Tormentas de agosto

2
2019-06-19

Tormentas de agosto


Aurora poseía la belleza
de una estrella del Hollywood clásico
pero aquella esquina en la que trabajaba
le desposeía de todo el glamour.
A veces, echaba la vista atrás,
y, preguntándose la razón
que le había llevado a ese lugar,
sólo encontraba una:
el silencio.

El silencio de cuando era una niña,
temerosa de como su padre pudiera reaccionar
porque sabía que cualquier comentario suyo
podía ser interpretado como un desafío
y seguido de un castigo en el menor de los casos
y, en el mayor, de una paliza.

Era esa y no otra la razón
de que fuera tan buena estudiante
porque dentro de los libros,
dialogando con los fantasmas que habitaban el desván,
podía escuchar sólo sus manidos sueños
y no los gritos de eternas discusiones.

Muchas veces soñó que llegaban las tormentas de agosto
y se llevaban consigo aquella casa con el resto de sus habitantes.
Dejando tras de sí un mundo en blanco
que ella pudiera pintar todas las cosas y los colores que quisiera.

Podría pintar un corazón y, sobre él, un hombre que realmente la quisiera
pero tuvo la desgracia de provocar otro sentimiento en los hombres,
el que proviene de sus más bajos instintos
y del que fue por primera vez consciente en las clases de catequesis
tras las que el párroco, aquel al que todos consideraban un santo varón,
le invitaba a quedarse un poco más para profundizar en su fe,
la que habitaba bajo su ropa interior,
tiñendo de sangre los bajos del vestido de su comunión.

También aquella historia se quedó en el silencio,
pues siempre supo que sus padres le habrían culpado a ella,
como le culparían hoy de los moratones provocados
por tantos borrachos en tantas malas noches
o de todas las veces que,
para volver a aquel mundo en blanco,
había atravesado su piel con la aguja.

Y, entonces, las tormentas de agosto
se llevaban también todos los recuerdos
de aquella esquina
a la que inevitablemente debería volver al día siguiente
para cobrar por sentir en su piel el asqueroso sudor del deseo.

Ganar unos pocos billetes con los que poder pagar
un nuevo lienzo en el que algún día
pintaría un camino sin retorno.


 

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Un beso tímido pero interminable

1
2019-06-15

Un beso tímido pero interminable


Mi universo es una ecuación,
y tú eres la incógnita.
Estoy prendado de ti
aunque a veces te mienta
y cometa pecados imperdonables,
mas mi amor,
aunque no ha sido siempre sincero,
es puro e incondicional.

Tú y yo caminamos discretamente en el silencio,
imaginando viajes que nunca vamos a hacer.
Viviendo vidas alternas,
grandes proyectos escondidos entre pequeñas cosas
como un te quiero dicho entre susurros,
tu sonrisa cálida desde el otro lado del sofá
o un beso tímido pero interminable cada vez que nos separamos.

Somos esclavos del tiempo,
como lo son el resto de habitantes del universo.
Al menos eso he podido constatar en mil múltiples viajes.
Somos todos seres que giramos alrededor de un sol
que cada día se acerca más a su final.
Somos polillas que saben que se quemarán al acercarse a la luz
pero que no pueden evitarlo
e irremediablemente esperan la destrucción.

Dime qué será de mí cuando los planetas exploten,
uno tras otro en una cadena infinita,
cuando sólo seamos polvo de estrellas.
¿Me seguirás queriendo cuando no quede ya nada de mí?
Y, si es el caso, ¿lo harás porque lo merezco
o sólo por lo bonita que era nuestra imagen en los escaparates.

Es preciso y precioso quererte en el vacío,
atrapado en las incógnitas del universo,
preguntándome cuántos errores serás capaz de personarme.
Si, cuando ya no esté, dejaré un recuerdo dulce o amargo.

Y en mis viajes en el universo,
me pregunto si encontraré
entre todas aquellas ruinas
el camino de vuelta hacia ti.

Y esperando volver,
me pregunto si seguirás ahí
cuando yo esté
donde nada está.

Cuando no puedas besarme,
ni pueda sacudirme de encima
todo el polvo y el cansancio
acumulados en mis viajes.

Y, algún día,
sentados,
observando el horizonte,
en alguna playa,
el día del fin de algún mundo,
entre el sonido de las olas
escucharé tu voz
preguntándome si ha merecido la pena
visitar todos aquellos lugares
en los que sólo encontré dolor.

Y yo, sentaré mi cabeza sobre tus piernas
pidiéndote así que acaricies mi pelo
y descubriré en cada instante de tu voz un trozo de verdad:
un sol que calienta pero no quema,
y una lluvia que junto él alimentará los campos
y volverá a hacer crecer las flores.
El milagro de la vida
que vuelve en pequeñas dosis
para traer una pizca de esperanza.

Y nos veré a los dos, renaciendo,
desnudos,
intactas todas las cicatrices
y defectos de nuestros débiles cuerpos.
Observaré con detalle cómo se conjugan nuestros defectos
para llegar a la conclusión de que no quiero ninguna atadura
excepto la que me une contigo,
porque son las pizcas de amor
de nuestras desbordadas almas
la respuesta a aquella incógnita
capaz de resolver todas las ecuaciones
que desbordan infinitos universos.


 

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Cualquier lugar

2019-06-13

Cualquier lugar


Regresa el verano,
este año con un aroma diferente,
el del mar de una playa
que, a mi pesar,
visitaré más que nunca.

No digo que no merezca la pena,
porque lo que te digo,
pequeña galopina,
es que tú ahora estás con nosotros,
que somos una familia
y que estaremos siempre juntos,
que la playa no será lo mismo
sino algo mejor
y todo el salitre del mundo
pegará nuestras pieles
hasta convertirlas en solamente una.

Has venido para dedicarme esa sonrisa pícara
que irremediablemente me desmota,
para pintar en las paredes,
cuando estás enfadada porque tu madre ha salido
o, simplemente, para llamar nuestra atención
y, sobre todo, para volvernos locos tocándolo todo
o inundándonos a preguntas sobre el porqué de todas las cosas.

Eres sincera cuando me abrazas con fuerza,
eres audaz cuando te subes a cualquier lugar,
cuando te encuentro, de repente, sobre la chimenea del tren
o caminando por la parte exterior de las paredes,

Das besos cuando quieres y a quien quieres,
como debe de ser,
y estallas en carcajadas cuando tu madre y yo
te agarramos con fuerza y te besamos sin parar.
Con tus pequeñas manos nos empujas la carita.

De repente, te comes el mundo,
todo lo miras, todo lo manejas,
hablas a gritos con el primero que se pasa por delante
y, otras veces, te hundes en el silencio cuando se dirigen a ti
y te escondes entre nuestras piernas para que no te vean la cara.

Apasionas con esa timidez intermitente,
con ese carácter desafiante que, a veces,
me da ganas de ponerte un sello en la frente
y enviarte de vuelva a la guarde,
aunque sepa, dentro de mí, que es imposible
porque despiertas en mí toda la ternura y amor
del mundo, del espacio, del infinito y todavía más.

Eres asustadiza, te da miedo dormir sola
y lo haces abrazada fuertemente a Pepota
o al conejito de luz
que protege la habitación
de tantas brujas y monstruos
que habitan en tu mente.

Eres un bicho, un gremlin
al que no hay que dar demasiado azúcar sea la hora que sea,
aunque te pases el día pidiendo
un chicle,
un caramelo,
un helado,
unas quelitas,
cualquier tipo de fruta
o cualquier cosa que hayas visto por la calle.
Incluso aunque hayas comido hace cinco minutos.

Y yo me paso el día diciéndote que no,
aunque tu madre me diga que te tengo muy consentida,
porque, a veces, no puedo escapar de tus caprichos,
No lo sabes tú bien, cariño,
te concedería muchos más,
dejaría que me manejes, montes y desmontes como quieras.

Os lo daría todo, mi vida en construcción,
mis letras,
os haría reinas de todos mis mundos imaginados.

Y nunca lo dudes, no tengas miedo,
como aquel día en el hospital,
cuando, al entrar en la habitación en la que iban a ingresarte.
le gritaste a tu madre que nos íbamos a ir.

Sólo quiero decirte que no cuentes con ello,
porque te hemos prometido y comprometido
a ser una familia y a estar contigo.

A que cualquier lugar en el que nos encontremos los tres sea nuestro hogar.


 

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Noche sin sueño de luna creciente

3
2019-06-12

Noche sin sueño de luna creciente


La sensación de no merecer me persigue
en esta noche sin sueño de luna creciente
en la que todos a la vez os aparecéis
en todos los rincones
para convencerme
de que sí hay una luz
al final del túnel.

Y yo, ni me lo creo,
ni me lo dejo de creer.
Prometo luchar a veces
y otras suelto una diatriba
sobre las ventajas de quedarme aquí,
quieto,
en concordancia con la línea
de la compasión y la destrucción.



Y eso es lo que estoy haciendo aquí,
en esta habitación de hotel.
Rodeado de pastillas,
Valorando la necesidad de llegar al fin de la noche
y cuestionándome la posibilidad
de quitarme de encima toda esta suciedad
que tanto contrasta con pulcritud y la impersonalidad
de estos muebles que me rodean.

Me gustaría gritar,
romper en mil pedazos los espejos,
todos los cristales de esta habitación,
sólo para evitar ese reflejo
donde me miro y veo algo muy distinto
a la persona que siempre me hubiera gustado ser.

Y sopeso la posibilidad de no salir nunca de aquí,
de no volver a ver de nuevo un amanecer.
Y fumo un cigarrillo tras otro
pensando en lo cerca y lo lejos que estáis
y lo poco que os dejo verme realmente.



Y pienso no merecer saber
que me recibiríais con los brazos abiertos,
porque por más que lo intente
no consigo explicároslo
nunca entenderéis que no soy más que la sombra de una mentira,
que hay pecados que llevo tatuados en tinta invisible,
pegados a mi piel,
ocultos para vosotros
que no tenéis presente el dolor
que sufrí al profanar mi piel con aquellas agujas,
ni que ahora me paraliza la vergüenza de mi desnudez
y el alcance del daño provocado.

Dónde estoy,
muy lejos de mí,
dentro del espejo,
como Alicia en el país de los desquiciados,
junto a ese conejo
que me susurra al oído
que si pude seguir el camino para llegar aquí
debería poder recordar también el de vuelta.

Quizá tomándome todas estas pastillas de golpe
lo pueda encontrar.



Pero algo ocurre o ya ocurría,
de repente, el humo del tabaco,
que cubre ya toda esta habitación
se va tiñendo con los rayos de sol
que entran entre las rendijas de las persianas.

Y, por fin, abro todas las ventanas,
dejo que salga todo el veneno
y decido, otra vez, intentarlo un nuevo día.

Y, desde el último piso de este gran hotel,
Imagino que puedo volar
y vosotras hacerlo conmigo.
Volar hacia delante, hacia un futuro
que, aunque sea incierto,
sigue siendo futuro al fin y al cabo.


 

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Un gran porvenir

1
2019-06-11

Un gran porvenir

Mi madre se casó muy ilusionada.
Todas las mujeres consideraban
que mi padre era un hombre bastante guapo
con un gran porvenir.
Pero, lo que más le importaba a ella,
era toda la retahíla de atenciones que le dispensaba.
Con él nunca estaría sola.

Pasaron los años, entre medias yo nací,
mi padre pasaba cada vez menos tiempo en casa.
Normalmente no salía del bar hasta que el camarero,
cada día de manera un poco menos educada,
le instaba a hacerlo aunque no quisiera.

Echaba la culpa de todos sus problemas a la crisis industrial
pero yo podía sentir la vergüenza que sentía
las pocas veces que se animaba a dedicarme temerosas muestras de cariño
para compensar el color gris de nuestras paredes.

Después empezaron las explosiones de violencia,
y lo que debió ser una niñez plena de recuerdos felices
se vio alterado por el llanto de una madre,
que diazepam tras diazepam, había olvidado sus desvaríos
aferrándose a los barrotes del cabezal de la cama.

Miraba a los otros niños desde un pupitre de la última fila.
La profesora me miraba con desprecio desde la pizarra.
Mis compañeros siempre se percataban de mi presencia
cuando necesitaban alguien con quien meterse
y no para jugar al fútbol,
escogiéndome siempre al final, de mala gana,
cuando había que organizar los equipos para un partido.

En fin, sólo me hallaba feliz dentro de mi mundo,
cuando imaginaba que tenía alas y podía volar
o una espada con la que cortar las cabezas de todos mis enemigos.

Aquellas imágenes me acompañaron desde que tengo memoria,
fueron ellas y la literatura los únicos lugares en que me sentí importante,
pero siempre estaba ahí la realidad dispuesta a sacarme de mis ensoñaciones.

Y con el tiempo aprendí, observando a los animales que me rodeaban
que uno sólo puede llegar a realizarse revolcándose en el dolor ajeno.

En el instituto me reinventé, era aquel chico triste y solitario
que se había comprado una chaqueta negra
con la palabra odio escrita en la espalda.
Yo me regodeaba en mi interior,
cada vez más, gracias al dulce humo de la marihuana
y a aquella música que potenciaba mis sueños
que, día tras día, se teñían color rojo, odio y rencor.

Nadie se preocupó nunca de los secretos
que se ocultaban detrás de mi mirada
hasta que llegaste tú,
preguntándome por aquellos poemas
que escribía en aquella libreta negra.

Te gustaban aunque nunca llegaras a comprenderlos del todo,
te parecían crueles y cercanos al trastorno mental
y siempre me regañabas por su oscuridad.

Tú, una persona cuya única preocupación en su niñez
fue la de crecer y ser feliz.

Me consideraste el amigo inofensivo
al que podías contar todos tus secretos.
Y, poco a poco, te dejé entrar en los míos
protagonizar las primeras fantasías
con las que me masturbaba,
donde mi placer se mezclaba con tu dolor.

Y es por eso que ahora te escribo esta carta
mientras estás tirada en alguna parte de ese bosque
donde lo único vivo son los insectos que devorarán tu carne.

Se acabaron las buenas notas
y los ánimos que te dedicaban tus padres,
tan falsamente amables conmigo y tan orgullosos de ti.

Se acabaron las vacaciones de verano,
tus historias acerca de todos aquellos tíos
a los que te entregabas
sólo por sentirte deseada.

Se acabó la universidad,
formar una familia,
trabajar como abogada defendiendo causas perdidas,
tantos y tantos viajes que tenías planeados.

Adiós a un gran porvenir que siempre todos te vaticinaron.

Esta noche hemos viajado al fondo de mi subconsciente
y, gracias a ti, he podido realizar mis deseos más ocultos.

Durante tantos años, he sido yo el guardián de tus secretos.

Por eso te lo debía, esto: ser la silenciosa guardiana de los míos.


Un gran porvenir

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