Dinámicas autodestructivas

2018-05-02

Caminabas por la calle,
en una estampa primaveral,
acompañada de un desconocido.
Llevaba una camiseta blanca,
marcaba músculo el chulito,
no puedo decirte nada.

No hubiera podido decirte nada de él que me gustara
pensé en saludarte primero,
pero mejor hacerme invisible.
Torcí en una calle estrecha
y desaparecí para siempre.

Quise volver,
preguntarte donde están todos esos libros que no te regalé y te quedaste.
¿Por qué no sonríes así cuando quedas conmigo?
Recuerdo un tiempo en que lo hacías.

¿Recuerdas tú aquella foto que nos hicimos en el espacio?
Teníamos la tierra y las nubes detrás,
la luz del sol sobre nuestras cabezas
y sonrisas de cristal en nuestros rostros.

Yo te dije que era el destructor de mundos,
y tú inventaste una nueva personalidad para mí.
Adiós al monstruo deforme,
mi espejo sólo devolvía las palabras que me dijiste.
Me rescataste desde el reflejo.

¿Recuerdas a Clark Kent?
A tu lado me convertiría en Superman.
Me lo dijiste tantas veces
y tantas me lo creí.
Se te daba tan bien brillar.

Eras Virginia Madsen en la intro de Dune,
contándome mil historias apasionantes.
Yo un ridículo Krilin antes de conocerte,
después un héroe,
el liberador de Namek.
Me bastaron cinco capítulos para matar a Freezer.

A ti cinco o seis meses para volver a meterme en el baúl del que me sacaste.
Me utilizaste para sentirte superior,
podías construirme y reconstruirme,
siempre a tu antojo.

Te odié,
renegué de ti tantas veces.
Vivía encerrado en mi torre,
siempre puesta mi cámara de hierro,
perezoso del mundo exterior.

La primera vez que salgo en meses
y tuve que cruzarme con el idiota de la camiseta blanca,
con tu rostro luminoso
y tus palabras cegadoras.

Héroe

Plagas

2018-05-01

Plagas

Creo que el Faraón pensaba que, cuando una relación estaba tan deteriorada como la suya con los judíos no había nada que hacer, porque cuando algo está roto no hay manera de recomponerlo. Pasaba así desde pequeño, cuando jugando rayaba una pared o rompía alguno de los jarrones que adornaban las pirámides; los criados se esmeraban en dejarlo todo impoluto, pero él seguía viendo las marcas. Sabía que el jarrón ya no era el mismo, aunque fuera idéntico.

Pensaba que los hebreos hubieran sido fáciles de reemplazar. No eran ni buenos ni malos esclavos sino de gama media. Existía una gran variedad de pueblos que podrían haber hecho las mismas labores. Pueblos que no habían sido elegidos por un Dios extranjero ansioso por demostrar su poder.

Cuando Dios convirtió el agua en sangre ya los habría dejado marchar. Les habría solicitado algún gesto, como que Moisés le diera un par de primogénitos o se quedara como su consejero. Algo para no parecer débil y evitar problemas en política interior. Porque siempre había alguien dispuesto a aprovechar cualquier síntoma de debilidad para intentar tomar el poder. Y no era eso lo que el emperador quería. Cuando una facción del ejército se rebelaba siempre se rayaban muchas paredes y rompían infinidad de jarrones.

Sin embargo, Moisés no estaba por la labor de negociar. Sus formas arrogantes, las marcas de autosuficiencia en su rostro, aquella sonrisa confiada cuando hablaba de su Dios. La ropa del Faraón estaba cubierta de oro y la suya de barro y polvo, pero no parecía importarle. Aquellas reuniones consistían en escucharle decir lo mismo todo el rato, que si eran el pueblo elegido, que si tenía que dejarlos marchar sin pedir ninguna contraprestación, que si Dios se iba a enfadar o que a él le importaban un comino los temas de política interna de Egipto.

Si Moisés hubiera mostrado un poco de respeto y hubiera ofrecido algo a cambio, por mínimo que fuera, ninguna de las plagas hubiera sido necesaria. Pero su jefe quería protagonismo, no se podía contener y, un buen día, convirtió el agua en sangre.

Aquello suponía muchos quebraderos de cabeza, las mujeres de los hombres más influyentes hacían cola frente a la residencia del Faraón para quejarse. Decían que los niños hacía días que habían dejado de atender en la escuela, que se pasaban todo el día mirando por la ventana, que habían decidido hacer caso omiso a sus advertencias (quién sabe de quién era aquella sangre y qué enfermedades podría haber en ella) y se tiraban al agua para bañarse. Ponían todo perdido cuando llegaban a casa. Su ropa, el suelo, las paredes y los sarcófagos. Algo a lo que el emperador tenía que quitar hierro en público.

Pero en privado sólo pensar en ello le provocaba ataques de ansiedad. Todos los sirvientes se desvivirían por eliminar toda aquella suciedad, pero él seguiría viéndola siempre. Estaría ahí para recordarle que Yahveh no le consideraba un igual. Una humillación que él no debía soportar.

Y vino la siguiente plaga, y parecía estúpido que los hebreos llenaran todo de ranas para después matarlas a cambio de su libertad, pero así fue. Y el emperador les hubiera dejado irse de buena gana, incluso agradecido, a la mañana siguiente. Si no fuera porque aquella noche recibió una visita, la de Dios vestido de Jesucristo, alguien que ni siquiera había nacido.

No sabía cómo había conseguido entrar ahí pero lo había hecho. En aquella época todavía era rubio y barbilampiño. Se despertó al notar su peso contra sus muslos y lo primero que pudo ver era una expresión diabólica en su cara. Intentó pedir auxilio pero nadie escuchaba. Su mujer, a su lado, dormía ajena a todo lo que estaba pasando y no escuchó el grito ensordecedor de su marido cuando el Mesías le metió la mano en el pecho y cubrió su corazón con resina para endurecerlo.

Así, al día siguiente, el Faraón dijo que había cambiado de opinión y que ya no se iría. Y volvieron las plagas: el polvo se convirtió en piojos, las moscas se comieron todo el chocolate, las bestias enfermaron y también los humanos. Las casas de los curanderos se inundaron de ciudadanos Egipcios aquejados de úlceras sangrantes. Todos menos el emperador.

Corrió el rumor de que todo estaba pactado. Aquella paloma blanca y él habían llegado a un acuerdo: ella les haría sufrir varias plagas para debilitar a sus enemigos, y cuando estos estuvieran lo suficientemente débiles, él dejaría marchar a los hebreos. Se produjeron varias manifestaciones pidiendo la dimisión del faraón y la marcha inmediata de “Dios vuestro Señor” a Israel, hubo ataques a los barrios de los esclavos que se saldaron con varios muertos. Pero Jesucristo también había introducido su resina en las cavidades auditivas del emperador.

Ya no podía ni hablar, ni escuchar, ni llorar. En sus venas ya no había sangre, sólo resina. De buena gana el Faraón hubiera solicitado deshacer todo lo hecho. Les habría dejado irse a todos a cambio de nada. Pero no podía dejar de escuchar la voz de Jesucristo: “Tú no eres mortal, no puedes dejar que nadie te dé órdenes. No les dejes marchar. Ejecuta a varios de ellos, que les sirva como ejemplo”.

Aquella era una voz que el Faraón no podía desobedecer. Mientras su rostro interior permanecía impertérrito, el interior era el espejo del pánico. Tenía que observar a su pueblo condenado por culpa del orgullo que le habían inculcado los dioses. Llegó el hambre y la alegría abandonó a todos sus súbditos. Ya no tenían fuerza ni siquiera para manifestarse, convencidos de que habían nacido para sufrir.

El Faraón vio morir a su hijo primogénito. A todos sus amigos. Cadáveres infantiles apilados adornaban las calles. Le hubiera gustado llorar, no le hubiera importado parecer débil. Que las lágrimas hicieran evaporarse toda aquella resina que había invadido su organismo. Pero no podía.

Y en la última noche, Jesucristo se había sentado sobre él. El pecho del emperador estaba abierto y la mano de cristo sujetaba fuertemente su hígado. El dolor era casi insoportable. “No deberías tolerarlo”, le dijo. Ni esto ni lo que pasará mañana.

“Porque mañana será el día en que los judíos intentarán escaparse. Y tú tendrás dos opciones: perseguirlos o dejarlos marchar”. La expresión diabólica en su rostro se exacerbó para añadir: “No obstante debes saber una cosa: si decides perseguirlos, las aguas caerán sobre ti y morirás”.

El Faraón sonrió por última vez. A primera hora prepararían sus caballos e iniciaría la persecución.

Agradeció un enemigo con la bondad de aquel.

El que había decidido regalarle un final tan deseado.

Alabado sea.

Las diez plagas de Egipto

Carta abierta a Rebeca Linares

1
2018-04-30

La estrella fanática,
carta abierta a Rebeca Linares

Las vidas alternas.
Los años imaginados.
Las personas que nunca llegué a ser.
El mañana cambiaré,
los gestos vacuos,
finales infelices y palabras que ahogan.

Las voces que me rodean,
hágase su voluntad,
coge esa cuchilla:
ya sabes lo que tienes que hacer.

Cicatrices en mis brazos.
Sangre derramada.
Sabor metálico.
Imágenes.
Violencia inventada,
también imaginada y alterna.

La madre muerta,
me canta nanas todas las noches:
“Sal,
cumple tus deseos, hijo mío.
Los dioses crearon el mundo
Y después a ti,
sólo para que lo conquistaras”.

Me pregunto si tu sangre también llora en contacto con la cuchilla,
si de verdad me entiendes o sólo lo dices,
si te caigo bien,
si quieres que forme parte de tu mundo.

Llegará un día en que desaparezca
y querré que tú estés conmigo donde yo no esté.
Ellas dicen que tu amor es sincero.
Te veo de espaldas, salir por la puerta.
Me pregunto si volverás.

Y nuestra relación se convierte en una tortura.
Insatisfecha pasas cada vez más tiempo fuera.
Las voces dicen que no me detenga,
que te haga un abrigo con mi piel para nunca separarnos.

Me pregunto cómo será aquella sensación.
La del sexo que practicáis y disfrutáis.
Mi anodino enemigo.

Y quisiera abrir en canal a la protagonista de una serie juvenil,
esparcir sus órganos en nuestro colchón
y echar el polvo de nuestras vidas.
Entre los sabores metálicos
y el intenso aroma de la juventud.

Las voces y su cháchara.
Los vecinos que me observan a través de las ventanas.
Los cuchillos ordenados,
y me pregunto qué sentiría si me clavaras uno hasta el fondo.
¿Nos sentiríamos más cerca así?
Y, si me ducho después,
¿quedaría como nuevo?

Dime,
quién tengo que ser para que me quieras más.
Te prometo que lo haré,
Que saldré a la calle y la secuestraré.
Clavaré sus piernas al suelo con agujas de coser.
Y le cortaré el cuello.
Te prometo que seré obediente,
no volveré a dejarme llevar,
maldita excitación del momento,
lo haré,
paso por paso,
tal como a ti te gusta.

Rebeca Linares

Comedias de Situación

2018-04-29

Convendrán conmigo en que podríamos situar el acta fundacional de lo que ha venido a denominarse época dorada de la televisión en 1999 con el estreno de Los Soprano. Desde sus títulos de crédito la serie de David Chase consiguió revolucionar el mundo de la televisión, y esa revolución continuaría pocos años después con David Simon y The Wire, la que el mes pasado en la votación de mejores series realizada por los críticos de esta redacción, obtuvo el primer lugar como mejor serie de la historia.

Yo no estoy muy de acuerdo con eso pero, por favor, sigan leyendo.

Se desechó el término de industria del entretenimiento y comenzamos a hablar de productos culturales, de creadores y de fenómenos de culto. La programación comenzó a diversificarse, siguiendo las directrices marcadas por unas estrategias de mercado que acabó por romper en mil pedazos la unidad de las familias entorno a la caja tonta. Aparecieron productos culturales dirigidos a un público concreto, porque no se trataba ya tanto de conseguir grandes datos de audiencia como de captar a espectadores de altos niveles culturales y económicos que no sólo dejaran de despreciar la mayor parte de lo que se emitía en la televisión sino que pudieran permitirse pagar los productos premium de las compañías que podían generar mucho dinero en publicidad.

Hoy en día además, con la gran proliferación de pantallas consecuencia del desarrollo tecnológico se ha hecho posible que en una familia de cinco personas se estén viendo cinco programas diferentes. Se habla de televisión tradicional, de plataformas de contenidos (culturales), incluso podríamos meter en el saco otras como Youtube donde los adolescentes se pueden convertir en estrellas, sin ejecutivos ni asesores. Ahora las cadenas saben si usted es o no su público objetivo y, en muchas ocasiones, saben que ni conecta ni le agradan los contenidos que emiten pero, sinceramente, les da igual: usted no forma parte de su nicho de mercado.

Mejor centrarnos y decir que en el mercado de series actuales proliferan cada vez más la profundidad y el manierismo, los cliffhangers que no necesariamente nos tendrán esperando hasta la semana que viene: como ya no existen los horarios podemos pasarnos las tardes y madrugadas viendo un capítulo tras otro. Y los community managers fomentan el debate en Twitter, que es el lugar donde nace la expectación y se desarrollan las diferentes corrientes de opinión.

Usted y yo rondamos los cuarenta, y pertenecemos a una generación de individuos que en su juventud tenían que recurrir a los libros para definirse como consumidores de productos culturales, que lucharon por promover su individualidad y curiosamente acabaron obsesionados con una cultura uniforme que retorna una y otra vez a la niñez y a la adolescencia.

Dentro de veinte años, para los que ahora tienen veinte, será muy difícil encontrar un referente tan efectivo como El Equipo A o El coche fantástico, porque no hay horarios ni series de referencia, porque si el niño da el coñazo podemos entretenerlo con una tableta o dejarle pasar las fotos que tenemos alojadas en nuestros dispositivos móviles. Seguramente ni nos molestemos en ver con él algún coñazo infantil (a excepción quizá de Bob Esponja).

Los mejores hombres del ejército americano ya no lo dejan para hacerse soldados de fortuna. Sus intenciones no son tan claras como antes, sus caracteres mucho más complejos; esto no es entretenimiento, son cosas que los niños no entienden.

La nostalgia es un arma. No lo digo yo, lo decía Astrud. En los ochenta David Hasselhoff molaba de verdad y todos, en algún momento, nos referíamos a nuestro coche con el nombre de Kit. Se llevan los ochenta, pero no en un sentido estricto, vuelve la historia esta vez como parodia en la mayor parte de ocasiones, pero también en forma de sentido homenaje en películas como Super 8 o series como Stranger Things (1).

Quizá con el paso de los años perdamos en intensidad y ganemos en vergüenza ajena. Yo alucinaba cuando veía a aquellos extraterrestres comiéndose nuestras ratas. Aprendí a desconfiar de la gente del espacio, que casi nunca nos revela sus verdaderas intenciones. Y así aquel que parecía un buenazo, acababa convirtiéndose en Freddy Kruegger, el monstruo que reinaba en nuestras pesadillas.

Nuestras pesadillas. Los sueños compartidos. He podido comprobar que, si hago una encuesta entre personas que me llevan tres o cuatro años, la imagen que normalmente se les venía a la cabeza antes de dormir era la de un vampiro arañando el cristal.

Escogimos caminos diferentes, pero juntos llegamos a los noventa, época en la que todos conocíamos al dedillo los entresijos de la relación de Ross y Rachel. Les vimos declararse y romper mil veces y decidimos que en los noventa las que debían reinar eran las comedias de situación, porque nos emocionábamos con ellos, sobre todo con Chandler y Monica.

No es que no existieran antes ni que no existan después, ahí están Los problemas crecen o Cheers y, treinta años después, The Big Bang Theory o Como conocí a vuestra madre, pero yo recuerdo que me alimentaba de ellas. Daban alguna a todas horas y, aunque de diferente temática, todas acababan siendo similares. Veía Búscate la vida, Padres Forzosos, Cosas de casa, El príncipe de Bel Air, Matrimonio con Hijos, De repente Susan, Roseanne, Frasier, Seinfield, Primos lejanos y otras muchas que no recuerdo ahora.

Sé que usted y yo no éramos de Sensación de Vivir ni de aquella continuación, Melrose Place, cuyo nombre no recuerdo sin esfuerzo. Nos gustaban las comedias de situación, las clásicas, las que reunían una serie de elementos característicos:

Se centraban en las vivencias de un pequeño grupo de personajes cuyo límite era de cinco o seis, ya que no solían durar más de veinte o veinticinco minutos (1).

La trama, a pesar de existir un trasfondo de vivencias acumuladas, empezaba, se desarrollaba y terminaba en un último capítulo y, al final, todo volvía a la normalidad.

Se desarrollan en pocos escenarios: una casa, un bar o una oficina. Y las puertas nunca se cierran.

Cuando se enfrentaban a algún problema o trataban de saber por qué alguno de los otros personajes se comportaban de manera extraña, nuestros protagonistas recurrían siempre a las soluciones y elucubraciones más disparatadas.

¡La mayor parte de los personajes eran básicamente egoístas, al menos en lo que se refiere a la mejor tradición del género (2).

Las comedias de situación no han desaparecido ni desaparecerán, ya que existen pocos géneros que hayan profundizado tanto y con tanto acierto en la naturaleza humana. No obstante, han pasado a un segundo plano. ¿El motivo? Pues creo que se trata de que, como usted y yo sabemos querido lector, al referirme a la naturaleza humana me refiero a la de los demás, a aquellas personas que no pueden evitar tropezarse varias veces con la misma piedra, entregarse al amor aunque éste le haga sumergirse una y otra vez en las situaciones más humillantes que pueda imaginar o engañar a sus amigos haciéndoles creer que nuestros actos buscan su beneficio y no el propio.

Nosotros no somos como ellos. No nos dejamos engañar, seríamos incapaces de perdonar a ese amigo una y mil veces, aunque de algún modo nos satisfaga esa concepción inmanente de la amistad y del amor. Aunque nos derritamos cuando ellos se besan por fin, después de darle varias vueltas durante varios capítulos. Porque no creemos que exista nuestra media naranja, pero en la ficción dos personas sí que pueden estar predeterminadas, y perdonarse todo, desde una infidelidad hasta que sus celos provoquen que te echen del trabajo o algo peor.

Porque la redención no existe. El desarrollo de los personajes, tan necesario en nuestros productos culturales, tampoco. La gracia está en que nada cambie, o en que todo lo cambie para que nada lo haga. En saber que el protagonista, lo quiera o no, es un desastre y cuando vuelva a encontrarse en la misma situación, volverá a hacer lo mismo, volverán a perdonarle y volverá a divertirnos.

Que al final todos acabaremos juntos porque seguimos siendo una familia, y en una familia todo se perdona.

(1) La segunda temporada es un coñazo, no la vean.

(2) En este caso hay que señalar que las series españolas son la excepción, ya que en el caso de las más exitosas como Siete Vidas o Aquí no hay quien viva la duración llegaba a ser casi de hora y media, y los nombres en el reparto casi ilimitados. Supongo que esto se debe fundamentalmente a dos factores: la necesidad de entregar al espectador un producto que le tuviera entretenido hasta la media noche y la tradición española de las comedias corales en el cine.

(3) Lo que no quita que, en algunos casos, se utilizara el contrapunto. Por ejemplo, en Primos lejanos, donde el primo Larry era el urbanita contaminado por la cultura occidental y Balki Barkotomous el ingenuo inmigrante que siempre acababa dándole lecciones con su generosidad y ausencia de intenciones ocultas en todo lo que hacía.

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