Riley Reid y su (tal vez improbable) complejo de Electra

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2023-03-16

Riley Reid

“God isn’t real. Now go jerk off to my porn”
Riley Reid

Riley Reid

Empecemos con una obviedad: el porno es una industria que mueve millones y crea miles de puestos de trabajo para chicas que estén dispuestas a vender su cuerpo, tal vez también su intimidad, delante de una cámara. Quizá sea sólo esa cámara lo que diferencia su profesión de la prostitución, no sé, no voy a abrir ese debate de momento. Pero no nos vayamos por las ramas y dejemos una cosa clara: hay miles de actrices porno rubias, morenas, de ojos azules, marrones, verdes, uno de cada color, tatuadas, operadas, maduras, con labios hinchados por el botox, delgadas, entradas en carnes, intelectuales, frikis, dispuestas a hacer sólo escenas lésbicas o a llegar al límite de lo aceptable en la forma que son humilladas, degradadas o maltratadas.


Entre todos esos terabytes de contenido prohibido, imágenes, vídeos, parafilias y lluvias no sólo de semen, es difícil destacar. Los hombres lo suelen hacer por su dotación, claro. Pero las mujeres… Es otra historia. Literalmente, otra historia, porque deben contárnosla no sólo delante de una cámara con su cuerpo, su cara, su voz lujuriosa y sus gritos de placer, sino también deben hacerlo detrás. Si no, que le pregunten a Sasha Grey que, en el mundo del porno se hizo famosa por la profundidad en el arte de la felación y por pedirle a Rocco Siffredi que le pegase un puñetazo en el estómago mientras se la practicaba. Hubo incluso quien hablaba de la nueva Jenna Jameson y, sin embargo, su popularidad aumentó cuando confesó al mundo que le gustaba leer y escribir y que su intelecto iba más allá de lo que normalmente se considera adecuado para una chica del porno, ya que estas no pasan de bitches, whores o stupid girls.


A partir de ahí su carrera pasó por otros derroteros trabajando como actriz en películas notables como The girlfriend Experience del director Steven Soderbergh y Open Windows, proyecto internacional de nuestro Nacho Vigalondo. Después inició el camino que tantas mujeres han iniciado después de las 50 sombras de Grey, es decir, la escritura de una trilogía de novela erótica e, incluso, ha acabado dando charlas en colegios para promover la lectura.


Pero no hemos venido aquí a hablar de ella, ni de Mia Khalifa, la actriz amenazada por el terrorismo islámico por haber protagonizado una escena con el hijab, convirtiéndose en un símbolo de la libertad contra el fundamentalismo que le catapultaría hacia una carrera de éxito en los programas. Tampoco de Monique Alexander, que combina su faceta de actriz porno con los programas de radio y televisión hablando de educación sexual.


Hemos venido a hablar de Riley Reid y a preguntarnos en primer lugar, el porqué de su reinado en un mundo repleto de veinteañeras con cuerpos semiadolescentes como ella, de sus 2,3 millones de seguidores en Twitter y 2 millones en Instagram. Vamos a hablar de la razón que le ha convertido en un icono y un mito y, también, un poco de su vida privada, del deprecio y el rechazo que ha tenido que sufrir por parte de su familia por su profesión.


Riley Reid

Si echas un vistazo a la Wikipedia obtendrás unos pocos datos. Nació en Miami Beach, Florida el 9 de julio de 1991. Pasa de los 30 años aunque no los aparente y en el imaginario colectivo siga siendo esa jovencita, girl of next door que, tal como pudimos ver en el ¿documental? Hot Girls Wanted, se trata de un perfil ampliamente demandado por la industria del porno. Su nombre real es Ashley Mathews, ha ganado multitud de premios AVN por su trabajo y ha participado en más de 1400 escenas entre películas y sitios web como Brazzers, Naughty America, Bang Bros, etcétera.


Riley responde al mito de lolita, no respondiendo a la descripción que se hace del mismo en la película homónima de Stanley Kubrick como a la de la canción Moi… Lolita, gran éxito pop de los noventa, que convirtió a Alizée en una estrella: la jovencita con pantalones vaqueros y malas notas que no tiene la culpa de que los hombres se lancen sobre ella en cuanto la ven. Se trata de la víctima perfecta, pero sólo por una razón: desea serlo.

Milan Kundera decía que el flirteo o la coquetería eran una propuesta de sexo sin garantía. En el caso de Riley Reid, su sonrisa pícara, es una garantía de pecado, porque cuando alguien intenta seducirla significa que ella ya lo ha hecho. Dirá el lector que no podría ser de otra manera en el mundo del porno, con razón, pero así como otras actrices se muestran como víctimas del deseo masculino, ella no lo es. Ella lo sabe, ella maneja la situación, por más dura que acabe siendo la escena.

Y esto es todo lo que tengo que decir de ella como actriz porno o como trabajadora sexual. No creo que haga falta una descripción pormenorizada, ni siquiera añadir una escena, porque quien así lo desee puede dejar un rato de leer este artículo y, cuando vuelva más relajado y dispuesto a la reflexión, retomarlo a partir de su página de twitter:




La foto de su perfil ya es toda una declaración de intenciones, ese dibujo con una gorra comiéndose un plátano básicamente de un bocado. Después, en la foto de la página una interesante reflexión:


Yo: Existo.
Instagram: Has violado nuestro acuerdo de términos y condiciones
”.

Riley es una estrella, insistimos, con más de dos millones de seguidores. Hay muchos actores de cine, digamos convencional, que se cortarían un brazo por conseguir esa cifra y, sin embargo, sigue siendo de algún modo despreciada. No se trata de términos y condiciones, sino más bien de términos morales. Como decía Amarna Miller en una interesante entrevista en Jot Down, sobre las escenas de sexo explícito en el mundo del arte:


“Depende de cómo se cuente y cómo se planteen los personajes. Igual que en una película normal el sexo gratuito estorba y no tiene que ver con la trama, pero si se va construyendo una situación en la cual los personajes lo están buscando y al final sucede a mí sí me parece que puede aumentar la calidad literaria. Me parece hipócrita que se omita el sexo en todas las obras supuestamente artísticas, como si el sexo perteneciera a otra área del conocimiento y fuera sucio, turbio y moralmente reprobable”.


Hay directores que ya han superado esto, como lo hizo Michael Winterbottom, con un resultado irregular en su película Nueve canciones. Pero el caso de Riley va más allá, incluso de ella, porque es el hecho de ser una trabajadora sexual es lo que la convierte en sucia, turbia y moralmente reprobable. Viven en un mundo donde el feminismo todavía no ha planteado de una manera abierta y sincera el tema de la prostitución. Donde muchas corrientes quieren imponer una opinión propia sobre el tema, rechazándolo del plano y, lo que resulta más grave en mi opinión, sin permitir, sin dar voz a aquellas personas que se ganan la vida de esta manera.


¿Qué es lo que quieren las trabajadoras sexuales? Apenas lo sabemos. Lo que sí sabemos es que, más allá de su trabajo, Riley Reid tiene una voz, tiene opiniones propias que le convierten en una mujer inteligente y empoderada. Sí, utiliza su cuenta de Twitter para promocionar su inevitable OnlyFans y sus vídeos porno, pero también para dar sus opiniones sobre teatro, relaciones con hombres de mayor edad, sobre cómo conseguir su independencia económica sin depender de nadie o de la necesidad de controlar el tiempo que pasamos en Internet o en las redes sociales.



No voy a citar tweet a tweet estos temas, no me interesa hacerlo. Me interesa hablar de Riley y su complejo de Electra. Un complejo falso, por supuesto, no más que una metáfora de la manera en la que ha sido menospreciada y despreciada por su familia porque el sexo es sucio e inmoral. Lo es aunque todos lo consumamos. Aunque lo encontremos en todas partes y sea un negocio que mueve millones por todo el mundo.


Riley tuvo este tweet fijado durante bastante tiempo:




¿Recordáis lo que decía Amarna Miller? Riley destroza ese argumento en una frase, no el de Amarna sino aquel que menosprecia el sexo, de diez palabras que traducidas vendrían a decir: “Dios no existe, así que mastúrbate con mis vídeos”. Déjate de chorradas, el sexo está y siempre va a estar ahí. ¿Tienes una necesidad? Satisfácela, deja la moralidad a un lado, porque sólo es un constructo social que te oprime, que nadie te diga que disfrutar es malo, está prohibido o que tienes que esconder ante los demás.
Durante siglos hemos vivido el sexo como un pecado, no cometerás actos impuros dice el sexto mandamiento, que se ha utilizado como excusa para defender que el sexo sólo ha de ser utilizado para la procreación. Por eso Dios castigó a Adán y Eva a avergonzarse de su desnudez, no debes morder la manzana, no debes saltarte las reglas. No puedes vivir de acuerdo con tus propias reglas.
Por ese motivo, el padre de Riley, fanático religioso la ha rechazado en público varias veces. No es el pecado, es la incapacidad de algunos de permitir a los demás vivir su propia vida como le dé la gana, bajo el imperativo de múltiples ideologías, algunas religiosas, otras que pretenden serlo y otras que no lo son en absoluto.


La ruptura de Riley con Dios le permite, como diría Walter Benjamin caminar entre las ruinas. Es una mujer empoderada, casada y con un hijo que no ha dejado de ejercer su profesión. ¿Una víctima del patriarcado? A mí no me lo parece. Es una mujer de su tiempo que vende su imagen por Internet pero: ¿Por qué su faceta de influencer es menos lícita o legítima que la de Chiara Ferragni?



Y ahora, pienso en lo que escribo y me imagino como una tortuga patas arriba, me contradigo diciendo que Riley Reid sí es una víctima del patriarcado. Lo es por su complejo de Electra, porque ha intentado buscar la aprobación de un padre que la desprecia incluso públicamente. Y es por ello que en la descripción que da de sí misma en las redes es que es atea. El mismo motivo por el que más de una vez les ha dicho a sus seguidores adolescentes que no se preocupen que, también a escondidas, sus padres ven el mismo porno que ellos.


La hipocresía de los argumentos de Riley Reid y Amarna Miller no viene del libre ejercicio de su libertad, sino de la supuesta consideración del porno de Internet como una expresión artística. Porque ya no se hacen películas como Tras la puerta verde, verdadero festival de escenas psicodélicas, como Latex de Michael Ninn, fábula futurista y virtuosa reflexión sobre cómo limitamos nuestro deseo sexual o cualquier película de Andrew Blake, que, con estética de videoclip, consigue crear universos hipnóticos y sugerentes que verdaderamente te atrapan más allá de la paja rápida.


Ellas viven (o vivieron, ya que Amarna ha dejado el negocio) del sexo encorsetado, de las páginas de fetiches: sexo con mi niñera, sexo con mi profesora, infidelidad, sadomasoquismo o vídeos de casting verdaderamente asquerosos donde la sexualidad se confunde con el maltrato, la degradación y la humillación. Escenas unidimensionales donde el cáncer no se haya en el tabú del sexo, sino en la excesiva simplificación del mismo y la cosificación de las trabajadoras sexuales.


Riley Reid puede ser ella misma en Internet. Puede dar sus opiniones, pero éstas están escondidas entre multitud de videos promocionales en plan ¿en qué agujero me la meterías? Por lo que su personalidad y su discurso se desvanecen dando paso a un nihilismo cada vez más presente en todas las capas de la sociedad.


Las fake news y las pajas rápidas provienen de la misma fuente. De aquellos que quieren mostrarnos un mundo a la medida de nuestros deseos, nuestros fetiches más allá de toda empatía o sentido de la reflexión. Mal llamados periodistas que difunden noticias falsas. Mal llamadas feministas para las que las trabajadoras sexuales deberían no existir y, si lo hacen, mejor en la clandestinidad, en los límites, en aquellos lugares en los que no se tenga en cuenta su opinión, dándoles el mismo valor que les dan los consumidores de porno utilizando expresiones como le ha dado lo suyo a esa zorra.


¿Alguien recuerda el famoso vídeo de Rebecca Linares con Max Hardcore? Seguro que la mayoría no han leído las declaraciones de ella diciendo que se había sentido violada y vejada:

He rodado con ese tipo y la realidad que fue unos de mis peores días de mi vida, estoy avergonzada de ese trabajo debido a que ese tipo no me guardo respeto alguno y no volveré a trabajar con el, casualmente lo vi hace 2 días y el muy cerdo me mandaba besitos dios que asco, a quien le agrada mi trabajo le agrada verme gozar, te afirmo que en esa escena no disfrute nada y me entristece suponer que gente que le agrade, desee verme en esa circunstancia“.


En definitiva se trata de crear el hombre y la mujer unidimensionales que sólo ven el mundo desde su propia esquina, incapaces de aceptar que puede haber cosas en el mundo que no son de su agrado, convencidas de que se trata de aquello que debería no existir. Se trata, en fin, del capitalismo y la cultura del consumidor donde nos meten estímulos constantes con una cuchara haciéndonos sentir superiores engordando nuestro ego sólo en base a la idea de que tenemos siempre la razón, a la ilusión de que un famoso podría ser amigo nuestro por dar un like a uno de nuestros tweets o por seguirnos en Instagram y a la idea descabellada de que Riley podría tener el mínimo interés de practicar sexo con cualquiera de los sudorosos espectadores de sus omnipresentes vídeos.




Cine


Jackie Brown: Tarantino y la antítesis

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2023-03-06

Jackie Brown: Tarantino y la antítesis

Mi padre me ha contado muchas veces que cuando se fue a la mili, principios de los setenta, estaban estrenando una película de Ramón Fernández, protagonizada por Alfredo Landa y titulada No desearás al vecino del quinto.


Aquella película, fácil de olvidar excepto para aquellos empeñados en reivindicar cualquier cosa, todavía seguía en cartel cuando terminó el servicio militar, cuando todavía había sesiones dobles que, curiosamente, fue algo que Quentin Tarantino y Robert Rodríguez intentaron reivindicar, quizá no con el éxito esperado en 2007 con Grindhouse (Death Proof y Planet Terror).


No obstante, no estamos aquí para hablar de este proyecto, sino de que en todos mis años de asiduidad a las salas de cine no recuerdo más que una película que lograra mantenerse más de un año en cartelera. Aquella película era Pulp Fiction.


No era una época de crisis de las salas de cine, había éxitos como El Señor de los Anillos, Seven o Trainspotting, también de películas españolas, como El día de la bestia y Abre los ojos. En algunos casos era incluso casi imposible conseguir entradas el fin de semana de estreno y había que esperar una o dos semanas para verlas.


Con Pulp Fiction no ocurrió eso. Tarantino había dirigido uno de los mejores debuts de la historia, Reservoir Dogs y había también figurado como guionista de películas de éxito como Amor a quemarropa, dirigida por Tony Scott o Asesinos natos, que dirigió Oliver Stone. Pero no era una estrella, sino un talentoso director y guionista más en el mundo del cine independiente que en el mainstream. Se trataba, por lo tanto, de un estreno muy esperado para los que estábamos enganchados a las revistas de cine pero no tanto para el resto del público y, sí, la gente empezó a ir a las salas, pero también he de decir que recuerdo a más gente ir a verla por segunda vez en una sala más grande y más llena. Y tampoco puede decirse que hubiera muchos asientos libre la tercera y la cuarta vez.


Reservoir Dogs

El boca a boca había funcionado, las expectativas de los críticos (o de buena parte de ellos) habían quedado satisfechas y Tarantino se convirtió en el centro de un remolino donde se alababan sus múltiples referencias a la cultura pop y la Nouvelle Vague, el debate sobre la violencia en el cine, la Palma de Oro en Cannes y el Oscar al mejor guion original.

Tarantino había pasado de vivir de prestado en casa de la actriz Jennifer Beals (quien figura por ello en los agradecimientos de los créditos) a convertirse en una leyenda después de sólo dos películas, cosa que ningún director de la historia del cine ha conseguido con la misma repercusión.

En fin, el tío estaba en todas las portadas, en la cresta de la ola, en la cima del Everest, y todo el mundo se preguntaba qué haría a continuación. No es que se hubiera quedado quieto, en 1995 plagió una historia de Alfred Hitchcock presenta… en la película de episodios Four Rooms y, al año siguiente, fue guionista y realizó un papel secundario en la que fue un éxito de taquilla Abierto hasta el amanecer dirigida por su infatigable amigo Robert Rodríguez.

Aparecieron amigos nuevos, otras relaciones se fueron enfriando, como la amistad que mantenía con Roger Avary que, hasta entonces, había jugado un papel clave en su cine, ya que había trabajado en los guiones de sus dos primeras películas y en el de la antes mencionada Amor a quemarropa. Aún me pregunto a veces cómo hubiera sido la carrera de Quentin en el caso de que no se hubiera roto esa alianza. Quizá volvamos a eso más adelante.

El caso es que en 1997, Quentin Tarantino estrena la que es oficialmente su tercera película como director, Jackie Brown. Y, primera sorpresa, su guion no es original sino que se trata de una adaptación del fantástico novelista Elmore Leonard. Esto hizo levantar la ceja a más de uno, dando argumentos a quienes acusaban a Quentin Tarantino de plagiarismo, a quienes consideraban “Reservoir Dogs” una adaptación no reconocida de City on Fire de Ringo Lam y Pulp Fiction como un ejercicio de estilo basado en el cine europeo, concretamente en Jean-Luc Godard.

Jackie Brown: Tarantino y la antítesis


Pulp Fiction

No digo que estos argumentos carezcan de fundamento, pero mi opinión se mueve en otra dirección: algo murió dentro de Tarantino con esta película, porque fue la última vez que se movió con libertad e hizo la película que él quería sin dejarse llevar por todo aquello que vino a considerarse como su estilo o su sello y que no aparecía necesariamente en sus primeras películas.

Hay muchas similitudes entre Jackie Brown y Pulp ficción. Al igual que recuperó a John Travolta, aquí lo hizo con Pam Grier, actriz semidesconocida para quien no fuera un entendido en el género blaxploitation y a Robert Forster, que no había participado en ningún proyecto relevante desde hace bastante tiempo.
Su historia de amor constituye el centro de un relato de matones de poca monta en la ciudad de Los Ángeles y los dos actores están más allá del elogio en sus respectivos papeles de perdedores, con unas interpretaciones sutiles y delicadas (en lo relativo a su relación) desembocan en el que es para mí uno de los finales más bellos y melancólicos del cine de los noventa.


Alrededor de ellos, el ruido, Samuel L. Jackson, Robert De Niro y Bridget Fonda, cada cual en un papel más fascinante. Destaca el primero, la otra pata que sostiene la película. Un gangster desconfiado de gatillo fácil para quien trabaja el personaje de Pam Grier, aprovechando su trabajo de azafata para mover droga y que es captada por el agente de Ray Nicoltette del FBI (he de decir aquí que Michael Keaton está desaprovechado, tal vez por que su elección responde más a un guiño cinéfilo que a otra cosa) para llegar a su jefe.


Ordell Robbie (Jackson) es la serpiente. Un reptil al que no te conviene acercarte si no quieres salir malparado. Desconfiado, piensa que todo el que está a su alrededor es susceptible de ser una rata de la que no va a dudar en deshacerse para asegurar su negocio y su supervivencia.

Jackie Brown: Tarantino y la antítesis


Quentin Tarantino

Jackie Brown se encuentra atrapada entre el FBI, él y Max Cherry (Forster) un fiador que, sin motivo aparente decide ayudarle…

Todo parece muy violento. ¿A que sí? Más si tenemos en cuenta a Louis Gara, un excelente Robert De Niro que interpreta a un matón, un garrulo de gatillo fácil que no piensa demasiado las cosas antes de actuar. Un garrulo como lo era Vincent Vega que, asumámoslo, tampoco era un personaje excesivamente inteligente. Y ahí estaba la gracia. Porque las historias de Quentin Tarantino podían ser sórdidas pero, salvo la escena de Michael Madsen bailando con una oreja, dicho esto con matices, sus películas contaban historias sórdidas pero no se ensañaban en escenas gore. Es más, en Jackie Brown todas las muertes aparecen fuera de cámara al igual que en Pulp Fiction. Porque la gracia era otra.

Los primeros personajes de las películas de Tarantino se movían entre lo macabro y lo grotesco. Había historia de violencia, pero las historias se basaban en elementos surrealistas: el gánster que tiene que llevar a cenar a la novia de su jefe, un ex presidiario que mata a una chica después de haber sido humillado en una relación sexual que no llego a durar ni dos minutos, un boxeador y un mafioso que son secuestrados por unos violadores, etcétera.

Se trataba un poco de un libro de anécdotas, cosas extrañas que les pasaban a los gánsteres en el desarrollo de su vida laboral. Un tío podía dispararte más de nueve veces a pocos metros y no acertar con una sola bala. Podríamos hablar del montaje de la película, tan innovador, pero, sin embargo, creo que el primer Tarantino nos contaba historias de perdedores en la ciudad de Los Ángeles.

Jackie Brown: Tarantino y la antítesis


Jackie Brown: Tarantino y la antítesis

No sé si fue la influencia de Robert Rodríguez o el divorcio con Roger Avary, pero lo que no era tan explícito empezó a serlo en sus siguientes películas. Kill Bill Vol.1 está llena de sangre pero, no podemos soslayar que aquello caracterizaba el cine de Tarantino, incluso su sentido del humor, apenas se veían en ninguna parte. Tarantino mezclaba la serie Z con las películas de kung fu y los westerns de Sergio Leone y no salía bien parado. Porque la historia era plana y los personajes apenas carismáticos. Salvo Bill (David Carradine) y Budd (Michael Madsen) que tienen un mayor protagonismo en la segunda parte, donde Tarantino sí que nos regala un momento brillante en aquel diálogo sobre Superman.

Pero de lo que se trata es que esta película supone el inicio del fin de un Tarantino y nos trae otro diferente que ya ha dejado de tener los pies en la tierra, contándonos historias de mujeres que pueden llevar una katana consigo en un avión, grupos de judíos que exterminan nazis, finales históricos alternativos (con los que de alguna manera pretende hacer una especie de justicia poética), westerns que se pasan de metraje e historias de un Hollywood que ya no existe y que no llega a evocar del todo.

Porque cambiamos a Vincent Vega, un matón con pocas luces adicto a la heroína; Mia Wallace una actriz frustrada casada con un gánster; Louis Gara, un ex presidiario con eyaculación precoz; Butch, un boxeador que no llegó a triunfar; o el Señor Naranja y el Señor Blanco, policía y atracador teñidos de mala suerte y malas decisiones, por otros personajes como O-Ren Ishii, Bill y compañía, la élite de la delincuencia a nivel mundial; el Coronel Hans Landa, acomodado, inteligente, manipulador y casi omnipresente; Django, un improbable justiciero del lejano oeste; o Stuntman Mike, un serial killer (casi) imbatible.

Y no es que estas películas no lleguen a entretener. Lo hacen, en el caso de Malditos Bastardos con gozo, en el caso de Django con interés aunque también con un cierto aburrimiento y en el caso de Los odiosos ocho con un severo aburrimiento que mostraba un estilo Tarantino ya casi acabado, donde predominaban las referencias cinéfilas y fallaban los diálogos y el manejo de los tiempos. Porque Tarantino no hacía más que repetir fórmulas, que a veces salían bien, a veces no.

Jackie Brown: Tarantino y la antítesis


Malditos Bastardos

Hay destellos en su última película, parece volver a crear personajes más humanos como Rick Dalton (impresionante Leonardo Dicaprio) y Cliff Booth (Brad Pitt), un actor fracasado y un doble de acción en Los Ángeles en la época que transcurre entre un Hollywood dorado y un terrible asesinato por parte de la Familia Manson tras el que nada volvió a ser como era. Érase una vez en Hollywood quizá tenga algunos ingredientes de lo que es el mejor Tarantino, las escenas de Margot Robbie como Sharon Tate que consigue crear un personaje que encandila sin una sola palabra, la asunción de Rick Dalton de que su carrera está a punto de caer por un precipicio y, en alguna ocasión la chulería del personaje de Pitt, con su enfrentamiento con Bruce Lee incluido.

Y, sin embargo, falla, y lo hace porque otra vez quiere recurrir a la justicia poética y presentar a la familia Manson como una panda de hippies atontados que finalmente se equivocan de casa y son ellos los asesinados por la pareja protagonista. Tarantino apostó por la luz en vez de la oscuridad y se equivocó, porque la película estaba en la figura de Manson y sus seguidores, y Manson no aparece apenas un minuto y la historia que realmente cambió Hollywood quizá toda américa se elimina en un guion en el que en lugar de relatar un tiempo convulso el director pretende impartir justicia a unos hechos que no deberían haber sido modificados (en la ficción).

Jackie Brown: Tarantino y la antítesis


Jackie Brown: Tarantino y la antítesis

Así que yo me quedo ahí, en su tercera gran película, con Jackie Brown, una mujer valiente e inteligente y, sin embargo, también una perdedora que consigue sobrevivir a cambio de renunciar, uno por uno, a todos sus sueños. Me quedo con el final más conmovedor y sutil de toda la carrera de Tarantino, con las calles de la ciudad de los ángeles, con los personajes pulp y gánsteres de poca monta y el polvo que cubre las aceras desgastadas de un lugar que algún día nos hizo soñar con otros mundos.




Cine


Top FilmAffinity 1990-2000


Tu cumpleaños

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2023-01-29

Tu cumpleaños

“No será peor de lo que era
No será peor, seguro que es mejor”
Los planetas, Cumpleaños total

Ayer fue un buen día
porque, por fin,
olvidé tu cumpleaños.

Porque no pasé la tarde,
móvil en mano,
pensando si llamarte o no,
si serías amable,
me preguntarías cómo me va
o, por el contrario,
te mostrarías lacónico y distante,
haciéndome ver,
como ya hiciste tantas veces
que ni siquiera te importaba.


Tu cumpleaños

Olvidé que tengo tu número memorizado
ahí, escondido para siempre
en un pequeño hueco de mi memoria,
ese lugar que me mortifica
recordándome que,
en esta vida moderna,
la presencia de otra persona
se reduce tan solo a una cantidad
de nueve dígitos aleatorios.

No te envié ningún mensaje,
no borré ninguno después de enviártelo,
ni envié nada del tipo:
“Feliz cumpleaños cabrón de mierda”.

No metí el móvil en un cajón,
dejando a posta un mensaje olvidado,
que te había enviado, ya sabes,
como sin querer,
como por efecto de un recuerdo repentino,
así como por casualidad,
porque lo tenía apuntado en el calendario
o me había saltado una alarma en ese Facebook
en el que, a veces estás bloqueado, a veces no.

No me pregunté porque era yo la que tenía que sufrir,
por qué yo no soy lo suficiente para ti
por qué en tus redes sociales pareces tan feliz
ella tiene los pechos más firmes
pero es imposible que la chupe mejor que yo,
que no puede ser, es imposible,
porque yo le saco diez años de experiencia.

Ayer decidí no imprimir alguna de vuestras fotos,
para romperla, apuntar con mis dardos o quemarla.
Los dos de vacaciones en algún lugar tranquilo,
disfrutando como en un anuncio de Coca Cola
tan sonrientes, tan agarrados,
protagonistas de un anuncio
sobre lo increíble que es estar enamorado.

Y yo, sí, ayer fue un buen día,
porque me olvidé de ti,
salí con mis amigas y me lo pasé genial,
me bebí más de la mitad de las bodegas de La Rioja
hasta que pasó la madrugada y llegué a casa
y no pude evitar volver a pensar en ti
y entonces volví a mirar el móvil una y otra vez,
y, al final, no pude evitarlo,
en fin, te dije: “Feliz cumpleaños, disculpa el retraso”

Y tú contestaste: “Gracias”.
Intenté continuar con la conversación,
preguntándote qué tal te iba,
dijiste: “Bien”
y, pensé que, en fin, soy gilipollas.

De verdad que lo soy.



Verso libre


Entrada en poémame


Tu cumpleaños

La canción del mar

2023-01-11

La canción del mar

De pequeño jugaba sentado ahí donde la sombra duerme,
ahí, en esa parte del bosque donde el cielo no existe,
más allá de los rayos del sol cansados
que se colaban entre las ramas y los celajes.

Recuerdo claramente la hierba virgen,
Invisible, que me acariciaba los tobillos
mientras yo corría buscando flores
verdes, blancas y rojas,
los colores favoritos de mi madre,
quien las replantaba
enseñándome
que el secreto de la vida
se esconde entre la tierra y el agua.

Crecí obsesionado con una pregunta
que vino desde la distancia:
dónde nacen la tierra y el agua.
Y resultó que obtuve respuestas,
no en la ciencia
sino en las canciones
que los árboles susurraban
moviendo sus ramas encantadas.

Me dirigieron a un camino suntuoso,
cubierto de hojas, verdes, rojas, amarillas y moradas,
y una miríada de flores y criaturas
que nadaban en los ríos y manantiales,
aguas cuya melodía tantas veces,
sin éxito, los hombres trataron de aprehender.

Llegué a un claro de bosque
donde mis ojos se volvieron débiles
pues nunca habían sido expuestos a tal claridad.
Primero decidí fijar la vista en el suelo,
donde las mariquitas batían sus alas
y las abejas en enjambre con las flores bailaban.

Descubrí que aquellos insectos
no temían la muerte, el silencio absoluto,
porque era algo que no podían imaginar
ensimismados como estaban en sus tareas.
Yo, sin embargo, alcé la mirada
y sentí mi débil corazón la primera vez que vi el cielo,
el sol, la luna y las estrellas enamoradas,
las nubes y ese azul brillante que imitaban
las alas de los pájaros más audaces.

Algún viajante de aquellos que aparecían de tanto en tanto
me contó el secreto del cielo omnipresente,
que en realidad no existía, que no era más
que el reflejo de los océanos descomunales.

Sin embargo, me subí al más alto de los árboles
y parecía un lugar diminuto
pero el salitre se pegó en mi piel desnuda
y ese olor se convirtió en determinación
de caminar hasta el mar y descubrir
todos los tesoros que, entre algas,
flotaban bajo aquel manto azul
que los días de verano
brillaban como pepitas de oro.

Tomé una determinación y me encaminé hacia aquel lugar,
pregunté a los robles centenarios cuál era el misterio,
cómo podría abandonar las sombras que siempre me habían protegido
para emprender el camino que me llevara al mar.
Me contestaron que era imposible llegar allí a pie
y que yo no tenía alas para poder volar
ni branquias para respirar y luchar contra la corriente
de los ríos pedregosos y cristalinos.

Yo les contesté que podía escuchar la canción del monte,
de los manantiales, los ríos, los árboles y las montañas,
pero ellos me hicieron ver que mis frágiles huesos
serían incapaces de soportar el peso del camino
y los terribles secretos que la noche esconde.

Mi frustración devino tempestad,
aún siendo mediodía las nubes de ébano apenas nos dejaban ver
y la lluvia y el granizo cayeron sobre mí
cortando mi piel cruda, blanca, casi transparente.
El barro no me dejaba caminar apenas ver
los relámpagos y el fuego que me rodeaban.

Los árboles esputaban lágrimas y palabras
que quedaban olvidadas entre la resina que las cubría.
En un intento de protegerse de la destrucción
hicieron crecer sus raíces para así no desprenderse del suelo
y yo, que ya me había convertido en un muñeco de barro,
intenté gritar, pedir ayuda a todos los dioses
que ingenuamente pensé que siempre me habían protegido.

En medio del fin del mundo apareciste tú señor
y, en un esfuerzo supremo, conseguí gritarte:
haz que desaparezca el tiempo y la distancia.
Pasaron cientos de años, o así me lo pareció.


La canción del mar

Aparecí en una playa, tumbado boca abajo,
y me puse de pie, y surcando la arena llameante,
me metí en el agua y, por instinto,
intenté nadar hasta el fin del horizonte.

Hasta que finalmente me encontré flotando mar adentro,
con los oídos hundidos, el sonido de la calma.

Al cerrar los ojos pude escuchar, por primera vez,
venido del norte, el canto de las ballenas
que dominaban el reino marino
desde las aguas congeladas del Ártico.
Y, al mismo tiempo, en el Atlántico
las rocas, majestuosas e invencibles,
soportaban imperturbables el continuo golpear
de corrientes que capaces de alimentar todo un reino,
aquel de los animales que vivían pegados a ellas
escondidos en sus conchas mientras,
entre susurros me decían: escóndete
hazlo antes de que los tiburones huelan tu sangre.

Pero yo, flotaba y flotaba, ajeno a todo,
al miedo, a la soledad y al olvido
a las olas gigantes del índico
que había escondido grandes tesoros en sus entrañas.
Ni siquiera subyacía en mi mente
el sempiterno deseo de fumar,
sólo flotar, dejarme llevar por la corriente,
hasta el pacífico, en cuyas noches
niños de ojos rasgados se atrevían a lanzarse al agua
que, por efecto de las medusas y los corales,
constituían una zona de baile obligatoria
donde todos los peces movían las raspas
buscando un poco de calor y una compañía
que olvidarían pasados un par de segundos.

Nunca olvidaré la canción del mar.
No lo haré, por más años que viva.
Me quedan pocos ya, hace tiempo que,
como despertando de un sueño
un día de primavera, una mañana de sábado.


La canción del mar

El bosque ya no era infinito,
los pocos árboles que quedaban
apenas producían oxígeno
y, mi cuerpo,
hundido por el cansancio y las noches de insomnio,
incansable,
me comunicaban que ya poco quedaba de mí
apenas un soplo de energía
la necesaria para cavar una tumba
entre las raíces del primer árbol que recuperó sus hojas.

Hundí mi cadáver entre la tierra
y sus tiernas raíces me abrazaron,
llevándome a un sueño profundo,
del que algunas veces puedo regresar.
Y escuchar de nuevo la canción del mar.
Y soñar que esta historia vuelve a empezar
porque morir no es otra cosa
que volver a imaginar que estás vivo.



Poesía


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La canción del mar

Jaula

2023-01-08

Jaula

Quizá este año, cuando las revistas de tendencias te recomienden lo mejor del año en el campo del cine de terror y de suspense, hablen de películas como Barbarian, Smile o Fresh, títulos que agradarán e incluso harán las delicias de los amantes del género. Propuestas, al fin y al cabo, que a quien escribe estas líneas le gusta ver en las carteleras (o en los catálogos de las diferentes plataformas de streaming).

Y, no obstante, habrá otros títulos que caerán en el olvido, ya sea por su calidad o por la nacionalidad del film en sí. Y me temo que esto es algo que va a pasar con Jaula, debut en la dirección de largometrajes de Ignacio Tatay que bien hubiera merecido el hype.

Hay mucho patriotas que, igual que Espinosa de los Monteros piensan o quizá no lo hacen antes de hablar cuando se refieren al cine español como “películas donde un cura viola a una monja, se queda embarazada de trillizos y todo acaba mal” o filmes que contienen “continuas y pesadísimas referencias a la guerra civil”.

Jaula

Jaula

Pues bien, aquí no se encontrarán nada de eso, sino un film de suspense con una atmósfera muy bien trabajada y unas estupendas interpretaciones de Elena Anaya y Carlos Santos. Además hay que decir que Tatay, también coautor del guion consigue engañarnos con una historia que no es lo que en un principio parece. Nos engañan los personajes, nos engaña el género y nos sorprenden inesperados giros que finalmente nos conducen hacia una historia que no tiene nada que ver con lo que creíamos estar viendo en la primera hora de metraje.

¿Dónde está el fallo? Creo que no lo hay, la verdad, porque la película me mantuvo atento y mejoró mis expectativas. ¿Qué podemos reprochar al film? Quizá la absoluta falta de sentido del humor, tal vez justificable dada la naturaleza de la historia que cuenta, y un final excesivamente caramelizado.

No obstante, insisto: Está en Netflix, es muy buena, dura poco más de hora y media y se disfruta durante varios días.




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