Arañas

2020-02-19

Arañas


Arañas en la oscuridad.
No enciendas la luz.
Ellas no podrán verte.
Perros salvajes,
mascotas de satanás.

Tu único amigo el silencio,
ese lugar donde pasas
la mayor parte del tiempo,
donde nadie puede escuchar
tus pensamientos masoquistas

Hay en tu habitación
un retrato de Dorian Gray,
una televisión difuminada
y una cuchilla
que viola tus entrañas.

No vuelvas a mirar atrás
ese tiempo que revives
nunca existió.
Sólo quedas tú
y las mentiras que inventaste.

Aquel espejo,
donde se reflejan tus entrañas.
Aquellos vicios,
se cobrarán su peaje.
Aquel cerebro
de un adolescente,
siempre se negó a crecer.

Vivir en la irrealidad,
mires donde mires,
tratas de encontrar aquel momento
en que tus células sonrosadas de la infancia
se convirtieron en arañas negras,
que te miran a través de ocho ojos
y clavan en todas tus virtudes
sus patas puntiagudas.

Se han dado un festín con tu piel,
Ahora tienen ganas de vomitar
todos los pecados que cometiste en su nombre.
Todas las veces que obtuviste la redención
y renunciaste a ella
a cambio de seguir a su lado.

El deseo que le hacías sentir,
ya no lo siente
y lo que era
un instante supremo de necesidad,
ahora sólo es un cuerpo desnudo
que se está marchitando.

Es tu carne oxidada,
degradada hasta la putrefacción.
Sólo quiere descanso
y no encontrará nada más que dolor.

Sueñas con un amanecer
que las espante a todas.
Sin darte cuenta
de que, por muchos amaneceres que veas,
la oscuridad seguirá residiendo en tu interior.
Arañas de sangre verde viscosa,
cáncer, VIH, qué más da,
escogiste demasiadas enfermedades,
mientras el polvo blanco y el marrón
entraban en tus venas.


Seré tu perro, te haré sexo oral, hasta devorarte las entrañas, hasta sacarte la sangre que tan barata me has vendido.

Arañas

Carácter Destructivo

Adicciones


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Pantallas

2020-02-18
Pantallas

Pantallas


Winners don’t use drugs. Eso es lo que rezaban las máquinas de los salones recreativos cuando éramos niños. Lo recuerdo, bajo el escudo del FBI, de quienes lo único que sabíamos es que eran los federales, aquellos que pretendían robar el caso a esos policías que fueron los héroes de nuestra infancia.

Resulta paradójico que decidieran poner aquel mensaje ahí, en la que fue la primera gran adicción de muchos de nosotros. Nadie hablaba todavía de ludopatía infantil, pero nosotros, ajenos a todo aquello, esperábamos al viernes para convertir nuestra paga de veinte duros en cuatro monedas de cinco y meterlas en la máquina, en un intento inconsciente y vacuo de escapar de una realidad persistente que apenas comprendíamos.

A esa adicción siguieron muchas más, obviamente.

En la presentación del cinematógrafo de los hermanos Lumière proyectaron las imágenes en movimiento de una locomotora llegando a la estación. Los espectadores, nunca antes hubo testigos de algo semejante, acabaron algunos huyendo, otros, mareados, vomitando. Aquellas imágenes en blanco y negro acabaron confundiéndose con la realidad.



Nosotros hemos llegado más lejos todavía. Estamos en el punto en que nuestra existencia se ha fusionado con nuestro reflejo. Las pantallas y las cámaras nos poseen, nos vigilan, nos excitan y nos esclavizan. Todos nuestros datos están almacenados en discos duros. Si desaparecieran, dejaríamos de existir. Si nadie nos pudiera grabar, nada de lo que haríamos tendría la menor importancia. No somos diferentes de las sombras, inexistentes cuando no hay iluminación. Somos coleccionistas de historias, desde pequeños, venciendo a los malos, uno tras otro, protegidos bajo el cobijo de un avatar, asumiendo personalidades ajenas, vidas alternas cuyo movimiento capturamos en pantallas, en un relato o en una película y, en el exterior, reducidos a datos, sólo queda de nosotros la decisión de un algoritmo que capta nuestra alma al ritmo de los clicks del ratón.

Somos los que vivimos con la única finalidad del proyectar una imagen ante los demás. Nuestro sustento depende de ello, nuestra realidad es pensamiento único, vigilancia constante, nuestra imagen en blanco y negro en la pantalla de una cámara de seguridad en una estación antes de desaparecer por decisión de un mártir empeñado en agradar a su dios a base de amonal y metralla. Somos lo que los demás imaginan, pedazos de imágenes sugerentes en redes sociales, textos que tratan de aprehender nuestra esencia sin definirnos, porque lo cierto es que no sabríamos como hacerlo, ya que somos los que no vivieron, el reflejo de una existencia perfecta que nunca vamos experimentar.


Pantallas

Adicciones


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La música del azar

2020-02-02

La música del azar


Hay quien piensa que Dios escribe la historia con renglones torcidos. Otros hablan del pensamiento único, de empresas e instituciones al servicio del capitalismo que nos imponen un modo de actuar y pensar basado en el consumo y la maximización del beneficio (económico). También hay quien encuentra el sentido en caos. Se trataría, simplemente, de seguir bailando mientras el mundo gira, porque todo ese movimiento implica que seguimos vivos. Vivos a pesar de nuestros actos. A pesar de la certeza de que en cualquier situación, por mala que sea, siempre, da igual la gravedad de los problemas a los que nos estemos enfrentando, siempre, surge la posibilidad de cagarla todavía más.

Algunos tuvimos desde niños la intuición de que estábamos hundidos en el fango. Lo que nuestra frágil naturaleza humana no nos permitió siquiera imaginar es que ese charco en que transcurre nuestra existencia es un ente insondable. Que la bola gira en dirección contraria a los números y, aunque en nuestra mente tenga todo el sentido apostarlo todo a rojo o negro, nunca podemos saber de qué lado va a caer la bola. Y es en aquella ruleta en la que radica el verdadero sentido de la existencia porque, mientras la bola renqueante trata de decidirse en caer en uno u otro número, sea cual sea nuestra estrategia, en el fondo, somos conscientes de que no sirve de nada, porque en ese instante todo depende de las leyes de la física o de la música del azar.

Por último, siempre te encontrarás con alguien que te diga que hay que arrepentirse sólo de las cosas que uno ha hecho, como dijo el poeta confieso que he vivido, como si los demás no lo hubieran hecho. Como si la vida se compusiera de algo más que recuerdos, que no son otra cosa que los restos de un espejo que se ha roto en mil pedazos que somos incapaces de recomponer. Porque nuestra historia siempre estará rota, siempre nos faltarán algunos pedazos, e ignoraremos conscientemente muchos otros por el simple hecho de que no podemos aceptar el modo en el que en ellos nos veremos reflejados.

Por tanto, no nos queda otra posibilidad que la de seguir en movimiento. Pintar círculos sobre lo que en realidad es una espiral. Y pensar, en mi caso, que ojalá existiera un ser superior, porque entonces todavía me quedaría la esperanza de que algún día bajara de entre las nubes para mirarme a los ojos y disculparse por haberme dado el regalo envenenado de una existencia que nunca pedí ni quise tener. Porque, por mucho que me empeñe que lo lógico sería que la bola caiga en el lugar predicho, la mayor parte de las veces lo hará en el lugar equivocado.


 

La música del azar

Toni Verdaguer


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Siete

2019-12-10

Siete

“Los siete ángeles que tenían las siete trompetas se prepararon para tocarlas.”
Apocalipsis 8:6

 

Si algo nos caracteriza como generación es nuestra absoluta incapacidad de trascender. No quedará mucho de nosotros cuando nos hayamos ido, quizá un conjunto de ciudades sumergidas bajo el agua y un barullo de pensamientos, gustos y opiniones perdidos en la vacuidad del hiperespacio. No nos tocó la tarea de cambiar el mundo, sino la de ser testigos de su destrucción. Somos los tontos útiles que alimentamos un sistema que, conscientemente o no, se ha marcado el objetivo de engullirnos, llevándonos en volandas hacia ese fin de la historia que tan poco tiene que ver con el que predijo Fukuyama ya que, si algún día acaban las guerras no será porque hayamos encontrado la manera de convivir en paz y armonía, sino más bien porque no quedará nadie aquí para empuñar un arma.



Hemos decidido creer sólo en aquello que nos conviene. Ya no buscamos hermanos, sólo enemigos, una forma de vida inferior a la que culpar de nuestras desgracias. Discriminamos por sexo, cultura, raza o ideología siguiendo la lógica del exterminio. Gritamos nuestras opiniones a los cuatro vientos, en nuestras redes sociales o la barra de algún bar. Nos tememos los unos a los otros. Estamos solos. Algunos sobrevivimos gracias a la medicación, otros a la ignorancia y, unos pocos, seguimos enganchados a la literatura, sujetos a la idea de que ésta será de algún modo capaz de construir un refugio en el que cobijarnos cuando todo lo demás nos ha fallado. Buscando ese momento en que conseguirnos ahogarnos entre palabras y curar todas y cada una de las heridas que la vida nos ha infligido.

No obstante, tarde o temprano, llegamos a comprender que dentro de este horror no hay literatura. Nos educaron para ser protagonistas, cuando la realidad es que, con suerte, llegaremos a actores secundarios, cuando no extras con frase. Podremos morir de cáncer, entre vómitos y sangre, acompañados de unos pocos seres queridos que sólo desearán liberarnos del dolor por medio de una sobredosis; o en un atentado suicida en el centro neurálgico de las ciudades que habitamos, caso en el que puede que nos dediquen un reportaje de televisión para hacer creer al mundo que nuestra muerte no fue en vano, que nuestra vida tenía un sentido, un engranaje compuesto por los sueños y las ilusiones que se habían convertido en el objetivo de nuestra existencia.

Tal vez sea el día de nuestra muerte en el que nos convertimos en protagonistas absolutos. El día en que pienses en mí. Y nuestras vidas tengan sentido en función de todas esas grandes cosas que estábamos destinados a hacer y no pudimos debido al fatal desenlace. Sería bonito que fuera así. Pero me temo que no es la muerte la que nos paraliza sino el miedo a la vida. Y que tú y yo sabemos que ésta se compone de desesperación y promesas incumplidas. Que pasamos nuestra existencia ocultando con ropa nuestros cuerpos avergonzados y nuestros errores. Que sólo el miedo al dolor guía nuestros actos. O la búsqueda del mismo porque, si hay algo que nos una más allá de toda duda, es la convicción de que merecemos ser castigados.


 

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Promesas

2019-12-04

Promesas


Promesas. Prometo. Prometiste, prometieron. Tantas veces, que no iban a encontrar en nosotros aquello que llaman amor. La duda. El miedo a sufrir. La certeza de lo postmoderno. La construcción individual de la realidad. Cultura pop. Nuestro amor, aquel que nunca llegamos a reconocer, sólo era una promesa de felicidad. Un conjunto de promesas incumplidas. Un esperar a que pase lo que sólo se encontraba en nuestra imaginación colectiva que, inevitablemente, algún día tenía que chocar con la realidad. Y estoy seguro de que sólo me harían falta siete segundos para hacértelo entender. Tan solo siete palabras: Yo he visto el fin del mundo. Y tú no estabas ahí. Porque la primera de las siete promesas no se cumplió. No era verdad que fuéramos a estar toda la vida juntos. Si tanto nos queríamos… ¿Por qué dejamos que el mundo nos alejara? Si tanto nos queríamos… ¿Por qué incumplimos también las otras seis promesas?

Nuestra vida no sería como la de los demás. He ahí nuestra segunda promesa. Y no sé tú, ya que también incumplimos aquella tercera promesa de estar siempre en contacto, pasara lo que pasara con nuestra relación, pero yo tengo un trabajo de oficina de siete horas diarias que paso programando. Completamente alienado. Hay gente que en su mesa tiene fotos de su familia, dibujos que les han regalado sus hijos o algún amuleto, recuerdo de alguien especial. Yo no tengo nada. Y eso puede extrapolarse también a la agenda de mi móvil, donde hay muchos teléfonos pero prácticamente ninguno al que pueda llamar. Lo he intentado con el tuyo como un millón de veces y siempre comunica. Creo que debes haber cambiado de número. Supongo que cuando decidiste desaparecer también decidiste hacerlo bien. Romper todos tus lazos con el pasado de manera eficaz rompiendo la cuarta promesa: se suponía que eso lo haríamos juntos. Dejar atrás Madrid, donde cada desconocido representa una amenaza o una aventura, dependiendo del prisma con que se mire.

El centro ha explotado. Siempre ha sido ese agujero en el que se hacían realidad nuestros pensamientos más oscuros. Ahora es sólo un agujero, un paisaje en ruinas. Algunos lo definen como un escenario de guerra. Y debo decirte que es una definición bastante precisa. Hay militares en las calles. No sé si has podido verlo con tus propios ojos pero estoy seguro de que, estés donde estés, te has enterado. Porque podemos intentar huir de Madrid pero su sordidez siempre nos persigue. Estuve ahí cuando todo ocurrió. Fui testigo del momento en que el primer ángel hizo sonar la primera de las trompetas. Pude fijarme en él, en plena calle Preciados. A tan solo siete días de Navidad. Le vi caminar entre la gente. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete pasos. Después una luz blanca intensa. Fuego y escombros. Yo rodeado de polvo entre cadáveres, miembros amputados, personas que, sin yo solicitárselo, me enseñaban sus órganos internos. Y se hizo evidente que había ocurrido una catástrofe porque los móviles se quedaron sin cobertura al mismo tiempo que los pocos supervivientes intentaban comunicarse con sus seres queridos.

Mientras yo permanecía impasible, cubierto de piel, sin ninguna herida visible. Fui uno de un pequeño grupo de supervivientes. Un zombi más de la manada, recorriendo Preciados calle arriba, asintiendo a toda esa gente que me preguntaba si estaba bien y concentrado en el sonido de las sirenas, en su interior podían identificar la melodía de cientos de canciones que nos hicieron felices. Y, entre todo aquel festín de cadáveres, sólo fui capaz de pensar que, seguramente, siete años después de la última vez que nos vimos, no volvería a verte.

¿Recuerdas las otras tres promesas? Yo tampoco.


 

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