Las promesas inexcusables

2018-10-15

Las promesas inexcusables

Puedo contarte un cuento,
uno con final feliz.
Puedo contarte miles,
uno cada noche,
hasta que te quedes dormida
y sueñes con lo que sea que sueñan las niñas.

Puedo quedarme despierto,
cada noche para vigilar tus sueños.
Permanecer en guardia
y despertarte si te visita alguna pesadilla.
Abrazarme a ti
y prometerte que todo pasará.

Puedo estar ahí,
cada vez que te equivoques,
siempre que te hagan daño
cuando no te sientas capaz
y creas que nada tiene sentido.

Tendrás que perdonarme,
cada vez que me equivoque.
Saber que yo también siento el miedo.
Y que, a veces, hago tonterías
sólo para poder escapar.

Me gustaría prometerte tantas cosas.
Lo primero que nunca te fallaré a propósito.
Y que, aunque tú lo hagas,
yo nunca te abandonaré.

promesas inexcusables

Un tesoro en tierra firme

2018-10-13

Un tesoro en tierra firme

Todavía no te conocemos
pero ya llevamos días pensando sólo en ti.
Estás lejos
pero te sentimos cerca.
Nos pasamos el día hablando de ti,
tanto que casi podemos
tocarte con la punta de los dedos.

Y, desde ya, te queremos.
No puedes imaginar cuánto.
Quizá ni siquiera lo esperas.

Nos sonríes desde una foto
y, nosotros, asustados,
no podemos hacer otra cosa
que devolverte la sonrisa.

Pulsaríamos ese botón,
el que hace que las los minutos,
las horas, los días,
pasen en un instante.

Necesitamos que nos cambies la vida,
tanto como respirar.
Pasar de dos a tres en un instante,
que todo ruido de fondo
sea oírte correr, gritar y cantar.

Y ahora estamos en una aventura,
buscando esas palabras inmensas, infinitas,
que expresen todo lo que te queremos decir,
aquellas que están guardadas en un cofre
en el fondo del Estrecho.

Porque hemos pensado en nuestro primer encuentro.
Juramos que te hemos visto reír.
Juramos que te hemos visto llorar.
Sabemos cuánto echarás de menos la vida que tienes ahora.
Y nos aplasta la responsabilidad de hacerte feliz,
De cuidarte, escucharte, alimentarte, hablarte, amarte
y decirte que puedes estar tranquila,
que ya eres parte de nosotros
y nos resultaría imposible
abandonarte, dejarte o ignorarte.

No eres nuestro sueño,
un sueño nunca fue tan hermoso.
Somos una familia, ya,
aún no lo sabes pero lo comprenderás.
Y viviremos aventuras,
viajaremos millones de veces al fondo del mar,
descubriremos todos los tesoros escondidos.
A veces nadaremos también entre tiburones,
pero no conseguirán hacernos retroceder
ni un milímetro.

Y, en una nueva foto,
con el mar de fondo,
nuestras miradas dibujarán el vínculo
que será el resumen perfecto
de nuestra existencia.

tesoro

Batallas interestelares

2018-10-09

Batallas interestelares

Puede
que quede algún lugar
en esta ciudad
en donde todavía
no esté lloviendo.

Y allí dos niños,
tumbados en un tejado,
donde nosotros sólo vemos nubes,
disfrutan del mayor de los espectáculos:
Un viaje a través de la galaxia
donde se encuentran con toda clase de criaturas imposibles.

En el universo siempre hay luces de colores,
como las de los rayos que disparan las naves interestelares,
en batallas donde sólo mueren monstruos y depredadores.
Y, próxima a las estrellas,
en el interior de un agujero negro,
habita la noche eterna.

Juntos, siempre juntos,
visitando todos aquellos lugares
donde nadie les juzga
porque sus habitantes saben que la vida
no se compone de dolor y reproches.
Recordando que la felicidad consiste
en unos pantalones rotos,
botas de plástico
para poder pisar todos los charcos,
inconscientes del peligro,
descubriendo las alturas.

Y, en el fondo de un agujero negro,
habita el terror de los adultos
ojalá nunca pudiera tocarles.

batallas interestelares

Animal de compañía

2018-10-09

Animal de compañía

Me dijiste un día
que existe un lugar
donde nunca llueve.

Es una burbuja,
en el fondo del mar,
donde los niños juegan
sin el temor de los adultos.

Yo te dije que te llevaría.
“No digas bobadas”, contestaste,
“todavía espero algo mejor”.

Y entonces yo busqué
un lugar en las alturas.
Para tumbarme
y saborear las gotas de lluvia.

Y cuando bajé
me reñiste porque estaba empapado
Me secaste el pelo con una toalla,
me quitaste la ropa,
me acercaste a la chimenea
e hicimos el amor.

Hicimos el amor,
de todas las maneras posibles excepto la correcta.
Acabamos agotados e insatisfechos.
Y te abrazaste a mí,
durante cinco minutos.
“Tu ropa ya está seca,
puedes irte
y no tengas prisa en volver”.

Yo salí a la calle
sin saber qué hacer.
Y, como un perro,
me acosté delante de tu puerta.
Sólo esperaba que salieras
y volvieras a darme de comer.

animal de compañía

La utopía destructiva

2018-10-05

Utopía: La humanidad que merece su destrucción

Siempre fui más de la opinión de D.H. Lawrence. Debemos continuar, por muchos cielos que se hayan derrumbado. Es el único sentido que le encuentro a la existencia. La supervivencia sobreponiéndose a una miriada de catástrofes cotidianas, de precisos momentos en los que todo cambió.

Y, sin embargo, a pesar de mi convencimiento, no puedo evitar, a veces, sentirme contagiado del virus posiblemente más dañino de la existencia humana. Me posee, me provoca grandes fiebres, mañanas de mantas y noches de euforia. Estimula mi inspiración y, como una musa maligna, escribe por mí esos textos que suenan tan bien. Aquellos de los que, en el fondo, no estoy especialmente orgulloso. Porque confunden realidad e imaginación.

La utopía. Corre por mis venas como las corrientes sucias y pestilentes que arrasan las calles en una inundación. Me convence de que puedo articular un discurso claro, razonable y consecuente. El discurso que cambiará tu manera de pensar. Que se propagará por la red, será traducido a todos los idiomas que existen y nos hará a todos un poco más felices.

Conseguiré crear una nueva existencia en la que ya nadie sentirá la necesidad de sufrir.

 

La utopía

 

El término fue acuñado por Tomás Moro. En su libro se refería a una isla creada por el rey Utopo, cuya organización se caracterizaba por tres principios fundamentales: la racionalidad, la uniformidad y un sistema de gobierno basado en la gerontocracia y el patriarcado.

Como se suele decir, Tomás Moro fue un producto de su época y los detalles con los que describió esta isla no son otra cosa que un reflejo de su visión de los problemas de la sociedad. Pero a mí lo que más me llama la atención es la uniformidad: todas las ciudades tenían prácticamente la misma extensión, todas las casas eran iguales, así como el perfil de los líderes: hombres de una cierta edad.

Esta uniformidad era la base de todo. Por mucho que existieran esquemas políticos que evitaran la tiranía y el gobierno estimulase la libertad de culto y el respeto a las diferentes corrientes de pensamiento e incentivase la sensibilidad artística entre sus ciudadanos, la uniformidad es el dogma. Unas mismas condiciones para todos los ciudadanos (excepto para las mujeres, claro está) constituirían el ingrediente principal de la fórmula de la felicidad.

Más allá de la visión de Tomás Moro, el concepto de la utopía ha ido evolucionando y alimentando los grandes movimientos por la liberación humana, como pueden ser el comunismo, el anarquismo, los nacionalismos o el feminismo. La mayoría de estos movimientos a pesar de sus posibles sinergias o convergencias han establecido un marco único en el que se daría dicha liberación. En el comunismo se trataba de la dictadura del proletariado, en el anarquismo de la abolición del estado, las leyes y la propiedad, en el caso del nacionalismo la aplicación sin límites del derecho de autodeterminación y, en el del feminismo, la consecución de una igualdad real entre hombres y mujeres que superase las diferencias de género.

Dejando de un lado el feminismo, provisto de tantas corrientes que hacen que resulte muy difícil establecer un único escenario final. El resto de movimientos propugnan siempre una necesidad, lo que Bakunin llamó en su momento la “educación de las clases populares”. Los nacionalistas en su caso hablarán de la “construcción nacional”. En definitiva se refieren no a otra cosa que la necesidad de una élite que muestre el camino al pueblo.

Y los elementos del mismo que expongan opiniones diferentes estarán alienados o serán llamados traidores, o simplemente, como sucede en muchos nacionalismos, radicales o moderados, se les negará su condición de pertenencia a la comunidad.

Algún cínico podría decir que el odio es el precio que tenemos que pagar por la consecución de la felicidad.

 

La utopía neoliberal y el fin de la historia

 

El caso es que todos estos movimientos propugnan esquemas en principio cerrados en los que tendrá lugar dicha liberación. Porque incluso el neoliberalismo fue definido por Pierre Bourdieu como una utopía en vías de realización, señalando que dicho sistema, abrazado como un dogma por organizaciones como el FMI, el Banco Mundial o la OMC no es otra cosa que “una pura ficción matemática fundada, desde su origen, sobre una formidable abstracción, que, en nombre de una concepción tan estrecha como estricta de la racionalidad, identificada con la racionalidad individual, consiste en poner entre paréntesis las condiciones económicas y sociales respecto a las normas racionales y de las estructuras económicas y sociales, que son la condición de su ejercicio”. Más allá del engaño intencionado que esconde este dogma, en él se representa de nuevo la idea utópica de que una organización basada en normas racionales podría ser aplicable a cualquier contexto o lugar.

El triunfo de esta visión del mundo viene garantizado por contar entre sus fieles seguidores con los poseedores de “todas las fuerzas de un mundo de relaciones de fuerza” y sicarios en las instituciones políticas dedicados solamente a crear las condiciones necesarias para que este sistema sea posible. Y, es por eso, que en el contexto de la caída del Muro de Berlín y del fin de la utopía soviética, surge un ensayo como “El fin de la historia” de Francis Fukuyama que, a pesar su evidente etnocentrismo y falta de rigor consigue una publicidad inaudita sólo por afirmar que la útopía ya se ha cumplido, porque el sistema capitalista ha vencido al no quedar ya sobre el tablero ningún competidor que pueda hacerle sombra. Con lo que concluye que la historia ha terminado.

Pero el neoliberalismo sigue aludiendo a un futuro en que, gracias al libre comercio, conseguiremos un crecimiento sin fin, ignorando las contradicciones que se producen en su interior y la violencia inherente al propio sistema, ejercida constantemente contra las clases populares más desfavorecidas que son las principales perjudicadas cuando se produce algún desajuste en un sistema ya de por sí basado en la desigualdad.

 

El carácter destructivo

 

Pero si definimos la historia como la consecución de la utopía me temo que ésta nunca llegaría a su fin. El Ángel de la historia, como lo definía Walter Benjamin era sólo el testigo paralizado de una serie de catástrofes que se sucedían una tras otra. Incapaz de deshacer lo hecho, de detener las injusticias o de dar la voz a los más desfavorecidos.

También es interesante la redefinición que hizo el autor del concepto de utopía o, más concretamente, interpreto yo la reflexión acerca de su inutilidad. No se trata de crear una sociedad perfecta, sino de la destrucción de todo aquello que provoca las injusticias o la insatisfacción entre las clases más oprimidas. En palabras del propio autor: “Al carácter destructivo no le ronda ninguna imagen”. Porque no importa tanto lo que venga después como la destrucción en sí, porque: “destruir rejuvenece, ya que aparta del camino las huellas de nuestra edad; y alegra, puesto que para el que destruye dar de lado significa una reducción perfecta, una erradicación incluso de la situación en que se encuentra. A esta imagen apolínea del destructivo nos lleva por de pronto el atisbo de lo muchísimo que se simplifica el mundo si se comprueba hasta qué punto merece la pena su destrucción”. El autor coloca la destrucción en el núcleo central de su discurso. Nuestra necesidad de destruir aquellas estructuras que nos oprimen y no nos dejan respirar. La necesidad de combatir y erradicar las injusticias. Sin otro propósito concreto más allá de darnos la oportunidad de poder caminar entre las ruinas de lo existente, entre las que será posible hallar caminos por todas partes.

 

La confusión siniestra

 

Fukuyama tenía razón en una cosa: hoy en día no existe ningún sistema o ideología que aglutine por sí solo la fuerza suficiente como para hacer sombra al capitalismo. La izquierda se ha dividido en infinidad de movimientos a veces incompatibles entre sí. Por ejemplo, los movimientos ecologistas o antibelicistas pueden chocar con grandes partidos de izquierda preocupados de mantener los puestos de trabajo en ciertos sectores. Un ejemplo claro de ello es Cádiz, donde la producción de armamento militar para países con regímenes crueles y totalitarios se ha convertido en el principal medio de subsistencia de gran parte de la población.

La izquierda se enfrenta cada vez más a decisiones fatales en las que ha de escoger entre abandonar a su base social y traicionar sus ideales. Por otro lado, se le han ido pegando vicios de la derecha basados en la negación de la realidad, donde no se mira la realidad tal cual sino tal cual querríamos que fuera, negándose a legislar en temas como la prostitución que sigue siendo objeto de debate, incluso dentro del feminismo.

Mientras la derecha se dedica a buscar enemigos o promocionar teorías más o menos estrafalarias como las de Pinker o puramente reaccionarias como las de Sartori, recientemente fallecido, la izquierda se pierde en los detalles incapaz como es de ofrecer una alternativa o un nuevo modelo de sociedad.

Quizá sea mejor. Que el debate se centre en las decisiones concretas. En los problemas que afectan a la población. Porque lo cierto, es que en una sociedad de clases endeudadas pero aun así razonablemente acomodadas, resulta imposible plantear una ruptura con el régimen actual.

 

El fin de la historia

 

El debate se ha vuelto confuso. Los movimientos son cada vez más, sustituidos por una marea de opiniones. Las redes sociales han cobrado vida propia y empieza a ganar importancia no la realidad en sí, sino los sentimientos, nuestra idea de cómo debería ser. Y por eso sólo consumimos las opiniones que apuntalan nuestra manera de pensar, independientemente de su veracidad. Porque la realidad, el verdadero sufrimiento han dejado de importar. Ahora sólo importa justificar a los nuestros.

La utopía sigue existiendo. A ratos. Guardando las formas. Hoy ningún líder político saldrá a decirnos que otro mundo es posible. Por lo menos no nos lo dirá en serio. Las nuevas repúblicas son sólo duran segundos. Las personas están cada vez más polarizadas, pero también aisladas. Los problemas se resolverán en un futuro.

Pero el problema sigue ahí. El odio. Al traidor. Al diferente. No nos importa cómo se sienta la persona que hay delante. Ni sus motivos. Ese rencor crece y crece. Se busca un enemigo y uno de los bandos debe ganar. Se cebará sobre su oponente. Vendrán catástrofes futuras.

Y el ángel de la historia sigue observando, impertérrito, como los imperios se levantan y después caen, como la guerra lo convierte todo en ruinas.

Y a la humanidad sólo le queda la opción de seguir adelante, por muchos cielos que se hayan derrumbado.

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