De mi sangre a tus cuchillas

2019-11-03

De mi sangre a tus cuchillas


En las guerras que libramos con nuestros fantasmas siempre ganan ellos. Así habría quedado mejor. La literatura te da segundas oportunidades pero la vida no. Una vez dichas las palabras ahí quedan. Son pequeños errores. La diferencia entre lo que quisiste decir y lo que dijiste, cómo lo dijiste y si realmente era aquél el momento adecuado. Y no sería un problema si no tuvieran vida propia, si no alimentaran las ilusiones y los miedos de los demás. Sobre todo los de la gente que más te importa.

Nunca sabemos cómo va a acabar una historia. Quiero creer que si tú lo hubieras sabido no me hubieras dicho tantas veces que me querías. Recuerdo tus palabras. La modulación exacta de tu voz. Las historias que me contabas significaban para mí el descubrimiento de un nuevo mundo. Por qué me diste tanto. Por qué te entregué todo mi ser. Son preguntas que se llevará el viento y se esconderán ante el hecho de que todo era más alegre cuando pululabas alrededor de mi universo.

Y ahora, ahora nada. Sólo intento dejar de sentir. Pero, a veces, me asusto de lo poco que queda de mí mismo. Son esas ocasiones en las que vengo a ver a Evelynn quien, en realidad, se llama Linet. Es sólo una mentira más. Una mentira absurda si tenemos en cuenta la cantidad de información que puedes obtener de una persona con un número de teléfono y una dirección de correo electrónico.

Sólo puedo hablar con ella. Creo que es porque existe en un mundo paralelo. Parece imposible que nuestros universos lleguen a chocar alguna vez. Supongo que eso es lo que buscamos en las prostitutas además de lo que buscan otros, lo obvio. Ellas viven en locales o en pisos. Permanecen ocultas a la vista de todos. Cuando pasamos por aquella puerta sabemos que no veremos a nadie más y, al entrar en sus cuartos, nuestros mundos se quedan reducidos a esas cuatro paredes.

Confiamos en que no compartimos ningún conocido, que no vamos a encontrarnos en los mismos bares. No nos van a llamar ni a pedir explicaciones si un día decidimos desaparecer.

Y por eso les confiamos nuestras más profundas perversiones y deseos más íntimos. En mi caso la tristeza y la necesidad de demostrarme que existo. Caer hacia arriba en esta espiral provocada por mi mente subconsciente. “Y es que estoy convencido de que este sueño tiene un sentido. Creo que Nina está en peligro. Que, de alguna manera, ha contactado conmigo para que vaya a buscarla, esté donde esté. Que la salve de un final horrible. Creo que la puerta todavía no se ha abierto. Y la cuestión es quién será el primero que entre por ella”.

“Ernesto, espero que no te sientas ofendido por lo que te voy a decir. Pero lo que me estás diciendo ahora no tiene ningún sentido”. Sí que me sentí ofendido, pero ella tenía algo de razón. Me hacía falta volver a la realidad. Entonces recordé el motivo que me trajo a esa habitación: sentir. En una vida marcada por la imaginación, los pensamientos recurrentes y las compulsiones adictivas, se vuelve necesario. Volver un momento a la realidad para después poder volver a flotar dando vueltas alrededor de ella.



“¿Lo tienes todo?”.


“Sabes que siempre estoy preparada cuando vienes”. Dio la vuelta a su puño cerrado y me abrió la mano. Ahí estaba, perfectamente envuelta. A pesar de todos mis miedos, a los microorganismos y las enfermedades de contacto, confiaba en ella. Sabía que aquella cuchilla no la había usado nadie más. Pensándolo bien, no creo que sean muchos los que vengan a visitar a Linet para lo que yo vengo. Cogí la cuchilla entre mis dedos y, antes de empezar con el ritual, ella continuó hablando: “¿Sabes? Creo que las mujeres maduramos. Llega una edad en la que crecemos y dejamos de ser niñas. Pero los hombres no. Crecéis pero no os hacéis mayores. Tú sigues siendo el niño que, sin ningún motivo, se sienta en una esquina y se pone a llorar. No es que se sienta triste, sólo quiere atención. Con todo tu discurso sobre lo poco que te importa la opinión de los demás. Detrás de esa aparente frialdad y de tu estudiado desdén hacia todo lo que te rodea, lo único que te importa es que la gente piense que eres tan especial como te crees”.


Mantengo la mirada fija en ella hasta que finalmente decido ignorar su discurso. Me quito la camiseta. Mi cuerpo vuelve a temblar. Me pierdo en la atracción mórbida, atrapado entre la imagen de la sangre que corre por mi brazo y el miedo a lo que voy a hacer. Si cortas en un lugar no adecuado puedes acabar muy mal.

¡Dios!

¡Joder!

La electricidad.

Imagino el mar. Las olas. Una marea de electricidad que recorre mi cuerpo, que tiembla ahora en una mezcolanza de placer y dolor.

Me tumbo sobre la cama. Da igual que todo se llene de sangre. Estoy a años luz de la mirada de Linet o Evelynn o como ella prefiera que le llamen. Me toco la herida y me llevo los dedos a la boca saboreando cada partícula metálica del plasma que brota de mi piel.

Pero la sensación desaparece pronto y vuelvo a sentirme vacío.

“Otra vez, sólo una más, por favor”.



Para mí, ha sido mejor que un orgasmo. Omne animal triste post coitum. Yo no estoy triste. Estoy vacío en el buen sentido. Sólo tengo ganas de llegar a casa y descansar. Linet me cura las heridas con dulzura. Primero me pasa una gasa cubierta en alcohol, que escuece y alarga mi sensación de paz. Coge otra gasa y la coloca encima de la herida. Después esparadrapo.
Se me queda mirando. Se acerca, se acerca demasiado. Y me besa dulcemente, sin lengua, Pequeños besos que recorren mis labios. Yo respondo. Ahora todo está a flor de piel. Por primera vez en meses no siento la cercanía como una invasión. Ella me muerde el labio inferior y se detiene.

 

“Eres el peor cliente que tengo. Nunca intentas propasarte. No tengo que tocar tu asquerosa polla. Y me consientes. Me pagas más de lo necesario y me compras toda clase de caprichos. Pero… Tener que ver esto cada vez y al mismo tiempo no poder abandonarte… Te quiero, Ernesto, de verdad que sí. Pero ahora mismo también te odio, con todas mis fuerzas”.


De mi sangre a tus cuchillas. De mi sangre a tus cuchillas.

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El columpio asesino


Picnic

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2019-11-02

Picnic


Evelynn llevaba un camisón rosa, corto y sexy. Lencería barata para los perturbados que solían visitarla. El camisón era barato, pero ella no lo era: una hora de su tiempo valía doscientos euros. Sólo por un masaje con final feliz. Todo por unas gotas de esperma. A ese pequeño líquido viscoso se reducía el deseo que tantas veces llevaba a los hombres a perder el control.

Pero Ernesto era diferente. Él no quería que le tocara. Había puesto aquella regla la primera vez que se vieron y, aunque a ella no le hubiera importado hacerlo, es una regla que él nunca rompía. No podían tocarse. Él llevaba la comida y quizá algún regalo. Ella le decía que le encantaba que le consintieran. Y comían juntos, sobre el colchón que era el centro de aquella diminuta habitación naranja en la que solamente había espacio para un pequeño armario abarrotado. Había una televisión clavada a la pared. Servía para entretenerse entre llamada y llamada. Uno podía pensar cualquier cosa sobre la vida de una masajista erótica, desde que era un trabajo asqueroso hasta considerar que debía ser apasionante analizar a toda aquella fauna que pasaba por sus manos a lo largo del día. Ella, simplemente, lo consideraba curioso, recordando siempre que no era más que un recurso para obtener otros fines.

Al principio le temblaban las manos cuando algún putero le confirmaba una cita. Desde pequeña su madre le había enseñado a desconfiar en los hombres, bestias que sólo se regían por la necesidad de satisfacer sus deseos ocultos. ¿Cuál era el deseo de Ernesto? Ella lo tenía bien claro: a él le encantaba destruirse a sí mismo, y le gustaba todavía más cuando había testigos.

Ella comía una ensalada de quinoa, aguacate y salmón. En su trabajo, obviamente, era importante cuidar la línea. Algunas se olvidaban de hacerlo. Era una mierda vivir con putas. La mayoría de ellas eran drogadictas o alcohólicas. Una siempre tenía que tener cuidado de que nadie entrara en su habitación. El dinero solía desaparecer con facilidad. Le hubiera gustado no tener que compartir su lugar de trabajo pero, de momento, con los pagos de la universidad y la escuela de idiomas, no tenía otro remedio.

Ernesto miraba como ella comía, sin apenas tocar su ensalada. Siempre comía lo mismo que ella. Evelynn no alcanzaba a entender la razón. Suponía que se trataba de que a él no le interesaba demasiado la comida. Era de esas personas que saben que alimentarse es necesario para seguir vivos pero no encontraban placer en la gastronomía.

Lo cierto es que Ernesto, a pesar de llevar en el cuerpo benzodiacepinas suficientes para tumbar a un elefante, seguía con el estómago lleno de ansiedad. Pensar en comer sólo le provocaba nauseas. A ello se añadía el hecho de que, entre sus muchas manías, se encontraba la de no soportar que nadie le viera comiendo. Para él significaba una violación de su intimidad. Incluso con ella estando en frente de él, por mucho conociera alguno de sus secretos más terribles.

Se sentía cómodo con su ritual. Ella le había la puerta. Se saludaban sin demasiado entusiasmo. Los dos besos de cortesía habían salido hace mucho tiempo de la ecuación. Le hacía una señal de que le siguiera y caminaban por un pasillo oscuro iluminado sólo con algunas velas que olía a incienso. Todas las ventanas estaban cerradas. Avanzaban hasta llegar a la habitación naranja. Allí ella preparaba la comida. Es un decir. La sacaba de los envases que había traído el repartidor y la ponía en platos. La sábana era su mantel.

Se sentaban uno enfrente del otro, en posición de loto. Ella le miraba fijamente y él desviaba la mirada. No podía entretenerse mucho, puesto que en aquella habitación apenas había cosas que contar. Sólo unas cuantas velas encima de la cómoda. Sumaban diecisiete. Dos encendidas. Había gastado cinco desde la semana anterior. Ella seguía mirándole, le apremiaba a empezar el ritual. Si tenía apetito antes de entrar, ahora sabía que no podría probar bocado.

Sus miradas se cruzaron. Cuando él no apartaba los ojos, ella sabía que había llegado el momento de empezar.

Pareces enojado.

No, para nada. Más bien me encuentro hastiado. Es lo de siempre, bueno, el trabajo… Esta mañana he tenido tres reuniones. Es increíble la cantidad de tiempo que perdemos con eso. La mayoría de las cosas útiles de las que se habla podrían resolverse enviando un correo electrónico. Y el resto… El resto no es más que escuchar estupideces, ¿sabes? Es como si los jefes o los clientes convocaran aquellas reuniones sólo para justificar su existencia. Ellos no programan, no producen nada. Se supone que están ahí sólo para tener grandes ideas. Lo que les obliga a demostrarlo constantemente. Y da igual que lo que digan esta semana contradiga lo que dijeron la semana pasada. Hay que cambiarlo todo y ya está. Lo que añade a la pérdida de tiempo que es la reunión en sí otra provocada por los cambios de código o de diseño para adaptar la aplicación a sus nuevos deseos. En fin.
Si no te sientes motivado en ese trabajo, ¿por qué no lo dejas?
Cobro bastante dinero. Y se me da bien lo que hago. Cuando las cosas salen bien, ¿sabes? Es una inyección de adrenalina. Como si el mundo volviera a ponerse en orden. Por un instante las cosas vuelven a tener sentido…

Pero esa sensación acaba pronto.

Sí, así es.

¿Y por qué has venido hoy aquí?

He tenido una pesadilla horrorosa. Cuando me desperté tuve un ataque. Bastante fuerte, ¿sabes? Y eso que recordaba lo que había soñado… Pero, en el transcurso del día, he ido recordándolo, y ahora no pienso en otra cosa. Estaba completamente ido en las reuniones. Mezclé diazepam con clonazepam. Es una sensación maravillosa. Como si anduviera bajo el agua… Si pudiera flotar sin ahogarme y sentir que no estoy en ninguna parte.

Pero empezaste a ahogarte, ¿no?

Sí, empecé a ver imágenes, a recordar. De repente, aquellas imágenes lo eran todo. Suerte que con el tiempo he ido acumulando recursos. Modos de hacer pensar a los que me rodean que sigo estando ahí aunque no lo esté. Simplemente asiento cuando siento que alguien ha terminado de hablar, aunque a veces no debería hacerlo porque es un desastre. Cuando me doy cuenta he aceptado alguna de esas ideas de mierda que me llevarán semanas de trabajo… Pero las imágenes son tan vívidas… Ella estaba tirada en el suelo de una habitación de color naranja, como ésta. La diferencia es que en aquella habitación había rodapiés blancos de madera, con decoración. Es una casa vieja. Hay una ventana de la que sale un montón de luz. Creo que había nieve fuera. No lo recuerdo muy bien.

¿Por qué estaba tirada en el suelo?

Bueno, en realidad estaba atada. Con cinta aislante. Las piernas en posición fetal y las manos detrás de la espalda. También tenía cinta en la boca. No hacía ningún esfuerzo por soltarse, no luchaba, ni siquiera lloraba, como si hubiera aceptado su destino…

¿Era Nina?

Sí, era ella.

¿Sigues echándola de menos?

Todo el tiempo. A veces le escribo cartas. No es que tenga nada importante que decirle. A veces se trata sólo de reprocharle que se haya ido, que me sienta tan solo. Como si en realidad fuera de ella y no una decisión que, consciente o inconscientemente, he tomado ya hace tiempo. La decisión de no sentir. De tomarme todo aquello que me desconecta de los demás… En fin. El caso es que le escribo contándole lo que me pasa. Después lo meto en un sobre, pero no tengo donde enviarlas así que cojo el metro y viajo hacia ningún lugar, hasta la última estación, luego vuelvo, o hago algún trasbordo. Depende del día. Me pongo a leer algún libro. Me confundo con la gente, soy uno más que viaja a algún sitio. Y, cuando termino el capítulo, simplemente me levanto, dejo la carta metida en un sobre en el que escribo su nombre sobre el asiento con la esperanza de que le llegue, de algún modo. Sé que es una tontería…

No, no lo es. Es muy romántico. Pero volviendo al sueño, ¿tú dónde estabas?

No estaba ahí. Era como si estuviese sentado delante de una pantalla, viéndolo todo y sin ninguna posibilidad de hacer nada para rescatarla. Alguien la dejó ahí tirada y colocó una cámara, que se quedó grabándola, intentando captar todo su sufrimiento. Pero ella es demasiado orgullosa, así que simplemente se quedó ahí tumbada, quieta, muy quieta. Antes dije que estaba aceptando su destino, pero creo que no es así. Hay algo en lo que ella se parece mucho a mí: siempre deja que sus demonios la devoren en silencio.

Pero alguien entró en la habitación. Y empiezan a sonar las sirenas. Ya sabes, el fin del mundo, un ataque nuclear. Escucho como una puerta se cierra de un portazo, escucho unos pasos acercarse decididamente y el objetivo de la cámara acercándose a ella cada vez más. Diría que vi una lágrima cayendo por su rostro. La cámara le estaba chupando la sangre, como en Arrebato.

En nuestras guerras contra nuestros fantasmas siempre ganan ellos.


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Arrebato


Retazos del forraje de carpetas adolescentes y conversaciones frente a la barra del bar.

1
2019-11-01

Retazos del forraje de carpetas adolescentes y conversaciones frente a la barra del bar.


Si lloras por no ver el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas. Se puede hablar de todo siempre dentro de la legalidad. Mario Casas sube una foto sin camiseta a Instagram y las redes enloquecen. Dentro de poco, en España, será mayor el número de escritores que el de lectores. La crisis del sector editorial. Yo tengo muchos amigos gays. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. El porno fomenta la cultura de la violación entre los adolescentes. La gente que verdaderamente ama la música sólo la escucha en vinilo. De mayor quiero ser como Belén Esteban que es una chica de barrio que dice lo que piensa. Hay que trabajar más y cobrar menos, estamos muy malacostumbrados. La diferencia entre la izquierda y la derecha, a mi juicio, es que la derecha os va a dejar decidir qué queréis ser; la izquierda va a querer decidir por vosotros. Internet y las redes sociales están acabando con las relaciones humanas. Lo jóvenes de ahora no se movilizan. Los jóvenes de ahora son incapaces de concentrarse en un texto de más de dos líneas. El suicidio es la mayor causa de muerte en España. Los adolescentes se pasan el día enganchados al móvil. La izquierda sólo vale para gobernar en momentos de bonanza económica. Ni machismo ni feminismo: igualdad. Sé que a la mayoría de vosotros tampoco os ha gustado esta película, le ponéis puntuaciones tan altas sólo por parecer más inteligentes. Si lees La Razón comprenderás que España nunca ha dejado de ser una dictadura. La cuestión de la sangre con el RH negativo confirma sólo que este pueblo antiguo tiene raíces propias, identificables desde la prehistoria, como sostienen investigaciones de célebres genetistas. Los CDR son grupos terroristas. Yo no me someto a la dictadura de lo políticamente correcto. Fotos en Mediterráneo Digital muestran un grupo de MENAS sentados en un banco de un parque con machetes en la mano. España se rompe. La mayor parte de las ayudas estatales va a parar a los inmigrantes ilegales. Gran Hermano revolucionó la historia de la televisión en España. Hablar catalán es fácil, sólo tienes que quitarle el final a las palabras. Fueron grupos de policías secretos los que se infiltraron entre los manifestantes para provocar los altercados. El Estado tiene el monopolio de la violencia. Cataluña será la Dinamarca de Europa. Las regiones ricas están cansadas de pagar los subsidios de desempleo de las más pobres y menos emprendedoras. El ser humano es el único animal que toma leche a lo largo de toda su vida. Has de seguir una dieta rica en proteínas y baja en carbohidratos. La movida no existió, sólo fue una operación propagandística del PSOE. Los andaluces son muy divertidos. Dudo que escuchar música indie-hipster mejore tu altura cultural. Soy muy fan de Camela. Me pasé gran parte de mi carrera como crítico musical escribiendo críticas hagiográficas de Los Planetas, cuando en realidad ni siquiera me gustaban. Todas las películas españolas, o son comedias tontas o tratan sobre la guerra civil. En España todo es un desastre. Tenemos que esforzarnos más para llegar a ser Europeos. En Mallorca se puede ir a la playa cualquier día del año. Ingleses borrachos haciendo balconing. El paro descendió ocho puntos el mes pasado y se ha producido un repunte del 0,3% de los contratos indefinidos. El contrato único mejoraría la calidad del trabajo. Hoy analizaremos todos los errores que comete Blanca Suárez al hablar de feminismo. Blanca, calladita estás más guapa. El modelo que lució Blanca Suárez en la gala de los Goya de este año dejó a todos boquiabiertos. Diez cosas que haces y te convierten en un machista aunque no lo sepas. El sudor de los negros huele más fuerte. Me han cambiado la vida, esa gente no tiene nada y son mucho más felices que nosotros. No soy machista, yo ayudo a mi mujer en las tareas del hogar. El streetlighting, la nueva manera de acabar con el terrorismo islámico que está triunfando en Europa: colgar a todos esos hijos de puta de las farolas. La transición española fue modélica. El lobby farmaceútico se gasta millones cada año en desacreditar a la homeopatía. Beatriz Talegón defiende la homeopatía. Beatriz Talegón defiende la tauromaquia. Beatriz Talegón a favor del independentismo en Cataluña. Beatriz Talegón no ha publicado nada hoy en Twitter, ojalá esté enferma. Se que lo que voy a decir no es políticamente correcto, pero hay estudios que demuestran que los blancos son más inteligentes que los negros. La gente es muy fácil. Mi mayor error fue confiar en personas que no eran yo misma. La Solución Mineral Milagrosa cura el 90% de las enfermedades. Preparándonos para la transición económica crearíamos nuevos puestos de trabajo. Sólo debes pensar en ti mismo, en nadie más. Partido Socialista Obrero Español. En Madrid todos son fachas. Cataluña y Euskadi están a años luz del resto de España. La exhumación de Franco sólo pretende abrir heridas cerradas ya hace mucho tiempo. Trump: en su gran e incomparable sabiduría. El Brexit nos muestra la ineficacia de la democracia directa. Nos preocupa mucho la falta de libertades en Venezuela. Supermercados vacíos. El hábito hace al monje. Yo prefiero un negro que hable catalán a un blanco que no lo hable. Aquí hablamos valenciano, no catalán. Bajaremos los impuestos manteniendo el Estado de Bienestar. La sanidad se ha vuelto insostenible por culpa de los inmigrantes. No existe una trama Gürtel, es una trama contra el PP. El Estado de las Autonomías está obsoleto. No existe la violencia de género sino la violencia intrafamiliar. No tenemos nada de que preocuparnos, el Barça seguirá jugando en la liga española. Nunca se habla de todos esos hombres maltratados psicológicamente por sus mujeres. Un amigo mío dice que tiene miedo de participar en una orgía desde que salió la sentencia de la manada. Hemos conseguido en dos semanas lo que no conseguimos con Felipe González en 13 años. Hay muchos inmigrantes que viven de las ayudas sociales que les da el Estado sólo por ser inmigrantes. Rosalía: no es música, es apropiación cultural. Hay más casos de violencia doméstica hacia hombres que hacia mujeres, pero el Gobierno falsea las estadísticas para no parecer políticamente incorrecto. Yo tampoco soy una feminista radical del 8-M. Carles Puigdemont recupera el espíritu de Nelson Mandela y Rosa Parks. El presidente en el exilio. El cobarde incapaz de asumir sus consecuencias. Las personas que murieron en accidentes de coche por ir a visitar a sus parientes a la cárcel son víctimas de la política penitenciaria del Estado Español. El Régimen del 78 está agotado. En épocas de crisis hay que votar a la derecha, ellos toman las decisiones que hay que tomar para reactivar la economía. Mucho condenas la violencia de género, pero no hablas de esa mujer que se tiró por la ventana con su hija de dos años. No son presos políticos, son políticos presos. Estamos al borde de una nueva guerra civil. La mayoría de las denuncias por violencia machista son falsas. Albert Rivera es un liberal ibérico. Éste no es un proceso por corrupción sino un proceso contra el Partido Popular. Pero qué guapo es Pedro Sánchez. El coletas quiere subirnos los impuestos. Errejón es un traidor. No estoy en contra del matrimonio homosexual, sino de que se use la palabra matrimonio, que es la unión de un hombre con una mujer. Fue un misil y no un avión lo que se chocó contra el pentágono. El islam es una religión intransigente. Islam igual a odio. Todas las opiniones son respetables. A veces me da reparo entrar en un ascensor, imagina que hay una chica con ganas de buscarte las vueltas, se arranca el sujetador o la falda y sale gritando que le han intentado agredir. Los actores deberían dedicarse a hacer cine y no meterse en política. Esta película no pasaría el Test de Bechdel. Arden las redes. El problema de los gitanos es que no quieren adaptarse a nuestras costumbres. El derecho a tu libertad de expresión termina ahí donde empieza mi derecho a no sentirme ofendido. Franco hizo muchas cosas buenas. Los moros se meten mucho con nuestra religión pero si tú te metes con la suya ya verás que pronto te sacan la navaja. Los niños tienen pene y las niñas vagina, que no te tomen el pelo. Mi mayor fantasía es follarme a una mujer embarazada. Cuando mi padre me pegó una bofetada me enseñó algo importante: el Respeto. Los videojuegos son los verdaderos responsables del tiroteo en el instituto. Por lo que has dicho pueden meterte en la cárcel por injurias a la corona. Los asesinos practican con juegos de rol. Las canciones heavys contienen mensajes satánicos. La Iglesia Católica acogerá en su seno a todos los homosexuales que no se acuesten con hombres. Todos los estados democráticos han emprendido acciones de guerra sucia cuando se han visto amenazados por el terrorista. Garzón, dice que es comunista pero tiene una casa con piscina. El asesinato de un escolta puede considerarse un accidente laboral. Aquella chica entró voluntariamente en el portal porque quería tener sexo en grupo y sin protección con cinco desconocidos, después se arrepintió y los denunció. Ese monstruo merece ir a la cárcel por los chistes que ha hecho sobre Carrero Blanco. No voy a decir que apoye la política de Israel pero poco más se puede hacer con los palestinos. El semen entra por el recto y en vez de encontrarse con un óvulo se encuentra mierda. Todos los hombres son unos cabrones. Todo es política, hasta la gastronomía. Todas las mujeres son unas putas, excepto mi hermana y mi madre. Explícale a la madre de ése niño que su asesino no merece la prisión permanente revisable. Se habla mucho de los asesinatos de ETA pero muy poco de las torturas en los cuarteles. El estado que permite Altsatsua y los presos políticos se enfada cuando le llaman fascista. La guardia civil traficaba con heroína en el País Vasco en los ochenta para acabar con una juventud comprometida. En España no hay presos políticos, hay políticos presos. En España existe la libertad de expresión. Los familiares de las víctimas del franquismo se acuerdan de desenterrar a sus padres y abuelos sólo cuando hay subvenciones de por medio. El suicidio es de cobardes. Algún día sabremos la verdad sobre el 11-M. Los nacionalistas persiguen los mismos objetivos que ETA, lo que significa que también apoyan sus métodos. Comer verdura cura el cáncer. Os metéis mucho con la iglesia católica pero con los musulmanes no os atrevéis. Si alguien dice una palabrota sobre mi madre puede esperarse un puñetazo. Je suis Charlie. Todas las víctimas son iguales. Un refugiado sirio violó a una mujer. Un hijo adoptado mató a sus padres adoptivos. El problema del Estado Islámico sólo pasa por una única solución: aniquilarlos. Las vacunas provocan autismo. Qué no se repita la historia porque igual acaban como Companys. Sólo deseo que la violen en grupo.

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Traspasar la línea erótica

2019-10-30

Traspasar la línea erótica


Menuda pieza Joel. Cada día llega más tarde. Hoy a las diez menos cuarto. Encima, vestido todavía con las ropas de la fiesta del día anterior. Vaya pintas. Una camiseta negra sin mangas con un dibujo rojo indescifrable, unos pantalones desgastados y rotos por el paso del tiempo, sandalias con pies negros a juego, sombra de ojos y unas pupilas dilatadas que indican que está todavía bajo los efectos de lo que sea que se haya tomado esta madrugada. Un cuadro vamos.


Le sonrío mientras se acerca. Hoy estoy contenta, tengo una buena noticia y es que por fin voy a dejar este agujero. Mañana es mi último día. Estoy deseando contárselo. Pero aquí no hay tiempo para nada. Un segundo de descanso y una nueva llamada: “Servicio de información VIP. Mi nombre es Adela Jiménez, ¿en qué puedo ayudarle?”. No sé cuántas veces al día repito esta misma frase. A veces, me sale cuando alguien me llama al móvil fuera del trabajo. Le guiño el ojo a Joel y le hago un gesto indicándole que más tarde tenemos que hablar. Él me sonríe mientras se pone los cascos.
“Hola Adela, ¿qué tal? Mira a ver si me puedes ayudar con una cosilla. Estoy en Zaragoza y necesitaría un taxi para ir al aeropuerto. ¿Serías tan amable de darme el número de Tele-Taxi”.


“No sólo eso Señor, si me da unos pocos datos puedo encargarle el taxi yo misma”. Mi voz sonaba cercana, amable y sensual, mi fuerte era la sonrisa telefónica. “Dígame a nombre de quién quiere encargar el taxi y dónde y a qué hora quiere que le recojan”. “Pues mira guapa, me llamo Andrés Santana y estoy en el Hotel Palafox, tengo el vuelo a las doce y media. La hora, mmmm, pues no sé. ¿Sabes cuánto tardará más o menos el taxi hasta el aeropuerto?”. “Ahora mismo se lo consulto caballero”.


Guapa. Soy una chica guapa al otro lado de la línea. Supongo que el tío se la cascará en el baño al final de la llamada. Y me imaginará como una teen al estilo Riley Reid, deseosa de meterme su polla en la boca. Quizá vea un vídeo de ella mientras lo hace, cuming on the telephonist, al fin y al cabo su campaña en Twitter es la mejor que he visto nunca: God isn’t real. Now go jerk off to my porn.


Consulto Google Maps.


Origen: Hotel Palafox Zaragoza, Calle Marqués de Casa Jiménez, s/n, 50004 Zaragoza.
Destino: Aeropuerto de Zaragoza.
Tiempo estimado: 18 minutos.

“Serán unos veinte minutos, Caballero. ¿A qué hora tiene el vuelo?”. “Pues no estoy seguro ahora que lo dices. ¿Puedes mirarme a qué hora sale el vuelo a Madrid”. “Por supuesto, Caballero. Dígame, ¿con qué compañía vuela?”. “Con Vueling”. “¿Localizador?”.

Miro los datos del vuelo. Ese hombre ha cogido un vuelo que sale a las doce y media de Zaragoza y no llegarà a Madrid hasta las siete. Dos escalas, una en Palma de Mallorca y otra en Ibiza. ¿Cuánto tardaría en el llegar el tren?. Pues supongo que en no más de una hora. En fin. Quizá lo reservó con nosotros. Aquí hay gente que no se molestaría en darle la opción de ir en tren por pura desidia. Excepto Joel. Él buscaría el trayecto más largo solo por joder.

Le doy la información. “Nosotros le recomendamos que esté en el aeropuerto una hora antes Caballero ¿Tiene que facturar maleta? ¿Desea que le haga el check-in online?”. El hombre se pone zalamero. “Claro que sí cielo, hazme tú el check-in. ¿Vosotros dónde estáis?”. “En Madrid, Caballero”. “¡Qué casualidad! ¿Tienes algo que hacer el fin de semana?¿Qué te parece si me das tu móvil y te llamo para quedar? Venga, tú me enseñas la ciudad y yo te invito a cenar donde tú quieras, corazón”. Supongo que piensa que por intentarlo no pierde nada. “Lo siento caballero, no nos está permitido dar nuestros datos personales a nuestros clientes”. Donde yo digo vete a tomar por culo, él entiende que hay una invitación a continuar con el flirteo. “Bueno, si el problema es ése no te preocupes, yo no me voy a chivar…”. Me cierro en banda. “Caballero, le voy a poner en espera. Permanezca a la espera mientras realizo unas gestiones”.


Espero un minuto jugueteo con el bolígrafo entre mis dientes. No sé si el flirteo me agrada o no, aunque no puedo negar que me excita la idea de tener un baboso al otro lado de la línea. Joel, que acaba de terminar con una llamada, me mira, y me coge de lleno con metiendo y sacándome el bolígrafo de la boca, y yo, odiándome por ello, noto como me sonrojo. La verdad es que me gustaría follar con él, quizá tener algo más si no fuera porque es un desastre. Pero es tierno e inteligente, no un baboso como el tío de la línea o Jaime, que por suerte hoy no se ha sentado a mi lado, el tío me va detrás dejando el rastro como un caracol, como si fuera a caer a sus brazos sólo porque esté todo el día preguntándome estupideces. “¿Estás bien? ¿Puedo hacer algo por ti? Sabes que para mí eres una chica muy especial puedes confiar en mí para todo lo que necesites”. A ver cómo se lo toma cuando le diga que me voy de aquí para trabajar en una línea erótica en el centro.


Sé que muchos me juzgarán por ello, pero me da igual. Gano mucho más dinero y no tengo que hacer una hora de trayecto hasta aquí. Además, como demuestra mi conversación con el Señor Andrés Santana, se me dan bien los pajilleros. Caigo en la cuenta de que casi me olvido de él. Creo que ya ha pasado el tiempo suficiente para que crea que le he hecho todas esas gestiones. Abro el programa, que me indica que ya han pasado cuatro minutos y treinta y siete segundos de llamada. Apunto: “El cliente pide información sobre el tráfico camino al aeropuerto. Le proporciono la información solicitada. Cojo la llamada en espera: “Caballero, ¿sigue ahí? Le informo que el taxi pasará a recogerle a las once menos cuarto en la entrada del Hotel Palafox con destino al aeropuerto. Una vez allí, podrá recoger su tarjeta de embarque en facturación. ¿Desea algo más”. Como era de esperar me dice que sí, que mi teléfono. Imito una risita tímida de colegiala y me despido. Que te jodan, tío. Suena otra llamada: “Información y ayuda. Mi nombre es Adela Jiménez. ¿En qué puedo ayudarle?”.


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La eterna repetición del absurdo

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2019-10-29

La eterna repetición del absurdo


Llegaré tarde, otra vez. La tercera esta semana. No tengo remedio, tío. O el problema es Madrid, no sé. Siempre hay algo que hacer, algún garito abierto a última hora. Me prometí que volvería a casa en metro, cogería, como muy tarde el último, el de la una y media. Pero nunca cumplo las promesas que me hago a mí mismo. Acabé llegando a las seis y pico, borracho y teniendo que levantarme a las siete para trabajar.

Ayer acabamos en un puto pub en el que los cabrones permitían pagar con la puta tarjeta de crédito. Ostia puta, me debí gastar unos trescientos euros entre copas y speed, el segundo un mal necesario porque sin él no habría aguantado despierto y no estaría ahora camino del curro.

En fin, que me gasté más dinero del que tenía y recurrí al poco crédito que me quedaba en la tarjeta. No sé cómo voy a llegar a final de mes y, en este momento, totalmente arruinado, corriendo por los pasillos del metro llenos de pintadas y señales equívocas, con la vana esperanza de alcanzar el trasbordo con Renfe para llegar a fer feina a una hora decente, soy la puta imagen viviente del capitalismo.

Perdona, me acelero y me olvido de todo, yo soy Joel, compañero de piso de Bánegas. A él le conocisteis en el capítulo anterior. Soy Joel y voy a perder el puto tren. Y, lo que más me jode de todo, es que en el trabajo me encontraré con la zorra de Teresa y alguno de sus ingeniosos comentarios.
Esa guarra se cree que ser la Reina de Saba por trabajar de coordinadora de unos cuantos teleoperadores. No sé cuántos seremos en total, veinte, treinta, quizá cuarenta. No sé, nunca me he parado a contarnos.

Corro por las escaleras mecánicas, arriba y abajo. No puede ser que todas las mañanas haga el mismo trayecto y todas las mañanas me pierda. Casi me choco con una vieja. Me dedica una mirada de absoluto desprecio, sin duda debida a mi atuendo: una camiseta sin mangas y unos pantalones rotos. No tengo remedio. No es la ropa adecuada para ir a trabajar, pero con el subidón no lo he pensado. En realidad nos hacen ir con corbata y chaqueta, sí, en pleno agosto.

Teleoperadores en una oficina en la que nunca entra nadie que visten con chaqueta y corbata, porque MGMA no puede dar mala imagen. Venga ya, no me jodas.

La eterna repetición del absurdo


La eterna repetición del absurdo

Debo asumirlo, no voy a llegar a coger el tren. Debería quedarme quieto un momento y pensar. Ir andando y fijarme en las señales. Vísteme despacio que tengo prisa. Aquella marca a unas escaleras que dan al exterior.

Vale, también hay un cercanías parado en el que entra un montón de gente. El tren está en la estación. El tren se irá cuando suba el primer escalón. El tren se irá cuando suba el segundo escalón. El tren… Se ha ido. Subo a la estación. El próximo tren llegará en 14 minutos.

MIERDAAAAA.

Pienso que los apenas ochocientos euros que me pagan no merecen toda esta tensión. Llegaré y la puta vieja frígida me dirá que estoy paseando por la cuerda floja. Tiene razón, pero me da igual. En fin, más me vale relajarme. Sudo como un cerdo.

“Sí, Joel, mejor siéntate y que te dé el aire”. Enciendo un cigarrillo. No sé si está permitido dentro de la estación pero, de todos modos, estamos al aire libre y no molesto a nadie. Se sienta una chica a mi lado. No está nada mal. Tiene unos veintipocos, quizá demasiado joven para mí. Hago todo lo que puedo por evitar hacer el ridículo, pero ya es tarde: no puedo dejar de hablar.

“¿Te lo puedes creer? Casi tardo hora y media para ir a trabajar”. Me mira con cara de que lo que no puede creerse es que invada su intimidad de esta manera. Muevo el culo para acercarme un poquito más. “Soy Joel, encantado”, le doy dos besos en lo que podría considerarse una microviolación. Me ha dicho su nombre muy bajito. No lo he entendido, evidentemente, pero yo a mi rollo. “Hora y media cada día, nada más y nada menos. Te diré una cosa: puede que sea verdad lo que dice mi amigo Luis, que Madrid es un puto agujero en el que todos caemos alguna vez. Pero también te digo que es un agujero enorme, ¿sabes? Llevo casi un año aquí y todavía me pierdo cada poco. Creo que esta ciudad no es para mí”. Patético. Mi mejor recurso para expresarme es el título de una película de Paco Martínez Soria. “Yo, en realidad, soy de Bilbao, ¿sabes? La gente se cree que soy catalán, porque me apellido Verdaguer”. Lo pronuncio sin la erre final, como debe ser. “y mis padres lo eran, pero apenas he pisado la puta Cataluña, es más, no soporto a los putos catalanes con ese sentido de superioridad tan desarrollado. Creen que su mierda huele mejor que los demás, quizá es por eso que hace ya un par de años que no vivo con ellos”. No sé si la chica asiente o mira al suelo. Lo que está claro es que lo que digo no tiene ningún sentido. En realidad mis padres son encantadores.

“Perdona, vaya brasa te estoy contando. Pero vamos, sé hablar un poco de Catalán, una mica, ¿sabes? Creo que en cuanto pueda volveré a Bilbao, esto no es vida, joder. Madrid me estresa, siempre de un lado para otro, siempre tantos planes. Echo de menos la tranquilidad de mi vida anterior. Pero perdona, qué brasa, pobrecita, no te dejo hablar. ¿Tú de dónde eres?”.
“Soy de aquí, de Madrid”. Contesta. “Perdona”. Y abre un libro dejándome con la palabra en la boca. Vuelvo a intentar un conato de conversación. Entonces se levanta y se aleja. Me quedo solo mirando a no sé qué. Cuando, de repente, un militar armado se cruza en mi campo visual. Recuerdo que han dicho por las noticias que vigilarían todas las estaciones. No hace mucho entraron dos hombres con ametralladoras en una discoteca en Bélgica. No sé cómo lo hicieron pero consiguieron cerrar todas las puertas de emergencia con cadenas. Entre los tiros y las personas aplastadas habían muerto más de un centenar. Europa estaba en alerta máxima por riesgo de atentado islámico. Como si en algún momento hubiéramos dejado de estarlo.

Cada vez que veo a esos militares me acuerdo del 11-M. Yo no vivía aquí entonces. Han pasado una pila de años. Pero la cosa fue muy fuerte aquí en Madrid. A todo el mundo le afectó mucho y eso, ¿sabes? Creo que se trató, por lo que he hablado con alguna peña, de que aquel atentado contravenía la idea que Madrid tiene de sí misma: La de una ciudad a la que llega gente de todas partes y todos son aceptados y todo eso. Lo cierto es que, trabajes donde trabajes es difícil encontrar gente que sea de aquí. En mi planta creo que hay un par: Luís, Adela y el Gominolo. Bueno, igual hay más, pero ellos dos son los que me suelen acompañar en el tren de vuelta. El caso es que la planta está llena de gente que ha venido buscando un trabajo, independizarse, pagar el alquiler, toda esa mierda. Y lo que la mayoría de nosotros hemos encontrado un trabajo desmotivador, mal pagado, en una oficina ubicada en el culo del mundo.

A lo que se añade la idea de que esta es una ciudad peligrosa, la guerra de Irak y toda esa mierda del Golfo, Israel, Gaza, El Líbano o Afganistán, ya no está tan lejos y cualquiera de nosotros en cualquier momento puede pagar las consecuencias. Es algo que tenemos que tener en cuenta los habitantes de las grandes ciudades. Ya no se trata sólo de un loco con un cinturón de explosivos que puede hacer explotar en cualquiera de las muchas aglomeraciones de personas que hay en esta ciudad. Ni siquiera tienen que ser terroristas entrenados. Cualquiera con acceso a un cuchillo o a una furgoneta puede convertirse en terrorista. Mira sino Barcelona, Niza, Manchester, París o la puta Bélgica ahora.

Y se habla de la islamofobia y toda esa mierda, pero lo cierto es que la cosa no se reduce a eso. Vivir en una gran ciudad supone un peligro inminente para cualquiera de nosotros, porque puedes ir a una discoteca y un sudaca clavarte un cuchillo porque piensa que te ha mirado mal; o un grupo de putos canis empezar a patearte por pensar que has mirado demasiado a la novia de uno de ellos; o un yonki o un camello pincharte por sesenta euros para comprar un poco de heroína; o un grupo de fachas quemarte la casa porque pasas de poner la puta bandera en tu balcón, yo qué sé. Sólo sé que parece que todo el puto mundo ha perdido el norte. Debe ser por algo que echan en el aire.

La eterna repetición del absurdo



Entre un pensamiento estúpido y otro ya me he subido al tren. Estuve también entretenido mirándole el escote a la chica del libro. Rubia, varios años más joven que yo y con escote. Soy un puto tópico, un pajillero machista que debería pedir disculpas al mundo por existir. Por otro lado, lo mismo que todos. El tema es que al final sólo es un escote, quiero decir, puede que al quitarse el sujetador sólo queden unas tetas caídas y un mínimo de cerebro, ya que la tía está leyendo un libro de autoayuda de Osho. Quizá te suene, hace poco en Netflix o HBO, no recuerdo bien, subieron un documental sobre él y una secta que fundó. Me quedó la idea de que todos iban vestidos de rojo y follaban en todos lados.

Mi polla pasó de hincharse como un globo a bajar al nivel Margaret Thatcher y Esperanza Aguirre posando en bikini para la portada de un calendario. Ése era el nivel cuando llegamos a la estación de Tres Cantos. Si Madrid era un puto agujero no sabría que deciros de Tres Cantos. La verdad es que no conocía el pueblo, pues me constaba que allí vivía gente, pero camino de mi trabajo sólo veía locales y oficinas. El típico sitio al que van los gilipollas como yo a ser explotados.

No fui corriendo, ya llegaba más de media hora tarde, el mal estaba hecho. Cuando entré por la puerta me crucé con un Mohamed con corbata que trabajaba conmigo y me dedicó una sonrisa de desprecio, seguro que debido a mi apariencia. Me pregunté si el tío me consideraba basura blanca. ¿Cómo se llamaba? Mi problema es que me invento motes para acordarme de la gente y luego nunca recuerdo sus nombres reales. El tío siempre iba peripuesto: pantalones de pinzas a juego con una chaqueta azul marina, corbata roja y camisa blanca. Todo muy bien planchado para que no pudieran confundirlo con el interventor del tren. Sabía que me consideraba un desastre. Pero qué puedo decir en mi defensa: en realidad lo era. El caso es que me daba igual.

Abrí la puerta de la oficina. Tenía pinta de campo de concentración. Teleoperadores en sus cubículos cerrados contestando llamadas de putos ricos incapaces de buscar información por Internet. Ése era mi trabajo, un número de información de una compañía telefónica que había vendido ese servicio a sus clientes VIP. Toda la información que necesitan a sólo una llamada.

En realidad era normal que nos pagaran tan poco porque no producíamos nada de nada. Sólo nos llamaban y nos preguntaban a qué hora había una obra de teatro o cuándo aterrizaba el próximo vuelo de las Bahamas, incluso a veces para decirles el número de alguna puta en el centro de Madrid o Barcelona. Teníamos que contestar siempre con educación y, por supuesto, en castellano. Ya que una vez, por hacerlo en catalán a un hombre que se me dirigió en esa lengua me llevé una bronca de Teresa.

Una bronca como la que me iba a llevar ahora, pues ya se dirigía directa hacia mí. No hacía falta que me indicara el camino, fui directo a sentarme a la sala de las broncas. Un lugar donde había dos sillas, una mesa y unos paneles que hacían la ilusión de que nadie se enteraría de lo que pasaba allí. Me imagine a aquella vieja comiéndole la polla al Mohamed ahí mismo. Estaba seguro de que aquello significaría para ella cumplir el mayor de sus deseos. Siempre me lo ponía como ejemplo de alguien que lo hacía todo bien. Los demás éramos mierda a sus ojos.

Me tiré sobre la silla como si fuera posible tumbarse sobre ella. El discurso de siempre: “Señor Verdaguer, no es la primera vez que tenemos esta conversación. Estoy harta de sus continuos retrasos. Si no cambia su actitud me veré obligada a tomar medidas”. Hizo una pequeña pausa dramática, mirándome con el mismo gesto serio con el que creía me imponía respeto y continuó: “Además, mire cómo va vestido. Le recuerdo que en esta empresa tenemos unas normas de vestuario que son obligatorias para todos los trabajadores, bla, bla, bla”.

Hice lo mismo que hacía cuando era pequeño y mis padres me echaban la bronca por algo. Quedarme callado y asentir de vez en cuando. Hacer todo lo posible por evitar el conflicto. Calmar a ese oscuro pasajero que había en mi interior, aquel que insistía en que lo que tendría que hacer era mandarle a la mierda, levantarme y dejar aquel trabajo de una vez por todas.

No paraba de repetir una y otra vez, Señor Verdaguerrrrrrrrrrrrrrrr. Supongo que no con una finalidad distinta a la de tocarme los cojones. Pues ya le había explicado varias veces que se pronuncia Verdagué, es una apellido catalán, joder, no es tan difícil de entender. Pensé en interrumpirle, pero para qué, ella seguía desvariando: “Llevo catorce años en este negocio. Si quiere usted llegar a algo, le conviene escuchar mis consejos. Ya tiene abierto un expediente y esta es su segunda falta grave. Si hay una tercera, le despediremos. Por supuesto, sin derecho a indemnización ni a cobrar el paro por ser un despido más que procedente. Porque ya hemos tenido demasiada paciencia con usted, Señor Verdaguerrrrrrrrrrrrrrrr”.

¡Verdagué ostias! Menos mal que no lo dije alto, porque la vieja Urraca tenía pinta de cabreada y yo no me podía permitir dejar de cobrar el paro. No tenía ahorrado un puto duro y aún trabajando vivía algo así como de la caridad de Bánegas, mi compañero de piso.

De todos modos, una cosa tenía bien clara: antes me suicido que pasar catorce años en este trabajo de mierda.

La eterna repetición del absurdo


La eterna repetición del absurdo

Sigo cabreándome a medida que me acerco a mi sitio. Cada vez más. “Tranquilo”, me digo, “no merece la pena”. Lo sé, no tenía nada más que decir. Camino entre los puestos buscando un lugar en que sentarme y empezar a coger llamadas. Lo que tiene este trabajo es que te anula completamente. Ni siquiera tienes tu propio lugar ni capacidad de solucionar ningún problema llegado el caso.

No es la primera vez que trabajo de esto. He estado en atención al cliente de compañías telefónicas y el rollo siempre es el mismo. Un programa de ordenador que se activa cuando te llega la llamada, recordándote constantemente que el tiempo pasa y alguien te dará la brasa si te pasas de la media de duración de llamada considerado ideal por algún tipo que en su vida ha tenido que atender el teléfono. Porque de eso trata todo al final, de cumplir una estadística. No construyes nada, pasas las llamadas de un lado a otro a través de la interface y te olvidas. Puede que el problema se solucione al instante o que no lo haga en años, pero da igual: tú nunca te enterarás de ello.

Tu trabajo consiste sólo en coger la llamada. Si, por lo que sea, el cliente está enfadado con la compañía por algún tema que no tiene nada que ver, tendrás que aguantar malas contestaciones, insultos incluso. Pero tú nada, permanece impasible, no es a ti a quien llaman gilipollas, es a la compañía. Tú sólo eres una voz al otro lado del teléfono. No eres nadie. Un simple resorte dentro de este proceso que no sirve para otra cosa que dejar constancia de que alguien ha llamado.

Te sientan en un cubículo. Ahí no puedes ver mucho más que tu ordenador y algún papel que cuelgas con información útil para tu trabajo, pueden ser códigos postales o teléfonos que utilizarías en determinadas situaciones para desviar la llamada. Hay gente que pone también cosas como los dibujos de sus hijos o fotos de playas paradisíacas. Luego te sueltan un rollo tipo el que le suelta Jamie Foxx a la clienta que le mola en su taxi en Collateral. En plan, sí el curro es monótono, no sólo eso, en realidad es una mierda, pero cuando tengo unos segundos me quedo mirando esa foto, me imagino allí y todo se me olvida. Unas vacaciones de puta madre si no fuera porque duran entre cinco y diez segundos y las pasas mirando una puta foto.

Te sientas ahí y recibes una llamada tras otra. Cuelga uno y llega la siguiente, con tal rapidez a veces ni siquiera te da tiempo a apuntar todo lo te ha dicho el cliente porque el programa te ha cerrado la pantalla de la llamada anterior automáticamente. Apenas hablas con nadie. Entre tus compañeras, dado que la mayoría son mujeres, hay alguna con la que tienes buen rollo y eso, pero la mayoría son mujeres amargadas de mediana edad llenas de resentimiento contra la mierda de vida que llevan. Y lo pagan contigo. “¿Me podrías ayudar con esta llamada? Es que me han pedido tal cosa y no sé muy bien qué es lo que tengo que hacer”. “Yo no ayudo a nuevos”.

En parte lo comprendes. Atenderte supone dejar su llamada en espera y aumentar el tiempo de respuesta. Eso hace que les bajen las evaluaciones y perder puestos cuando se les acabe el contrato. Porque lo suyo son contratos de obra y servicio, trabajan quince días o un mes y luego a esperar que suene el teléfono. Quizá en una semana, quizá en un mes. Al final del año pueden haber acumulado entre quince y veinticinco contratos diferentes.

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Encuentro mi cubículo. En el de al lado está Adela, que me recibe con una sonrisa de oreja a oreja. Me cae muy bien Adela. Es divertida e inteligente, no sé muy bien qué coño hace aquí. Me guiña un ojo y me hace señales indicándome que después tiene que decirme algo.

Miro al otro lado. Otra chica sentada a mi lado. Se llama Ángela. Me saluda por obligación, sumando un deje de desprecio a su acento colombiano. Seguro que ella también considera que soy basura blanca. Un puto vago al que le han dado todo hecho desde niño. Nosotros no tenemos que esforzarnos tanto, porque pensamos que esto es temporal, sólo una etapa oscura en el camino hacia la vida próspera y apasionante que creemos que nos corresponde por pleno derecho. Para ellos esto es la vida real, su manera de quedarse en el país. Encontrar un trabajo, pagar el alquiler, aprender cuál es la manera de funcionar aquí, al otro lado del océano Atlántico.

Su objetivo es, en pocas palabras, formar parte del engranaje, acceder a esta sociedad de consumo que nos proporciona infinidad de pequeñas satisfacciones. Por eso se agarran a un trabajo de mierda, para demostrarnos que ésta es la vida que merecen. Se han creído las mentiras del capitalismo, eso del trabajo duro, de la igualdad de oportunidades y la creación de un mundo inundado por una infinita riqueza.

En definitiva, me mira así porque cree que yo tengo todo lo que ella desea y lo estoy desaprovechando. Tal vez tenga razón. Pero lo que no tiene en cuenta, es que ese mundo que ella ansía es el mismo del que yo deseo escapar a toda costa.La eterna repetición del absurdo
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