerdos,
con un origen, peor que el de los cerdos.

No sé quién disparó primero.
Pero la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado.
No sé.
Quizá sólo sea el aburrimiento que nos lleve a comprar cualquier doctrina de sado.

Tal vez, sólo seamos una especie destinada a la autodestrucción.

Tal vez sea lo único que nos merecemos.

campos de concentración

Árbol

2019-01-21

Árbol

El viento hacía que los árboles se mostraran inquietos.
Movían incluso sus raíces,
destrozando todas las baldosas a su alrededor.

Dicen que lo árboles hablan lento,
yo supongo que no tienen nada mejor que hacer en todo el día
que observarnos y quedarse allí plantados,
esperar a que les caigan las hojas,
después esperar a que les vuelvan a crecer.

Siento que mi cordura se cae también, poco a poco,
se vacía como la parte superior de un reloj de arena.
Entiendo que este proceso es inevitable en casi todos los humanos,
Estén cargados de buenas intenciones o de odio y frustración.

Nunca pude ser un árbol porque nunca pude estarme quieto.
Supongo que los árboles no sienten un vacío en el pecho, no les hace falta
y tampoco se torturan con preguntas irresolubles
y, aunque estén más cerca del cielo,
dudo que alguna vez se hagan preguntas sobre el más allá.

No desean tener enfermedades, pero las tienen,
se derrumban con un golpe de viento lo suficientemente fuerte.

Es curioso, porque a mí siempre me ha gustado el frío y la humedad.
La sensación de llevar por una vez la ropa suficiente
y poder enfrentarme al clima sin pasar demasiado calor.

Dicen que esto nunca pasa a la sombra de un árbol,
dicen que el reloj de arena deja de caer
y el pensamiento se vuelve clarividente.

Podría sentarme tranquilamente a leer un libro,
olvidar los errores que me siguen desde el pasado
y los que vendrán desde el futuro.
No recordar que estoy enfermo y siempre lo estaré,
ni que la tregua no existe para quienes padecemos un trastorno mental.

Ahora sólo quiero que las raíces inquietas me abracen,
me acaricien y me comprendan.
Sólo quiero que me dejen dormir por una vez
sin necesidad de tener pesadillas
o de sustituirlas por resacas o consciencias ausentes.

¿Sabes? Es así como te imagino.
Tantas veces como como te maldigo y pienso
en lo egoísta que fuiste al morir
sabiendo que yo todavía no estaba preparado para aceptarlo.

árbol

Jardines de nicotina

2019-01-20

Jardines de nicotina

He plantado jardines de nicotina,
en ese territorio tan vasto que son mis pulmones.
A veces noto que me falta el aire.
Y pienso que algún día, alguien dirá:
otro talento desaprovechado
que nos ha dejado por culpa del tabaco.

Sin embargo, son otras muchas las veces
las que es el cerebro el que no me deja respirar.
Otros dicen que es la naturaleza
o el instinto de supervivencia.
Yo únicamente sé una cosa:
no me llevaré ninguna sorpresa mi último día
porque tengo claras las sensaciones
que uno experimenta en el momento de morirse.

Es probable que tenga grasa en el hígado.
Dicen que así es como se ha convertido
en ese lugar mullido
donde los glóbulos rojos
se echan a descansar
cuando se encuentran cansados de su largo periplo.

Dicen también que salen un poco mareados
a causa de la mezcla del alcohol y los psicofármacos.
Y que esto afecta también a veces a los glóbulos blancos.
Es ésa y no otra la razón de que los gérmenes y los virus
campen a sus anchas por tantos de mis órganos.
Pero, al menor, una buena noticia:
mi orina es de color amarillo verdoso,
y eso implica que mis riñones funcionan de puta madre.

Mis conexiones cerebrales fallan últimamente,
cada vez más, en medio de una conversación,
de repente digo algo sin sentido y todos se me quedan mirando.
No sé si culpan al alcohol con el que riego mis jardines de nicotina
o simplemente al hecho de ser un desequilibrado mental.

Antes mi pensamiento se movía rápido,
no perdía detalle,
ahora sólo busca conectarse a la realidad,
a las nociones de memoria y tiempo.
Me siento tan mayor ya,
tan de vuelta de todo.

Por eso a veces considero imposible
la posibilidad de volver a pecar
y caigo en el mismo error, una y otra vez,
porque sólo un apéndice y un bazo perfecto estado
como credenciales de la salud de mi organismo,
si os soy sincero, no parecen gran cosa.

jardines de nicotina

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