Sangre en las letras

2018-12-07

Sangre en las letras

Me dijiste,
“ojalá pudiera follarme tu mente”,
sonaba apasionante.
Tú querías saberlo todo de mí.
Y yo preferí esconderme un poco.
Sabía que todo era demasiado.

Y te ofrecí una versión censurada.

Odio lo que siento
cuando me miras de esa manera,
como si fuera posible quererme.

Lo que sentiste nunca fue amor,
sólo compasión.

Y si querías follarte mi mente
sólo fue porque mi cuerpo ya no respondía.
Es imposible entre tanto tráfico mental.

Y si querías estar a mi lado
solamente porque estaba al otro lado del espejo,
todo el dolor y las consecuencias
fueron culpa tuya.

La tormenta puede ser tan dulce.

Y que tu mirada me desnude
es una visión tan literal.
Sólo soy tuyo cuando me siento un objeto
cuando consigues que deje de pensar.

Cuando mi risa estalla en mil pedazos
y después me echo a llorar.

Escogí cuidadosamente mis confesiones.
Las suficientes para mantener tu interés,
apartando aquellas que te alejarían.

Nos dijimos te quiero tantas veces.

Y si de verdad lo hacíamos,
¿por qué nos empeñábamos en vivir en realidades paralelas?

Si prometí curarte las heridas
¿por qué no dejé yo de hacerme cortes?
Si prometí curarme las heridas…

Creo que a veces me dices cosas
sólo porque quedan bonito.
Creo que a veces te decía cosas
sólo porque querías escucharlas.

No las sientes en realidad.

Hasta que vino la fiebre.
Y creí que nunca saldría de aquella.
Soñé que te contaba todo,
soñé que te quedabas.

Después soñé que me mataba.

Me quieres en mi simpleza.
Me odias en mi complejidad.
Somos una mezcla de ternura y terremotos,
de grandes tempestades
que nos mantienen despiertos
cuando lo único que querríamos hacer es dormir.

Crear una nueva vida,
en una nueva ciudad,
dos personas nuevas
que sólo se parezcan a nosotros.
Sin goteras en la mente,
ni deseos ni ansiedad.
Dormidos para poder
en nuestros sueños

Buscar un sentido a todo esto.

sangre

Maldición

2018-12-05

Maldición

Esta historia ocurrió hace ya muchos años
y nunca nadie se ha atrevido a contarla.
Sólo la conocemos unos pocos,
aquellos que fuimos testigos.

Todavía recuerdo los gritos en la noche.

Pudimos ver su estela al bajar del cielo,
hay quien decía que era un ángel.
Podía hablar sin que su rostro se moviera,
estaba pálido y no tenía alas,
no necesitaba ojos para ver
ni hacer nada terrible para aterrorizarnos.

Permanecimos de pie a su alrededor.
Escuchamos todas y cada una de sus palabras con atención.
Era el destructor de mundo
y sólo podía prometer la inmortalidad a diez de nosotros,
y sólo a cambio
de olvidarnos
de todas las reglas
que habían regido nuestras vidas
hasta ese momento.

Todavía recuerdo el olor a carne quemada.

Se hizo la niebla en las montañas,
no podíamos ver más allá,
como si el resto del mundo se hubiera desvanecido.
Sólo diez de nosotros éramos puros,
sólo nosotros pudimos ver en los demás el rostro de la maldición.

Con fuego purificamos el aire.
Con estacas destrozamos a nuestros enemigos.
A ellos y a sus hijos,
a todos los niños perdidos,
las bestias de carga
y los animales de compañía.

Fueron días de fiesta,
en los que probamos la carne y la sangre de Cristo
a través de todos sus hijos.
Donde imaginamos las peores torturas
para llevarlas a cabo.

Todavía recuerdo el sabor de la sangre.

Y así nos convertimos en seres inmortales,
palideció nuestra piel
y desarrollamos poderes inimaginables.
Nuestra sed de sangre humana
se convirtió en la única necesidad.
Filosofía, ética y moral pasaron a un segundo plano.

Nuestros cuerpos inmortales
se endurecieron como la piedra.

Y ahora somos estatuas,
en un pueblo perdido,
al que sólo se llega a través de una carretera perdida.

¿Quieres saber qué hacemos para pasar el rato?

Esperarte.

maldición

Niebla

2018-12-05

Niebla

Pensé en volver a casa.
Pero me perdí entre la niebla
y crucé la calle sin mirar.

Entonces,
aparecí en otro lugar,
uno el que no había estado antes.
Y pensé:

Me encanta el invierno.

Susi

2018-12-02

Susi

No lo negaré. En casi todos nuestros encuentros tuve sexo con ella, aunque pusiera la excusa de que el motivo de que le pagara no era ése sino escribir una novela que nunca se llegaría a publicar.

La escogí porque era joven, por su pelo negro, largo, recogido en una coleta espectacular. Por su vestido rojo de cuello alto. El cuello alto siempre me ha parecido mucho más sensual y elegante que cualquier escote.

La escogí, porque de algún modo, me había enamorado de ella.

Era búlgara, de familia musulmana y nombre impronunciable. Aunque la primera vez que nos vimos, en la calle Montera, me dijo que se llamaba Susi.

La primera vez que me acerqué a ella fue porque necesitaba descargar tensiones después de una larga discusión con mi jefe. Un pijo idiota que se había creído todas aquellas cosas que nos han contado a todos desde que éramos pequeños. Hablaba de la fidelidad a la empresa y cosas así, por mucho que ella y él nos putearan y ningunearan. Por más que todos estuviéramos perdiendo nuestras vidas en aquellas salas de máquinas, alimentando los sueños electrónicos de nuestros ludópatas.

Después del primer polvo, nos pusimos a hablar. Lo hacíamos en una mezcla de inglés, castellano y lenguaje de signos. Pude entender que su madre llevaba pañuelo, que su hermano era un fracasado que se creía afortunado por cobrar cincuenta veces menos que ella currando diez horas al día en una fábrica.

Ella había ejercido la prostitución en varios países de Europa. De cada país sólo conocía una calle, una carretera, un local, los lugares donde trabajaba, intentando hacer clientes fijos, gente que, además de pagarle, se enamorara de ella y le hiciera regalos.

Yo una vez le hice uno. Una pulsera barata que parecía de oro blanco. Supongo que cualquier novia que hubiera podido tener me la hubiera tirado a la cara. Pero ella se mostró encantada, presumiendo ante la dueña de la pensión de mala muerte en la que se producían la mayor parte de nuestros encuentros. Un lugar de camas destrozadas, paredes amarillas y desodorante barato. En alguna ocasión, mientras tomaba notas de las cosas que me contaba, vi alguna cucaracha paseando por aquel lugar.

Susi tenía los pies negros de estar todo el día en la calle esperando nuevos clientes. Algunas veces estaba tan cansada que ni siquiera era capaz de ser simpática conmigo. Y yo me tumbaba a su lado en la cama sin hacer nada. Aquellas veces le pagaba a cambio de que se tomase un descanso. Supongo que era la única manera de poder hacerlo y contentar a esos tíos musculosos que controlaban lo que hacía a todas horas.

Un día, después de más de veinte encuentros, llevé una cámara fotográfica. Ella al principio me miró con recelo, pero pude convencerle de que nadie que no fuera yo vería las fotos. Hizo un ademán de desnudarse. Yo le dije que no, que prefería tener la imagen de ella con el vestido, tumbada en la cama en un segundo plano y en el primero sus pies. Después le dije que cerrara los ojos y se hiciera la muerta.

Imaginé su cuello desgarrado. Se desangraba. Su piel se teñía de un rojo más oscuro del de su vestido. Y me excite tanto que, aquella noche, me masturbé dos veces antes de acostarme.

Dejé de follar con ella en nuestros encuentros. Aumenté considerablemente mi colección de fotografías. Le hacía fotos en ropa interior con una soga al cuello, con manchas de pintura en el estómago y con el cuello torcido, como si se lo hubieran partido.

Eran las imágenes que repasaba cada noche una y otra vez. Soñaba con poder masturbarme ante su cadáver. Y a veces lo simulábamos. A ella no parecía molestarle, como si deseara que hiciera mis sueños realidad.

Pero sabía que eso no era algo que pudiera hacer en aquella pensión. La dueña me había visto demasiadas veces. Sabía dónde trabajaba porque más de una vez había bajado a la sala a pedir cambio.

Pensé en pagarle pero, por más desalmada que pueda parecer alguien que regenta un negocio de aquel tipo, yo le había visto hablar con las prostitutas. El cariño con que las trataba. La tristeza que reflejaban sus ojos cuando ellas le contaban los regalos que les había hecho algún nuevo cliente.

Tampoco podía ofrecerle más dinero a cambio de que me acompañara a mi casa. Primero porque me podría ver alguna de sus compañeras y, después, porque no estaba seguro de que no fuera a perseguirme alguno de sus gorilas.

Pero lo cierto es que no dejaba de pensar en quitarle la vida suavemente, acariciarle el rostro y besarle la frente. En Susi en paz, porque ya la policía nunca volvería a pedirle la documentación, nunca los vecinos volverían a despreciarla y tirarle cubos de agua. O regalarle rosas, según el humor con el que se hubieran levantado.

Hasta que un día dijo que le iban a echar del país. O que se iba a ir, porque sólo entendía el sesenta por ciento de lo que me decía. En cualquier caso me dejó claro que aquella semana nos veríamos por última vez.

Debía aprovechar el encuentro. Daría igual los que pasara después. Si me detenían, si pasaba el resto de mi vida en la cárcel. Sería el precio a pagar por liberarme de aquella excitación que me acechaba a cada momento del día y no me dejaba pensar con claridad.

Aquella tarde Susi estaba preciosa. Había cambiado su vestido rojo por uno blanco. Parecía una virgen y se había dejado el cabello suelto. Liso. Lacio. Perfecto. Primero le até las manos a la espalda y empecé a hacerle fotos, quería disfrutar al máximo del momento.

Lo que pasó después no sabría explicarlo con claridad. Es como si lo hubiera hecho otra persona. Escuché gritos en la habitación de al lado. Un hombre llamaba puta a la mujer con la que estaba y le exigía que no gritase. Era evidente que le estaba haciendo daño.

Entré en aquella habitación y, sin mediar palabra, saqué la navaja y se la clavé primero en la espalda, después un millón de veces más.

Todos dijeron que la navaja era suya y que yo había actuado en defensa propia. Me convertí en una especie de héroe local. Hasta el punto que había gente que entraba a la sala de máquinas sólo para hacerse selfies conmigo. Mi jefe estaba encantado. Obviaron que yo también era un putero. Y, evidentemente, no sabían hasta qué punto eran oscuros mis deseos.

No volví a ver a Susi, pensé que sería lo mejor. Pero a veces paseaba con las calles buscando a alguien con quien irme a una pensión. La nueva persona que había dentro de mí sólo pensaba en aumentar mi colección de fotografías dotándola de un mayor realismo.

Lo cierto es que ya había probado la sangre. Después de eso ya no había marcha atrás.

Susi

Desenfocadas (Muerte dulce en la literatura)

2018-11-30

Desenfocadas (Breve historia en la literatura)

Llegaste en un instante.
Desaparecí sin pretenderlo.
Soñé con tu rostro.
Te hice una foto pero no se distingue.
Es sólo una mancha negra
entre los rayos del sol.
Decidí dejarte y decidiste que te dejara.
Podrías haberme obligado a quedarme
pero me dejaste marchar.
Sólo porque no tenía sentido que lo hiciera
si no salía de mí.

Bebí una pequeña dosis de tu veneno
y, ahora, tengo órganos que ya nunca
funcionarán correctamente.
Grité,
me até con cadenas a tus piernas.
Te zafaste con facilidad.
“Buenas noches.
Que descanses.
Nunca volveremos a vernos”.
Y entonces me inundó una mezcolanza se sensualidad,
dulzura
y tristeza.

Desconozco
de tu descripción
si se puede ser a la vez
sensible e inteligente.
Si puedo ser algo más
que un bloque de hielo apasionado
o un mártir
siempre devorado por la culpa.
Desconozco tantas cosas.
¿Cuántas vidas alternas
pueden mantenerse simultáneamente?
¿Cuántos mundos he de destruir?

Me desperté esta noche
con el dedo bien sujeto
a su mano diminuta.
Supe entonces que no había espacio para nada más.
Para ninguna de esas vidas
que, sin embargo,
se resisten a desaparecer.
¿En cuál de ellas podré sentir que existo realmente?
¿Estoy vivo o sólo soy fruto de tu imaginación?
Si lo soy devuélveme mi existencia.

Puede que sólo seamos varias personas
viviendo una sola vida.
Ahí está el problema y la solución.
Porque nadie podrá violentar
mi pequeño mundo.
Nada,
ni la muerte dulce,
podrá obligarme a desaparecer.

Podrás leer un libro con todas mis historias.
Podrás imaginarme,
vestido,
desnudo,
como más te satisfaga
o como menos ridículo te parezca.
Pero llegará un día
en que no pueda salir de esas páginas
y estará bien
porque sólo allí seré feliz.
No me afectará el frío,
el calor o la muerte.
No trataré de leer tus pensamientos
en busca de errores
cuando no importen otras letras que las mías.

desenfocadas

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